Héctor Pedro Soulé Tonelli

Palabras pronunciadas por Carlos Enrique Cartolano en Marathónica de Poesía y Narrativa, Teatro Colón de Punta Alta, el 27 de junio de 2008.

Cuando supe que mi entusiasmo por dar a publicidad la obra del poeta Soulé Tonelli, o como siempre se lo llamó ¨Coqui¨, terminaría en esta ponencia de Maratónica puntaltense… revisé mis convicciones al respecto. Y como suele suceder siempre los recipientes espirituales se abren, realizan sus inventarios y brindan sus resultados espontáneamente, sin demasiados avisos. Quizás un breve sueño, un incompleto ensayo antes, para finalmente desembocar en la mirada totalizadora. Por lo que, alumbrado por esa certeza, recién esta mañana me puse a escribir esta versión definitiva.

Me había preguntado por la naturaleza del poeta. Y como la primera respuesta consistió seguramente en que el poeta vive intensamente, habrá sido necesario preguntar qué…, cuando no se cuenta con un cuerpo que responda a la intensidad vital… ¿Qué, entonces? Porque éste era el caso de nuestro poeta, cuadrapléjico, sin control ni sobre sus extremidades, ni sobre su cuello. Puro progreso del espíritu, pura evolución del alma, será entonces la respuesta. Y desde una silla de ruedas, limitado y sometido por su cuerpo, poetizando como es natural sólo desde el alma.

Busqué ejemplos. Recordé a nuestro Florencio Balcarce, con sus pulmones perforados; pero en él la enfermedad fue fulminante dejándonos a sus veinticinco años y con muy breve obra. No es el caso de Coqui, que vivió una larga vida y nos legó una obra importante, que esperamos ver publicada íntegramente. Después recordé a Rimbaud, con su cáncer de huesos, su pierna amputada, sus restantes miembros contagiados rápidamente precipitando una muerte dolorosísima. Pero es que el niño terrible escribió hasta apenas pasados sus veinte años y después se transformó en un comerciante africano que de sus delirios poéticos sólo mantuvo un harem de esposas, una de cada raza y color. París seguía revolucionado por su poesía y él se ocupaba de comercializar armas, para volver sólo cuando no pudo caminar más.

Además, Balcarce y Rimbaud viajaron intensamente, sobre todo el último, mientras que Coqui nunca salió de Punta Alta. Nosotros nos fuimos, hicimos nuestro tránsito cosmogónico cargando su historia, mientras él estaba aquí. ¿Esperándonos?

Segunda mitad de la década del cincuenta. Libertadora o ¨libertadura¨. Resistencia peronista. Gobierno de Frondizi, después. Yo estoy por entonces muy frecuentemente en la cortada 2 de julio, ya que allí viven, casa de los Peña de por medio, mis primos Leroy junto a la familia Soulé. Lo veo a Coqui casi diariamente. Hemos comenzado a conversar con frecuencia desde que mi tía soltera hermana de mamá ha comentado que ¨este chico está gran parte del día encerrado escribiendo¨ y que ¨lo que escribe es bastante raro y difícil de leer¨. ¨Este chico¨ era yo. Son salmos de mis doce y de mis trece años. Salmos como los que el propio Coqui escribe. Claro que los de él SON SALMOS. Y los míos son torpes intentos de salmos.

¿Así que vos escribís?, me pregunta Coqui desde su silla, poco antes de que su papá lo suba alzándolo al fiat 1100 gris y celeste, último modelo por entonces…

Sí, le contesto con el entusiasmo que transmite la fama inesperada. Y al mismo tiempo, compartiendo la mezcla de impresión y piedad que producía en todos la imagen del cuadrapléjico sacudido por la espasticidad permanente. Me gustaría traerte algo para que lo veas, agrego.

