De gatillos fáciles, hormiguitas, comadrejas y morochos

vuelvelmalon

EL ÚLTIMO MALÓN

Calfucurá herido, con justicia horrenda

dio la voz tremenda de la rebelión,

y la pampa alzada, así enarbolada

la chuza sangrienta, vengando la afrenta

se lanzó a malón…

Citado por Rodolfo Magín Casamiquela en su prólogo a

Viaje al río Chubut – Aspectos naturalísticos y etnológicos- 1865-1866,

de Georges Claraz

 

 

 

El último malón que sufrió el crecido poblado de Bahía Blanca se produjo en 1870. Cuatro años antes había regresado Georges Claraz (1) de su viaje al sur, procedente de las tierras del Chupat. Y estaba otra vez en las fincas bahienses, activa su pluma en artículos que bajo seudónimo ahora descifrado publicaba The Standard (2), órgano de la colectividad inglesa.

 

Entonces se respiraba cierta tranquilidad. Fruto de los tratados y del pago con ganado y vicios a los caciques. Las cosas, bienes y fortunas, presentes y futuros de los aquerenciados, se mantenían más o menos estables y a tono con la imaginación más racional. Por eso, la joven población y las feraces (3) comarcas de los alrededores resultaban dignas de promoción internacional.

 

En el Handbook of The River Plate, por ejemplo, se advertía: Todas las quintas de la ciudad están irrigadas por un sistema de aguas corrientes construído por Rosas en su expedición de 1833 y (que) aún lleva el nombre de zanja de Rosas. Todas las clases de árboles frutales progresan aquí, especialmente la vid, y de éstas se hace el vino chocoli (…) El terreno bajo abunda en pastos suaves, por ejemplo: alfilerillo, trébol, trébol de olor y gramilla; no hay mucho abrojo (…) Bahía Blanca tiene una población de unas dos mil almas, de las cuales tres cuartas partes residen en la ciudad. Pueden ser estimadas así: 1200 argentinos, 200 indios, 200 italianos, 100 españoles, 50 franceses, 50 ingleses y alemanes, 200 varios. Hay 177 casas de azotea (4) y sólo 170 ranchos (…) Hay 200 soldados y 120 Guardias Nacionales, al lado de los cuales los Indios Amigos forman una compañía de setenta lanzas; estas últimas están bajo el cacique Francisco Ancalao, con grado de Teniente Coronel y cuyo hijo mayor desempeña un puesto respetable en la Casa de Gobierno de Buenos Aires (…) Se hizo un intento de instalar una Legión Agrícola Italiana, pero el jefe fue asesinado por sus hombres y esto falló. El Sr Dasso proyectó una colonia italiana en el Sauce Grande; las primeras familias que se trajeron rehusaron de ir más allá de la ciudad (…) Si el visitante desea penetrar en su excursión alguna distancia en el territorio indio, haría bien en alquilar un guía indio; los más de confiar son Pedro Lucero y José Andrés Melipil; el último es cuñado del cacique Ancalao (5). Esto en 1869, un año antes del gran malón de 1870. Pero en cuanto a cifras hubo otras versiones:

 

El distrito de Bahía Blanca tenía 1600 habitantes, léase 1225 nativos, 100 indios amigos y 275 extranjeros. Hay unos 200 extranjeros y 300 nativos capaces de armarse. Los extranjeros comprenden 1089 italianos, 64 ingleses, 27 franceses, 20 alemanes y algunos otros cuyo capital unido representa 8 millones, la mayor parte perteneciente a los ingleses asentados en Sauce Grande (6). Esos pertinaces capitalistas británicos que radicaron su colonia en la ribera del río, prefiriendo la llanura argentina y desoyendo las ofertas de tierras en Nueva Zelandia y Australia, llegaron también en 1868.

 

Además, si se entraba al poblado por el puerto, podía comprobarse que la bahía está completamente señalizada con boyas, lo que es muy conveniente para la navegación, ofrece un lugar espléndido y es el mejor puerto de la República (7).

 

El otro lado de la realidad eran, claro, los indios alzados. Muchos, por cierto… Los aborígenes que ocupaban el área de comercio de haciendas robadas alcanzaban en 1875 a 24.000 (8). Pero distribuidos en toda la provincia de Buenos Aires (que entonces comprendía también las actuales La Pampa, Río Negro y Neuquén), el área cuyana y el sur de las actuales Santa Fe y Córdoba. A las incursiones menores de los salvajes se respondía hacia 1870 con alguna inteligencia, sin apurar represalias con efectos comprobadamente desastrosos para ambos bandos. Las rastrilladas que indicaban los arreos hacia Chile (9) no eran tan frecuentadas, o al menos el ganado que lograban escamotear a los ganaderos había reducido su volumen (10). ¿Es que se habían instalado nuevos fuertes? ¿Se había reforzado la frontera con el indio? Nada de eso. Calfucurá, ya anciano, continuaba con su realeza asentada en Salinas Grandes; había logrado continuidad y cohesión en la confederación indígena y no había capitanejo, cacique, tribu o nación de esta tierra que no sometiese sus proyectos al toki. Y si alguien se atrevía a malonear en ignorancia de Calfucurá, por seguro debía tener que el arreo no cruzaría la cordillera quedando en manos del jefe huilliche. Aún cuando recuperados, nunca se devolvieran los animales a sus verdaderos dueños.

