Enlazó un alazán mansito…

El chenque de Cerro Bravo

chenque3

Recopilado por Oscar Barreto, 1992

Extraído de ¨Cuentan los mapuches¨, edición de César A Fernández, Ediciones Nuevo Siglo SA, Buenos Aires, 1999 (*)

Cuando le busqué la boca para el lado de entierros y chenques don Melinao se animó. Terminó de armar el cigarrillo, levantó un tizón que acercó a la boca para encenderlo, entrecerrando los ojos para evitar el humo y se dispuso a la conversa.

¨Dicen que para el Cerro Bayo hubo un entierro de los grandes, con unas cuantas cargas de plata. Claro que ahora se encuentran sólo chaquiras y algunas pedacerías de cántaros.

Mi finado abuelo se solía acordar que fueron unos ingleses los que levantaron toda esa platería. También lo que le habían puesto en la tumba del cacique Nahuelcheo, enterrado en el chenque del cerro¨.

Y cambiando un poco el tono como para hacer ciencia sobre el asunto, prosiguió:

¨Cuando moría un jefe –lonco, que le decimos nosotros- bueno, para qué le voy a contar; todo el mundo se hacía presente y había demostraciones de todos los pelos, desde el discurso fúnebre como para un coyagtun (parlamento), a la pura llantera de las mujeres y parientes y a los brindis que se hacían por el finado, diciendo: yagpayu, lonco; pneumangnen cumei rupalen (salud, jefe; ojalá que le vaya bien).

Luego, después de un velatorio de cuatro días, venía el entierro.

Ya llegando a la tumba, sobre el mismo finado, se mataba un caballo ensillado, como para que siguiera siendo el sillero del jefe en la travesía para la otra tierra. Después, envueltos en cuero de potro o guanaco, se le acomodaba toda la platería. Eran de ver los puñados de cosas que se le amontonaban: cabezadas y riendas, rastras, cuchillos con cabo de plata, espuelas, estribos, bombillas y hasta las mismas mujeres se desprendían, como aros, vinchas, prendedores…¨.

Y al viejo Melinao le resplandecía la plata enterrada en los ojazos que se abrían e iluminaban con las llamas del fogón que parecía aquietarse para escuchar la relación.

¨Y juntito a los cueros cargados con esa plata, se le acercaban los ´vicios´, como carne, pilchas, mate, leña, todo acomodado como para que el viaje fuera cómodo y no anduviera penando en la travesía¨.

Hizo una pausa para volver a pegar el papel del cigarrillo que se le iba desarmando, acercó unos tizones al fuego que se le desparramaba y encogiéndose de hombros, como para sacarle el cuerpo a la cara que yo podía poner, continuó:

¨Y dicen los antiguos de antes, que hasta mataban de un bolazo en la cabeza a una de las mujeres del jefe, como para que fuese a acompañarlo. Vaya uno a saber. Costumbres de antes sería, ¿no?.

Bueno, como le iba diciendo, fueron unos huincas ingleses los que se levantaron con todo el platal. Mi abuelo conoció al finado Mariñanco que los baquianó en la búsqueda. Pobre; porque fue así como a la semana no más, en una costaliada, lo aplastó su yegua tordilla. La misma en la cual había acompañado a los ingleses, para ir a disturbiar la tumba. Porque ésa es la ley: el que descubre el lugar de los entierros para revolverlos y saquearlos tiene los días contaditos¨.

En la pava que estaba al fuego silbaba el agua caliente. Le echó un poco de agua fría y se ladeó para ensillar el mate, ese amigo aquerenciado a todos los fogones y sabedor de todas las historias y consejos.

- ¿Y le fue fácil a los ingleses encontrar el chenque don Melinao?

¨Y claro: conociendo más o menos el paraje, es cuestión de alertiar alguna noche y usted mismo hubo podido ver una lucecita que se levanta de la plata enterrada y camina por arriba de la tierra: una luz azulada, chiquita pero segura para señalar el lugar. Aunque dicen que al finado Mariñanco le rindió más el otro mundo¨.

Y se tomó un tiempo como para crear el suspenso, mientras me tendía un amargo.

¨Resulta que en las noches de luna, así lo conversaban los veteranos de antes, sale a la tierra a pastar, mire usted, el mismito caballo que le matan sobre la tumba del cacique, o el potro o el guanaco en cuyos cueros hayan envuelto el platerío. Usted que anda de recorrida porque sabe más o menos el lugar, acérquesele para agarrarlo y échele el lazo y… listo; déjelo que siga pastando, que al amanecer volverá a su lugar, la tumba del jefe, para seguir acompañándolo.

Mire y marque bien el lugar adonde le salió al cruce el animal y al día siguiente vuelva ahí y córtele el rastro a la marca que ha dejado la argolla en la tierra y va a dar justito al lugar del entierro. Y eso fue lo que hizo, según dicen, el finando Mariñanco. En una noche de luna enlazó un alazán mansito que fue el de la suerte, bueno, suerte para los gringos esos, que para él fue desgracia¨.

Y le pegó al mate una de esas chupadas rezongadoras, como para olvidarse de que le hubieran pasado esas cosas a gente de su sangre.

¨Lo que a mí, no van a codiciar mucho mis huesos, porque me van a enterrar con lo que tengo puesto nada más¨. Y acarició a su perro que dormía a su lado, como para darle seguridad de que a su muerte a él no lo iban a tocar.

Volcó sobre las brasas un poco de yerba y se cebó otro mate más, que tomó mientras miraba fijo a esas llamas que ahora tenían la inquietud de sus pensamientos.

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(*) Se ha respetado la notación original del editor

chenque: cementerio aborigen


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