Me siento en los sillones de cuerina verde del living de los Soulé. Voy leyendo texto tras texto y espero la devolución de Coqui. A él lo han alzado de la silla y lo han puesto en uno de los amplios sillones de cuerina verde, donde evidentemente se siente mucho mejor. Entonces hay dos especies de reacciones en el poeta. Preguntar por alguna palabra, por algún verso, por lo que yo quise decir con determinada línea, o el entusiasmo con bruscos movimientos de cuello y brazos. Esta última reacción es la que invita a reincidir en la escritura y en las lecturas al maestro.

Todos hemos tenido un primer maestro. El mío fue de lujo, aunque sólo lo supe años después. A comienzos del sesenta y uno me mudé a Buenos Aires. Pero los salmos siguieron brotando; yo, por entonces albergaba sentimientos místicos y el proyecto de consagrarme al sacerdocio. Y en los veranos de años siguientes volví a Punta Alta porque aquí estaban todavía mis mejores amigos, Adrián Tucci sobre todo, que aún es mi gran compañero, Juan Carlos Confini y Julio César Ayala Torales, también. Y en esos febreros calurosos, vuelto de la pileta o de la playa, me sentaba con Coqui a conversar de poesía, le leía mis cosas, después de dar unas cuantas vueltas, con algún pudor, con mucha timidez. Y él se preocupaba entonces por demostrarme que yo estaba en camino… En camino.

Yo procedía entonces de lecturas ingenuas, antes por mi escasa capacidad de comprensión que por la profundidad de las plumas. De Saint-John Perse, de Herman Hesse, de Rimbaud, en el mejor de los casos, pero también de Papini y de Escribá de Balaguer. Todos cabían en la universalidad y en la generosidad del poeta, en ese escucha de gran resistencia, en el estimulador profesional.

Andando los años me di cuenta de que yo había sido una compañía para él, que lo había ayudado aunque más no fuera un poco. Que difícilmente Coqui podría encontrar chicos o jóvenes de quince o veinte años menos, que lo distinguieran como maestro, que se franquearan con él, que no le tuvieran miedo o aprensión.

Después se vivieron años difíciles. Comprobé que mis elecciones eran gravosas, como muchos de mi generación sintieran en carnes propias. Supe de Coqui por un par de poemas suyos publicados por un suplemento literario. La poesía y la historia hacían por entonces una simbiosis sumamente peligrosa; juntas, hacían explotar la santabárbara.

No volví más a Punta Alta, hasta ya comenzado 1973. Y entonces estuve presente en dos dimensiones. Una: la del joven confundido que condena todo lo que en los pobres parámetros de su definición no es revolucionario. Y otra: la del observador proyectado hasta sus cincuenta años que comienza a escribir la novela de su vida. Y que extrañamente parece haber vivido siempre en Punta Alta.

Coqui Soulé era entonces un personaje importante, insoslayable en la pictografía popular, formador de la conciencia cívica. Y aunque nunca se había sentado en El Central, en mi novela apareció compartiendo una de las mesas con Quique, el puntaltense aporteñado; Luisito, el revolucionario del PRT que no puede sino condenar el nacionalismo como derecha extrema, y Esteban, el peronista de principios que brega por la unidad del movimiento desde la CGT de los argentinos.

¨… Era un tipo brillante. Muy enfermo, aceptaba las complicaciones que le imponía su cuerpo encabritado y dolorido. Entusiasmado con todo proyecto lírico o histórico que le pasara cerca. Muchos lo miraban con pena al verlo pasar en su silla, conducido por su papá, que tenía una pierna dura, resabio de un accidente en la base, o como hoy, por su mamá.