 

¿Qué defensas se oponían a los malones? Jorge Luis Rojas Lagarde ha dicho claramente que los tres vocablos: fuertes, fortines y frontera, pueden llamar a engaño (…) Los fuertes, que eran cinco en toda la frontera, consistían simplemente en una aglomeración de ranchos rodeados por un foso y un parapeto construido con la tierra sacada del foso; los fortines, una veintena, generalmente constaban de un foso cuadrado o circular de 20 o 25 m de lado o diámetro y un terraplén al centro, levantado con la tierra del foso, en el cual se erigía casi siempre un rancho (11). La realidad de las defensas ofrecidas a la producción económica, por ende a los capitales comprometidos en las suertes de estancias (12), continuaba resultando humilde e insuficiente.

 

Pero el status quo se quebraría. Una vez más el jefe fortinero trataría de incrementar su ingreso en detrimento de la ración destinada a la toldería. Como invariablemente sucediera en los tres grandes malones que sufrió Bahía Blanca, la afrenta, el gesto ofensivo, la amenaza, la irrupción deshonesta, la violación, el secuestro, la tortura y el asesinato, correrían por cuenta de la Fortaleza Protectora.

 

Una visión a tono con los recursos, fortalezas y debilidades del enclave ha sido la que ofrecieron los pobladores de la bahía. Con razón se ha dicho que ellos eran más realistas, y su mirada podía encarnar una perspectiva superadora. Hasta la edición de The Standard en Bahía Blanca no había otra referencia  -dice Rojas Lagarde- que las fuentes castrenses. Por eso lo que puede leerse refleja abrumadoramente el sentimiento, el enfoque y el punto de vista de los militares (13). Pero paulatinamente, durante la segunda mitad del siglo XX, fue multiplicándose y creciendo en intensidad una literatura que privilegió los testimonios de vecinos y aborígenes (14).

 

Esta nueva mirada se encuentra más próxima a la verdad. Nada tiene que ver con castas militares, obediencias debidas, férreos pactos de silencio o inconfesables botines de guerra.  Esta mirada rescata de la oscuridad en que se tejieron las crónicas militares, a los personajes, a las víctimas y hasta a los más brutales asesinos.

 

Algo más de cien años después, los densos cortinados que utilizaron otros militares para oscurecer la verdad, también cayeron. Todo ha sucedido como si cíclicamente el escenario de la bahía fuera capaz de gestar fenómenos de similares características. Por eso, la violencia de los colonos británicos de Sauce Grande, a quienes hemos catalogado -con una definición gráfica y en boga- de Gatillo Fácil, vuelve a encarnarse en los feroces asesinatos de jóvenes rebeldes arrojados al mar desde aviones Electra sin asientos.

 

Facón Grande y Facón Chico, contaron que las comadrejas o morochos caían como hormiguitas. El marino aviador al mando del Electra contó cómo veía a los secuestrados inconscientes en caída libre desde el avión en pleno vuelo. A los mismos que un momento antes imploraban piedad llorando, y que ahora se deslizaban por el aire como hormiguitas exánimes.

 

El atropello de abril

 

El Comandante había arrastrado la montura hasta la puerta del dormitorio. Adentro el mosquerío hacía de las suyas y el sol de abril seguía calentando. Sobre todo en hora de siestas. Por eso era preferible salir a buscar la fresca. Se echó sobre el piso polvoriento, la nuca encasquetada en la silla de cuero, buscando el ángulo que le permitiera aprovechar la sombra del alero y al mismo tiempo vichar a gusto al nicoleño Ledesma que no hacía otra cosa que pasear con tal de no quedarse otra vez dormido en la atalaya. Cosas de la responsabilidad, masculló para sí el Comandante. No poder disfrutar de la fresca sin contestarse las preguntas que lo vienen apurando a  uno desde un par de semanas atrás. ¿Se acuerdan de él los del gobierno? ¡Pucha! Si ahora con la guerra de Entre Ríos, se le llevan a la gente, ¿cuándo van a acordarse de la fortaleza? Ni mujer le queda al jefe. Lisandra se le fue con el crío de vuelta a Buenos Aires. ¡A ver si algún médico le sacaba esas velas que le colgaban al mocoso a toda hora! Y la otra cuestión, la más grave: ¿Quiénes son los atorrantes que se le llevaron diez caballos la semana pasada? Y muchos más, no sabe cuántos porque ya perdió la cuenta, que han venido denunciando en falta los ingleses de la colonia. Para colmo, los ladrones se guarecen en rincones que sólo los baquianos más avezados conocen, y esperan allí para dar el zarpazo en el mejor momento. Después, el culpable es el Comandante… ¿Será posible que todos se fijen sólo en él cuando tienen problemas? Rivas va y viene, promete y no cumple, pero igual se lleva el crédito. Es que Rivas es hombre de tropa gruesa, justificadamente agresivo porque llega inspirado por Sarmiento. No fortinero miserable, condenado a la defensa, como ya se siente el Comandante.

 

Para colmo, las cartas de Salinas Grandes se han repetido en los últimos meses. Y él, con el escaso aleccionamiento de Iturra, su antecesor y con alguna idea suelta que echó a rodar Rivas, ha tenido que arreglárselas solo para contestarle a Calfucurá. Que ponchos, que más yerba o tabaco, que más frascos de aguardiente, que las yeguas siguen tardando y son insuficientes. ¿Cuántos tipos de ponchos se pondrá este viejo?, se pregunta el Comandante haciendo cuentas de los blancos, de los negros y de los azules que lleva entregados. Año tras año los tratados no hablan sino de regalos para esos vagos  incapaces de plantar un choclo, que además de emborracharse, terminan llevándose la mejor parte. ¿Para qué?, se pregunta el Comandante, y se siente abandonado, desoído, malentendido, discriminado, usado. ¡Eso mismo: usado por el mismísimo gobierno! O acaso él ha aceptado una participación o un retorno. Que se lo han propuesto, ¡já! ¡Tantas veces! Hasta el propio general de Salinas Grandes, tratando de perjudicarlo. ¿Qué no daría entonces por tenerles comprobados los robos de caballos a esos miserables? ¡Por arrastrarlos hasta la fortaleza y encerrarlos bajo siete llaves hasta que reventaran!

 

Pero no había respuestas ni soluciones. Y cada minuto que transcurría en la fresca, sonaba esa misma cantinela en la cabeza del Comandante, como si fuera un péndulo pegándole cada vez más fuerte, como un dedo gigantesco que lo señalara y después se le hundiera en las costillas. ¡Sólo él! ¡Sólo él podía resolverlo! ¡Y ya no podía esperar más ayuda u opinión de nadie! Y menos que de nadie, del propio gobierno, ése que cobraba ganancias con el sacrificio del Comandante: Sarmiento.

 

Cuando el Comandante caía en la cuenta de que no había descansado nada, de que ni siquiera había cerrado los ojos, de que pese al alero y su buena idea de sentarse a la fresca, la cabeza le ardía como para estallarle en cualquier momento, justo entonces, el nicoleño Ledesma se puso a gritar desde arriba como si estuviera loco. Eran cinco jinetes, parecían indios, y llevaban detrás otros seis caballos. Total, que eran once caballos y cinco hombres de baja estatura, lenguas fáciles y nulos de entendederas, se había dicho el Comandante mientras se levantaba.

 

Se acercó Rufino Romero, el de mayor confianza del Comandante, el Teniente que bien sabía tratar a la gente para que no se le retobara. Decían que los indios no lo querían, que ni amigos, ni aliados, ni alzados claro, lo consideraban respetable. Pero al jefe le hacía bien, cumpliéndole el trabajo más pesado.

 

- Me parece que es Gorosito, dijo Rufino mientras iba acercándose al Comandante. Se había arremangado y ahora, en presencia del superior, se esmeraba por volver los puños de la camisa a su lugar. Hizo una media venia y se plantó mirando hacia Ledesma.

 

- ¿A cuánto tiempo están?, preguntó el Comandante en medio de dos bostezos.

 

- A unos diez minutos, mi Comandante, respondió Ledesma desde arriba. El pobre soldado aparecía gris a la vista de los dos hombres, morochón como era y cubierto de polvo.

 

El jefe le pidió a Romero que saliera a encontrarlos. Si es el indio Gorosito, seguro que viene por la raciones. ¡Y qué raciones les vamos a dar a estos sotretas!, pensó  el jefe sintiéndose fuerte y libre y apretando dientes y labios como si intentara sacarle gusto a la satisfacción. Después se plantó en el patio con actitud desafiante. Cansado ya de esperar otro malón. ¡Once años de paz! ¡Una paz de mujercitas! ¡Permitiendo que roben lo que quieran y dándoles de comer! ¿Para qué, Señor?, se preguntó el jefe mirando más arriba aún de la atalaya.