Pero por sobre todo, era impune. Los cancerberos de la fusiladora decían haberle comprobado mil y una conspiraciones contra el poder constituido por la fuerza, pero jamás habían podido conciliar su espasticidad con la cárcel. Cuando iban a buscarlo, la mamá se ponía a vociferar contra estos peronistas amigos tuyos que van a lograr que vayas preso, pero él se mantenía sereno, seguro de que aunque civil puntaltense, era raramente intocable (…) Claro que era un nacionalista esclarecido, como diría Esteban. Atrás habían quedado los tiempos en que se sumara románticamente a los jóvenes católicos sedientos de acción que habían fundado la primera Tacuara. Aunque Luisito no se diera por aludido de ese paso inexorable del tiempo, de que los colores cambiaban porque envejecía la tela o porque se añejaba la bebida noble (…) Al salir del Central, Quique fue marcando el compás tanguero con los pies. En sus oídos sonaban los versos del Coqui Soulé, fuertemente sustantivados, casi sacramentales, de alto vuelo:

Evoco aquel que fuera su tablado

y que tenía un aire de balcón,

al son de cuya zurda en el teclado

volcó Di Sarli el aguarrás de su canción.

¿Por qué habrá utilizado Coqui ¨aguarrás¨ en el último verso? ¿Tan ácida era la música de Di Sarli? ¿Tanto les despintaba el mate a los tangueros bahienses? ¡Era yeta, che!, habría dicho el viejo. ¡Pero qué músico el señor del tango…!¨.

Coqui Soulé vivió su existencia entre gloria y derrota. Alto, muy alto en sus voces; dificultoso en su tránsito físico. Aquí nació y nunca salió de Punta Alta. Aquí murió, olvidado por los que nunca le dieron importancia. Pero por aquí anda todavía. Ahora se enseñorea caminando entre nosotros, abandonada su silla, feliz de que lo contemplemos y de que compartamos este momento con él.


4 comentarios to “Héctor Pedro Soulé Tonelli”

  1. A ese Coqui que conocí desde niño en la Escuela 99 y que creció en el contienente de un cuerpo extraño, que sin embargo, con el tiempo, hizo propio, cuando más desplegó sus ansias de vida en alas poeticas que aún vuelan.

    Ese Coqui que nos enseñó a vivir honrándonos con su amistad, que respetando nuestras adolescentes inquietudes nos hablaba pausado, más por comprensión que por parapléjico.

    Ese Coqui que rebosaba alegrías al vernos y con humor celebraba los reencuentros, era el mismo que componía versos de poéticas logradas y contenidos trascendentes. ¡Era un poeta!.

    Ese Coqui, que transcurrido mucho tiempo despues, reencontré en su lecho y al verme el silencio tras un mirar continente parecía decirme. -Flaco mirá lo que nos han hecho. Unica vez que escuché un lamento, de quien había padecido, toda su vida lo que nosotros sufrimos sólo un momento:1976-83.

    Ese Coqui fu mi amigo y compañero y como tal lo recuerdo, al relativizar muchas cosas que la alienación marketinera se empeña -a diario- por absolutizar.

    Coqui fue un Poeta, que Punta Alta descubrirá cuando busque entre sus historiadores, filosofos, pensadores, etc. porque Coqui fue todo eso y mucho más y sólo por huumildad y no por enfermedad, hizo silencios respetuosos donde domina el parloteo y el bla bla.

    Querido Coqui, seguramente, tu sensibilidad, se conmoverá al ver “al Rulo” tratando de decir lo que vos representás en quienes alguna vez fuimos tus escuchas -en épocas de “resistencias”- respecto de lo nacional y popular.

    “Agrupación Popular” “Ateneo Palabra Argentina” CEARSO (Centro de Estudios Argentinos Raúl Scalabrini Ortiz) dan fe y yo acompaño que siempre fuiste, sos y serás un bate de lo nacional y popular

  2. Fe de erratas donde dice “bate” debe decir vate. Disculpas y gracias

  3. Simplemente admirado acabo de leer esta nota de Cartolano. Sí conocí -y supe conversar- a Soulé Tonelli. Pero éste Cartolano, será quién alguna vez traté con mi otrora amigo Coco Ayala? No sé. No recuerdo. Pero sea así, o no, igual me agradó su escrito, y aquí dejo mi opinión.

  4. Pueden encontrar el libro “Tango abierto” (1958) de este autor, en la biblioteca Rivadavia de Bahía Blanca

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