 

Gorosito era un indio manso como pocos en el lugar. Utilizado por Cañumil, su cacique, para entenderse con los hombres de la fortaleza porque oficiaba de ladino y algo chapurreaba en la lengua de los milicos. Efectivamente Gorosito y cuatro de sus parientes venían por las raciones, recordándoles que estaba pendiente una partida de frascos de aguardiente, de esa que se les rebajaba con agua a la mitad para evitarles mayores perjuicios y condenas. Pero la soga iba a cortarse esa tarde del primero de abril de 1870 por el punto más delgado: la impaciencia del Comandante Llano.

 

Los cinco pampas habían ido atando los caballos a los palenques, después se aligeraron de aperos y se sentaron en el patio, cerca de donde un rato antes descansara el comandante, esperando que se les acercaran las provisiones. Como era habitual en esas circunstancias, mientras la cuadra iba poblándose de milicos con siesta inconclusa, dos mujeres les acercaron a los visitantes un par de fuentones con sobrantes de carnes asadas y algunas papas hervidas. Los indios se pusieron a comer con ganas, no sin reclamar a viva voz las bebidas necesarias para digerir saludablemente el alimento.

 

Entretanto, el Comandante había parlamentado con su Teniente, y en pocas palabras había impuesto a Rufino de su intención de detener a esos hombres acusándolos de robo, así como de salir después y batir la toldería. El Teniente Romero se había entusiasmado sinceramente, ya que venía extrañando la acción y además necesitaba mostrarse ante sus subalternos en la plenitud de sus artes marciales, para obtener de ellos mayores sometimiento y temor. Es que Rufino era un maestro en demostraciones de fuerza.

 

Total, que un momento después, los cinco pampas fueron encerrados con las bocas llenas todavía, y los once orejanos se transformaron por arte de magia y de cuchillo en otros tantos caballos patrios. Se hicieron cuentas para armar la legión que saldría de madrugada: quince soldados de línea, quince guardias nacionales, cincuenta indios amigos, y no menos de treinta vecinos que el Comandante aseguraba convocar con éxito. Arengó a los hombres esa misma tarde, ofreciendo tres mil pesos a cualquiera que capturara vivo al cacique, así como el botín de los toldos y vacunos sin restricciones. De esta forma, quedaba resuelto el grave problema de los robos, y seguramente éstos no volverían a repetirse.

 

El grupo partió alborozado en la madrugada, oscuro todavía. No tenían motivos para preocuparse. En los toldos habría muy pocos despiertos, a sabiendas de que Cañumil sabía disfrutar de la paz negociada por el general de las Salinas Grandes. De manera que el grupo, comandado por el feroz Rufino, cortó, trizó y degolló a los hombres, sin concederles siquiera la opción de despertarse para su defensa. Después buscó y guardó desenfrenadamente toda platería, violó mujeres, mató a más de un hijo de corta edad empeñado en defender a su madre, respetó claro a quienes en uso de facultades no opusieron resistencia, secuestró a Cañumil y a su familia directa, llevándolos de a pie y en situación degradante hasta la fortaleza.   Arreó además los caballos patrios que por sí solos demostraban su origen de rapacería. Muertos de los toldos fueron cuarenta. Heridos muchos más. Bajas entre los milicos, ninguna. Eran refriegas en las que no se preveían condiciones de justicia y equidad entre las fracciones combatientes. Toda una estrategia militar.

 

Las graves consecuencias de la valentonada del Comandante de la Fortaleza Protectora Argentina no se hicieron rogar. Calfucurá analizó la situación y midió fuerzas sobre su terreno. En él se conjugaban maravillosamente, ha dicho Álvaro Yunque, la táctica del hecho, manejando grupos de jinetes, y la táctica del pensamiento, manejando promesas, fingiendo creer en promesas, aceptando treguas de paz, sofocando ímpetus con silencios y sonrisas y desviando intenciones con palabras (15). Entonces, el General de Salinas Grandes movió hacia donde muy pocos pensaron que movería. El 15 de junio atacó Tres Arroyos y su campaña. Mató, saqueó, incendió y tomó más de cuarenta rehenes con la intención de forzar el canje por Cañumil y los suyos.

 

Después el huilliche hizo todo lo posible para que dejaran solo al Comandante y su secuaz Rufino. Y día por día, durante tres meses, quiso asegurarse de que el sufrimiento devorara a los verdugos, sin piedad y sin pausa. Primero expulsó a dos hombres de la toldería. Uno era Yáñez, un desertor que había ido tierra adentro; él sólo valía para levantar a los hombres codiciándoles las mujeres, tanto que si no lo echaba entonces, hubiera terminado achurado. El otro había sido Galíndez, cautivo del que se había compadecido Justo Morales Catricurá después de que se sirviera de él para rumbear volviendo del Rosario. Los dos por separado llevaban orden de anticiparle venganza al Comandante Llano. Y decirle así, nomás: que donde esté parado no quedará un solo rancho parado, ni agua que no corra, ni polvo que no vuele con el viento. Que Badía será borrada y después Azul y después Tapalquén. Llano lógicamente metió preso a Yáñez y soltó a Galíndez. Pero el mensaje de Calfucurá le corría por las venas como un puñal envenenado.

 

Después, el 18 de agosto llegó de la Blanca el Mayor Sosa, apodado el ñato, con la expresa orden de llevarse a Cañumil, indiada y chusma presos, porque los canjearían por los cuarenta y tantos cautivos tomados en el ataque a Tres Arroyos. Entonces Llano se quedó más solo que nunca y expuesto, como sus mismas venas envenenadas a las lanzas de Calfucurá, clamando por no más de doscientos hombres de defensa en vano prometidos varias veces por Rivas.

 

Tan preocupado estaba el Comandante que al fin dejó partir sin novedades a dos chinas parientes de Guayaquil, que rumbearon derechito para Salinas Grandes a informarle todo movimiento al General, indicándole los puntos débiles por los que podría comenzar un asalto. Por su parte, Calfucurá retuvo a un emisario de Llano, desinteresado por el momento de las raciones, y ocupado como estaba en los preparativos del malón. De esta forma postergó cualquier posible reacción del Comandante.

 

Mientras tanto, las partidas de indios solitarios continuaron con el robo de caballos. Cinco, seis, diez por día, con el propósito de dejar a pie la mayor cantidad de huincas.

 

Porque nada se había resuelto, ni el principal problema que desvelara meses atrás al Comandante. Antes bien, todo estaba ardiendo y a punto de estallar. Y Llano descubría las consecuencias de sus reiteradas negativas a la invitación negociadora de los emisarios de Calfucurá.

 

El cuento de Alí Babá y sus cuarenta montaraces

En agosto de 1870 pasaron por territorios del estuario las primeras hordas de las Salinas Grandes. Cinco días después de que Sosa marchase con Cañumil y su compañía, invadieron la estancia del jefe Francisco Ancalao, arreando todo el ganado yeguarizo del cacique vorogano y por añadidura el de los vecinos. El propio cacique Fernando Linares, que se sentaba entre Sauce Grande y arroyo Pareja, perdió mil vacas y a uno de sus peones. Parecía que estaban avisando lo peor por venir. Como si fueran los primeros chubascos de un tormentón de mil demonios.

 

Claraz, vecino de la fortaleza, se presentó al Comandante ofreciendo treinta o cuarenta caballos para cualquier hombre dispuesto a seguir a los ladrones, que según su capataz no eran más de quince. Llano le proporcionó quince indios y seis soldados bajo el cacique Guayquil. Pero al llegar a la estancia de Claraz, los pampas rehusaron cambiar caballos y Guayquil manifestó no tener órdenes para continuar adelante. Entonces el naturalista suizo salió con algunos ingleses y amigos nativos hacia la Ventana, y encontró por el rastro que los ladrones eran bastante más de quince.

 

Llano era una mezcla de culpa y heroicidad, porque a esa altura de su carrera él se sentía la patria y destinatario de todas las miradas (16). Por eso le fue posible sobreponerse, levantarse de las angustias, creer en la superioridad de las armas si no en la de los ánimos, y salirles a la caza, como si fuera un Comandante nuevo, estrenado en las lides de la frontera, arrastrando con él a cien hombres, principalmente voluntarios. Alcanzó a los cuarenta ladrones en Leones, sobre el Napostá. Los cargó y mató a siete de ellos, tomando todo el botín, los caballos y  un prisionero.

 

Volvió triunfante a la fortaleza, seguro de que por mucho tiempo no volverían a molestarlo los calfucuraches. Pero estaba más solo que antes. Pillahuinco albergaba seiscientos hombres en su guarnición; la Blanca Chica quinientos y la Blanca Grande, mil quinientos. Y nadie era capaz de enviarle doscientos refuerzos a Llano.

 

Igual que el Kassim de Alí Babá y los cuarenta ladrones, encerrado en la cueva sin poder echarle mano a los tesoros, y esperando amedrentado el arribo de los dueños del lugar. Y tuvo que esperar dos meses.

 

Después estaría cara a cara con los hijos de Calfucurá: Manuel Namuncurá –el primero-, José Millaquén Curá, Justo Morales Catricurá, Alvarito Reymay-Curá, Pereyra Curapán Curá, Melicurá, Juan Mialun Curá, Vicente Milla Curá, Antu-Curá, Huicha-Curá, Liev-Curá, José María Curá y Pichi Namún-Curá. Además de los capitanejos huilliches de mayor confianza: Linicop, Pichum, Espuñán, Quintriel, Alaipo, Leuqui, Ñancucheo y Blanqui. Y del respetado ranqueluche Alonso, que también cabalgaba ya con ellos y con los parciales del canjeado Cañumil: Curunqueo, Caltiman, Lespian, Manuel y Martinián. Calfucurá quedaba detrás, expectante, como si ya sintiera en sus carnes el griterío abrasivo de San Carlos, el trueno inexplicable por sus consecuencias de los rémingtons, demasiado viejo, demasiado doloridos los huesos.

 

Mientras se producía el canje de cautivos, el intermediador Capitán Solano (17) había quedado preso en lo de Gorosito, hasta tanto se terminaran los alistamientos del malón. Los calfucuraches habían tenido órdenes de tomar vivos a Llano, a Guayaquil, a Linares (18), al teniente Rufino Romero y en apariencia al Capitán Nicandro Quintana (19), sin abandonar el cometido de poner nueva justicia en la tierra tomada por algunos ingleses (20).

 

Enamorados del gatillo

 

Del Snaider a retrocarga al Remington de años después, las armas en Argentina las siguió cargando Inglaterra, a despecho del diablo. Porque si no se compraban a la sustituta madre de cuanto gobierno porteño planificase la lucha contra el aborigen, eran los mismos ingleses quienes las traían, en este caso a la Colonia del Sauce Grande, próxima a la Fortaleza Protectora. Allí hicieron de las suyas Facón Grande (21) y Facón Chico (22), que no sólo cargaron armas a retrocarga, sino que las usaron a mansalva desde las azoteas. Fue en el gran malón, el último que intentó reconquistar el estuario para los calfucuraches, el 23 de octubre de 1870.

 

Desoyendo los pedidos que al general de Salinas Grandes formularan personalmente el liberado Cañumil y el jefe de la reserva india Ancalao, el ataque se concretó antes del amanecer de ese día. Fue fulminante, ya que a las tres de la tarde, los calfucuraches se dispersaron en distintas direcciones previamente establecidas, no sin antes poner a resguardo el botín de gran número de cabezas de ganado. Los golpes se produjeron simultáneamente en todos los puntos donde resultaba necesario ajustar cuentas.

 

En la estancia de Fernando Linares, por caso, quemaron los ranchos y lancearon a una mujer y a varios hombres. Camino de la chacra de Rufino Romero, en el Bañado de Jiménez, rompieron los corrales y lancearon al corso que los cuidaba; llegaron a la propiedad del teniente cuando ya era de día. El vasco Juan Elizabe –que llegaba al campo montado en su caballo de carrera favorito- dio aviso a Rufino y a su familia para que se pusieran en guardia, salvando vidas y ovejas. Sólo en los campos de Claraz, en Real de Azúa, junto al Napostá, encontraron defensas preparadas. Allí, tanto el suizo como su hermano, mediante el uso de sus armas largas, mantuvieron a distancia a los atacantes. A su retirada, llevaron el saqueo al Quequén Salado; el Comandante Spika de Pillahuincó reportó a su superioridad que en el lugar encerraron a quince personas en un rancho y las quemaron vivas. Otros maloneros fueron en dirección de Ojo de Agua, o de las sierras, o costearon el Napostá (21).

 

Destruyeron los establecimientos de Fusoni y de un americano llamado Arnold, y pegaron fuego a la casa de Mr Corby y a uno de los ranchos de Claraz (…) Cinco ingleses con rifles Snider ofrecieron resistencia en casa de Mr Rolf y alejaron seis veces a los indios, en el séptimo asalto tuvieron que capitular, les quedaban sólo 30 cartuchos mientras que los indios tenían bolsas llenas de piedras que tiraban con hondas a los ingleses. Mr Rol fue herido y el momento era crítico, cuando un jefe se acercó a caballo con un fusil en la mano y le dijo: “Si nos dejan llevar las ovejas perdonamos sus vidas”. Mr Foulis estaba por contestar con un disparo, pero los otros lo persuadieron de desistir, por lo tanto conservaron los 30 cartuchos como garantía de sus vidas (22).

 

Volvemos a los amantes del gatillo. Quien mejores semblanzas produjo de Facón Grande (Henry Edwards) y Facón Chico (John Walker), ha sido Ricardo Hogg (23). Ambos habían nacido en 1841 y eran primos. También Roberto Bontine Cunninghame Graham (24), que pasó largo tiempo en Argentina y pobló un campo en cercanías del Sauce Chico en 1876, narró las aventuras de los gatillos fáciles, aunque las prosas de Mirages carezcan a esta altura de rigor histórico.

 

Colonia de Sauce, 12 de diciembre de 1873

Mi estimado amigo Goodhall:

Es verdad que el cereal crece aquí con prontitud y gran calidad, asi como las cosechas de cada año superan a las anteriores. Pero nuestro problema son los brutos, los merodeadores morochos que tienen costumbres de comadrejas. Esta sería una gran tierra si tuviese gobiernos que dieran punto final a esta situación de robos y pérdidas constantes; superaría así largamente a Australia y Nueva Zelanda. Los soldados del fuerte que está a escasas leguas de mi tierra sólo ladran y sus jefes me parecen siempre demasiado considerados con los morochos… Pero ellos ya saben que mi mordisco es peor que cualquier ladrido. No soportan, claro, el fuego demasiado caliente, los tranquilizantes que logro aplicar desde la loma detrás de la casa para poner a salvo los ganados que intentan arrear. Después, cuando recorro el campo, me encuentro que han enterrado al morocho de turno en la muerte, con su caballo, parado sobre él, con la garganta cortada a todo lo ancho como es su costumbre. Mayor problema es cuando se meten con los colonos y sus familias. El 17 de noviembre pasado Donner fue bárbaramente asesinado en su propia casa por un bruto de nombre Alcorto el tuerto. Había sido soldado aquí y después Policía. Lo que sabemos del asesinato es muy poco. Corría la caña y el cerdo dio a Donner unas seis puñaladas, todas alrededor del corazón y dos terribles hachazos en la cabeza que causaron la salida del cerebro. Después se fue, una vez que robó todo el dinero de Donner y su revólver. Pasó por el rancho de San Juan, y allí mostró su facón cubierto de sangre y el revólver de Donner. Entonces alzó una tropilla y desapareció. Walker y Smith lo siguieron hasta una jornada de distancia de Tandil y allí perdieron todo rastro de él, pero aún espero, será aprehendido. ¡En el mismo día Collinson baleó a Barber en la Guardia! La bala entró justo bajo la tetilla derecha y recorrió la costilla alojándose bajo el omóplato donde aún está. Fue una pelea a causa de un perro de Collinson que Barber quería matar porque lo había mordido. Parece que empezó a golpear a Collinson y en defensa propia sacó el revólver. Siento mucho que algo así haya ocurrido entre ingleses.

Con mis respetos, (25)

 

En el petitorio de los colonos de Sauce Grande del 27 de setiembre de 1875, dirigido a la Honorable Cámara de Senadores de la Provincia de Buenos Aires, entre otras exquisiteces, se dice: El que cultiva la tierra sirve a la patria, es el lema de la Sociedad Rural Argentina, el que cultiva la tierra arrebatándosela para ello a los salvajes, el que dedica su capital y su vida a arrebatar un pedazo de tierra a la barbarie, el que convierte un pedazo de pampa en tierra feraz y productiva, sin más ayuda que sus propias fuerzas, sirve también a la patria (…) Los pobladores de la Colonia Inglesa del Sauce Grande no sólo han tenido que soportar las frecuentes invasiones que los indios traían a la Colonia, sino que han acompañado siempre a las tropas del Gobierno en sus expediciones contra los salvajes, tomando igual parte en las luchas y fatigas de la guerra; así es que la Colonia podía considerarse como el fortín más avanzado de la línea de fronteras, por su internación en el desierto, circunstancia que ha costado la vida a varios colonos (26).

 

No es mejor la respuesta del Senador Provincial Manuel Gache (27), que les devuelve flores a los colonos al implorar: Quiera el cielo que nuestro vasto territorio fuera poblado por colonos tan persistentes, rectos y enérgicos como los ingleses de Sauce Grande. ¡Qué país maravilloso sería entonces la República Argentina! (28).

 

¿Es maravilloso nuestro país, aún cuando no nos poblaran mayormente los ingleses? Sin dudarlo: ¡sí! Pero debemos señalar que ese distrito en particular continuó pariendo gatillos fáciles. Obviando distintos episodios de finales del siglo XIX y primera parte del siglo XX, nos situamos ochenta y cinco años después del último malón. Setiembre de 1955: la flota naval levó anclas en Puerto Belgrano y recorrió el litoral marítimo hasta posicionarse frente a Mar del Plata. Su objetivo era cañonear las destilerías próximas al puerto de la ciudad (29); de la misma manera que con Cañumil, los militares presionaron a Perón y obtuvieron su renuncia. De este episodio se habla muy poco; antes bien, se recuerdan las masacres de junio en Plaza de Mayo. Pero ¿cuántos murieron ese día en Mar del Plata? ¿Y cuántas más víctimas hubiese habido si cañoneaban las destilerías del Dock Sud y La Plata, según anunciaban los marinos prepotentes? Por eso la renuncia de Perón. Ochenta y cinco años después, otro descendiente de aborígenes era empujado fuera de la escena, por bruto, por morocho, acusado de comportarse como una comadreja (30).

 

Curiosamente no hay estadísticas de los muertos el 18 de setiembre de 1955 en Mar del Plata. El hecho fue ocultado durante muchos años, borrándose cualquier rastro. Se repetían y se anticipaban atropellos aún peores, protagonizados por las fuerzas armadas antijurídicas. El ideario de Sarmiento, heredado por Roca, pregonaba que debía terminarse con los hormigueros que infectaban el campo, antes que perder el tiempo combatiendo hormigas. Era la teoría ofensiva, que terminó imponiéndose a la defensiva. La conquista del desierto por sobre la línea de fortines ineficientes. El exterminio antes que el negocio pacífico con los indios. La limpieza de fines conforme propósitos prácticos, antes que las medias tintas gestadas por la corrupción del ejército. Así nos fue, aún cuando nos libráramos de colonos ingleses en el estuario. Terminamos matando aborígenes como si fueran hormiguitas.

 

Referencia esta última, que ha cobrado vigencia desde que se conocieran las confesiones del capitán (de marina) Hess, quien describió la caída de subversivos desde aviones Electra en altura y sobre las aguas, como vuelos de hormiguitas exánimes (31). Nos referimos, claro, a los años de plomo. Segunda conclusión, entonces, es que para ser un gatillo fácil, no resulta necesario apretar ningún gatillo.

 

El derroche,  la derrota provisoria, el futuro

 

Queremos terminar con las reflexiones de Ezequiel Martínez Estrada. El maestro –bahiense por adopción propia- decía que cuando se comprendió que en la tierra de nadie no había nada, se produjo el derrame psicológico de tensión expectante del pueblo. Estar alerta sobre lo que nos rodea es estar despierto en grado sumo.

La paz posterior al último malón, al triunfo insobornable del remington, al señorío de la ofensiva sin alternativas, al dominio racial, nos encontró sorprendidos y sin planes. Salvo para algunos, como Caronti (32) o para otros ya distantes pero no olvidadizos, como Cunninghame Graham.

 

El indio, a la larga, fue arrojado y aniquilado. La naturaleza se venció sólo en parte, en la mínima parte para un vivir mínimo (33). Ahora asistimos al resurgimiento del aborigen, pero no a la revancha o venganza; esta es la coronación de la sangre que no fue planificada sino que asistió a una cita con la libertad, o mejor aún: con el amor gratuito.

 

Los que vinieron para marcar frontera en una tierra que nació prescindente de límites, llegaron para luchar en superficie. Jamás previnieron, como sólo después lo hicieron Payró y Martínez Estrada. Como supuso Darwin al primer vistazo, o como después reflexionaron Borges y Mallea.

 

El triunfo del hombre del estuario se cifra en el aborigen, cuya naturaleza resurge hoy. Ella viene sorbiendo al huinca desde las tumbas diseminadas en las pampas del sur.

 

Se trata de un hombre nuevo, próximo, amante, que tiene a Cristo grabado en su corazón.

 

——————————————————————————

(1) Véase biografía en apéndice: Claraz, Georges.

(2) En esta fuente se basó Richard Arthur Seymour, para la escritura de Un poblador de las pampas, cuya muy cuidada última edición de 2008 en Buenos Aires, debemos a El Elefante Blanco.

(3) Adjetivo utilizado en el informe que sobre la fundación de Bahía Blanca produjera el gobernador Manuel Dorrego, y que parcialmente reprodujimos en el capítulo anterior.

(4) Las casas con azotea poseían cualidades estratégicas, ya que desde ellas era posible plantear defensas frente a la irrupción de los indios maloneros.  Los ranchos, en cambio, eran pasto de las llamas.

(5) M G y E T Mullhall: Handbook of The River Plate, Buenos Aires, 1869. Se trataba de una publicación originada en Londres, utilizada para interesar en las actividades económicas posibles para colonos británicos en el Río de la Plata.

(6) The Standard, 18 de diciembre de 1870, en artículo firmado por Settler (que era en realidad Georges Claraz), reproducido parcialmente por Rojas Lagarde, Jorge Luis: El malón de 1870 a Bahía Blanca y la Colonia de Sauce Grande. Ediciones Culturales Argentinas, Secretaría de Cultura, Ministerio de Educación y Justicia. Buenos Aires, 1984.

(7) The Standard, 20 de octubre de 1870.

(8) según Melchert, F L en


2 comentarios to “De gatillos fáciles, hormiguitas, comadrejas y morochos”

  1. Me pregunto ahora si podemos hablar de las estadísticas de sitios – el volumen de búsquedas, etc, yo estoy tratando de sitios que pueden comprar espacio publicitario a través de – quiero saber si podemos hablar de precios y otras cosas. Saludos compañero que está haciendo un gran trabajo sin embargo.

  2. Gracias, buen trabajo! Este fue el material que tenía que tener.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

A %d blogueros les gusta esto: