Juana bienquerida -o la primera bahiense-

Juana bienquerida

-o la primera bahiense-

por Carlos Enrique Cartolano

cecartolano@hotmail.com

carloscartolano@gmail.com

¨… Ella desató al viento sus oscuros cabellos

y le ofreció sus labios: de fugaces destellos

una lluvia dorada sus ojos despedían.

Inclinóse el ardiente Imperator romano,

y en esos grandes ojos vio un inmenso océano

donde errantes galeras, derrotadas huían…¨.

José María de Heredia(1), ¨Antoine e Cléopatra¨, traducción

de Max Henríquez Ureña

1827: Fuerzas militares dirigidas por Venancio Coñuepan que integran guerreros voroganos, y acompañadas por militares chilenos como Francisco Iturra y Juan de Dios Montero, entran al país naciente respondiendo al llamado de Juan Manuel de Rosas. Las órdenes de Bernardo de O´Higgins han sido reforzar las dotaciones del ejército argentino en las tareas fundacionales de la fortaleza de Bahía Blanca. Y además, en el trayecto liberar a la hija del Gobernador de Concepción, cautiva de las hordas de los Pincheira

Don Venancio había estirado su manta cacique, su tarikanmakuñ (2) negra con listas blancas, grises y cafés, arrodillándose con ceremonia notable en su centro y estirando su vista hacia la polvareda distante. Sus rodillas dibujaron sendos lukutuwes (3) sobre la tierra suelta con textura de arena aunque fina como cenizas mortales. ¡Qué lugar éste! Al que llamaron Varvarco (4), y donde se ocultaron secuestros y saqueos de las montoneras que respondieron a los pincheiras.

No había allí un miserable árbol y don Venancio descansó de rodillas a la sombra de su tordillo preferido. Un tordillo plomo (5), de cuyo pelaje parecía haberse copiado la manta. Más allá, por detrás, su avanzada de caballos refrescándose, algunos cristianos y la indiada mansa leal a O´Higgins Riquelme. Y bien adelante, sus ojos fijos en la polvareda rojiza, Francisco Pío Iturra, de pie y echado hacia adelante como dispuesto a salir corriendo, abiertas las piernas, el cuchillo exagerado asomándosele de la faja, con la ansiedad de un segundo sexo.

- Ya vienen. Son dos los jinetes y dos caballos aunque parezca sólo uno el nubarrón de polvo suelto. Ha dicho y ha pensado razonadamente Iturra, mientras cree reconocer al frente a su tobiano azulejo. – ¡Qué raro! ¡Sí que es raro que la traiga por delante a ella!

No se han dejado engañar por las fumarolas. El blanco de humo es diferente al rojizo de esa piedra molida y gastada hasta el cansancio. Eran efectivamente dos los jinetes. Pero en el tobiano azulejo, que Iturra destinara a Juana, la cautiva, no venía ella sino el indio Artile, aindiado en realidad, lo que es decir descristianado, y montonero convencido de entregar a la muchacha a cambio de una tropilla surtida de caballos hechos (6) y bien cuidados.

La misión la traían desde el otro lado de la cordillera. Doña Juana Seguel, hija del gobernador de Concepción, cautiva de las montoneras pincheiristas realistas que tenían su fortín parapetado en el valle de Varvarco, debía ser liberada por las fuerzas de don Venancio y trasladada sin mayor pérdida de tiempo con su familia a Coelemu. Una mujer. Una hermosa niña todavía, de cabellera oscura, con pelo más negro que el del tordillo plomo, y mucho más necesaria que un simple caballo favorito.

Eso, al menos, es lo que parecía concluir Iturra, que ahora sostenía el alazán pampa que montaba Juana. La explicación de Artile parecía innecesaria; él eligió el tobiano y antecedió con su montura a la mujer, sin importarle que el caballo fuera de Iturra, su viejo compadre en los toldos, cuando ambos vigilaron indios por dos largos años con el pretexto de aprender el idioma de los hijos de la tierra. Después Iturra se había sumado a los republicanos y Artile a los realistas pincheiristas; ambos eran hombres de confianza en sus parcialidades y lenguaraces en fortín y de campaña.

Don Venancio Coñuepán no parecía satisfecho. Se paró y comenzó a recoger la manta, plegándola parsimoniosamente sobre el lomo del tordillo. Él hubiera querido ponerle sitio al fortín, arrancarles la cautiva después de hacerles la guerra, empujar de una vez por todas a las hordas pincheiristas para ponerlas en manos del ejército republicano. Terminar finalmente con esa guerra a muerte que impedía la paz en las familias. Pero no; otras eran las órdenes, y habría que esperar la oportunidad de llegar a La Blanca para entrar en acción. Sólo después detuvo la mirada en Juana, en su larga cabellera negra, en su poncho rojizo como la polvareda, justo cuando ella bajaba el pañuelo de la boca y descubría la piel cobriza, sus mejillas tersas y el largo cuello de garza.

¿Nefertiti? ¿Cleopatra? El paisaje roto con la irrupción de la infantil realeza de Juana, los cuerpos desacomodados de tanto ser cristiano aindiado y de tanto parecer indio cristianizado, las miradas fijas en un solo punto. E Iturra al frente, con cara de tonto. La mujer, había escuchado el milico bruto, es una llave del desierto. Es la que comunica y facilita tanto el comercio como la diplomacia. Y para confirmarlo, como todos se habían quedado mudos, fue Juana la que amagando bajarse del caballo, vociferó:

- ¿Quién manda aquí?

Entonces indios y aindiados descubrieron que ¨la silla en que estaba sentada, como un bruñido trono, relucía como el mármol…¨ (7) y que como tomando conciencia del desproporcionado jaez, el alazán pampa se paraba en dos patas y relinchaba como loco temiendo que lo privaran de esa carga celeste y liviana.

Una mujer por seis caballos

De manera que Shakespeare trashumó por la precordillera neuquina, más de doscientos años después de componer ¨Antonio y Cleopatra¨, como que estamos hablando de la entrada de Don Venancio por pedido expreso de Rosas en vísperas de la fundación de Bahía Blanca, en 1827. Ustedes dirán que está bien, porque algunas interpretaciones sostienen que ¨Antonio y Cleopatra¨ es una típica tragedia romana caracterizada por rápidos cambios panorámicos en localizaciones geográficas y en registros, alternando entre la sensual e imaginativa Alejandría y la más pragmática y austera Roma.

Composición además de uno de los personajes femeninos más complejos pero a un tiempo previsibles de la tragedia clásica; dotada de soberbia grandeza –al igual que Marco Antonio-, deambula por la escena destilando sensualidad e histrionismo. ¿Es que podemos decir lo propio de Juana Seguel, esta niña chilena cautiva de las montoneras pincheiristas? ¿Qué conquista se propone de cara a esta despareja turba de indios, gauchos y milicos, cuando pregunta por la autoridad casi bajándose del alazán pampa?

Yo creo que se dispone a abandonar su papel de cautiva y acomete sobre la oportunidad del reparto de protagónicos. ¿Con quién? ¿Con Juan de Dios Montero, que ha dado un paso al frente sabiéndose el de mayor rango militar? ¿Con Don Venancio, al cual copia el rostro preocupado por todo lo que queda del otro lado de los Andes? ¿O con Iturra, ese milico que ha demostrado dedicación e inteligencia, aunque no pueda ocultar costumbres brutales propias de quien crece y se amolda a las intemperies?

Iturra ha contestado que es Don Venancio quien manda, aunque en cada cosa quien más autoridad demuestre es quien ha tomado las iniciativas. Como él, que alcanzó el fortín de los pincheiras la noche anterior, llevándole al indio Artile la tropilla liberadora. Su propio tobiano azulejo, que el montonero codició hasta apropiárselo rivalizando con la misma liberada, un zaino doradillo, dos pardos manchados, un bayo abarrosado y el mejor alazán pampa que había en la partida. Este último, el mismo que ahora Juana monta.

Será propicio entonces el aindiado Iturra, para desembarcar tanto deseo de conquista. Tanta invasión femenina en terreno yermo. ¿Es ella de la casta de los invasores, o es acaso numen principesco de la civilización agredida? Ella se siente tan hija de la tierra como el milico dominador de tropillas. Y por eso se le pega a los estribos, aunque él ahora monte un overo desparejo y ella sobresalga en su alazán. A la mañana siguiente Juana ha renunciado a volver a Coelemu (8); la han convencido Iturra, su humildad y su fortaleza, y va en camino a La Blanca. Su paso, puede reconocérselo, es francamente fundacional.

Pero digamos algo más de la niña Juana, sensual y conquistadora. Aunque la historia no ha profundizado demasiado en la cuestión, es probable que hubiese una segunda razón en el empeño de la mujer por continuar bajando olvidándose de Chile Es que en el Combate de Quilmo, batalla de la Patria Nueva chilena ocurrida en el marco de la Guerra a Muerte, y que acaeciese el 19 de setiembre de 1819, la víctima propiciatoria fue el montonero Dionisio Seguel. Primo, tío o hermano mayor de Juana: no lo sabemos en realidad. Sólo contamos con un escueto parte de guerra, en el que consta que las tropas del gobernador de Chillán Pedro Nolasco Victoriano chocaron ese día con las del oficial realista Vicente Ilizondo, nombrado segundo jefe del bandido Vicente Benavídes. Que la lucha fue desorganizada y que a la voz de ¨cargar y degollar¨ las fuerzas del gobernador Victoriano dieron fin a los días del adalid y casi héroe montonero que llevó el mismo apellido que Juana (9).

Lo que a esta altura también vale la pena aclarar es que doña Juana Seguel venía compartiendo desde algún tiempo atrás el papel de la Isabel de Benavente, cuando decía: ¨Una mujer sola no es nada en este mundo¨ (10) ¡Y de qué mundo hablamos ahora, entre fumarolas y volcanes, sin un solo árbol, en un desierto hirviente que huele a azufre, y por el que amén de merodear Shakespeare, habrá viajado seguido el demonio! Estamos autorizados a pensar que en su cautiverio, Juana Seguel fue prenda disputada de varios montoneros pincheiristas, pese al celo que pusieran Rosario y Teresa, carceleras obsesas en eso de fijar precio a la libertad de la hija del gobernador.

Por lo que todo consistió en contemplar cuál de estos hombres era mayormente capaz del bien querer. Y atarse al elegido, Iturra en este caso, sin desatender la tarea de transformación del amante, que un poco espontáneamente y otro poco por la femenina provocación es posible obtener de un cristiano aindiado chileno, o argentino, o en definitiva indoamericano, categoría que aplica a todo caso dudoso.

Entonces, y finalmente, cuando suelto el cabello negro y ardientes las pupilas y la boca, lo que en los ojos de Juana vió Francisco Pío Iturra no fueron errantes galeras derrotadas surcando anchos mares como contemplase Antonio, héroe de Cleopatra, sino simplemente el inmenso océano de las pampas poblado de tropillas bagualas buscando lazos y arrieros (11).

Cutivos, rehenes, esclavos

La cuestión de las cautivas cristianas es un clásico en las literaturas indoamericanas. Pero no así el de los aborígenes cautivos (12) Tampoco el de los rehenes, limitados en sus libertades individuales por encontrarse inmersos en la ebullición de procesos culturales integradores. Finalmente, nuestros países han sido verdaderamente hipócritas en punto a la esclavitud, que ha subsistido hasta nuestros días pese a las declaraciones de gobiernos y organismos internacionales. Como criterio general, no basta condenar para que los fenómenos sociales no existan. Se condena lo que efectivamente agrede y destruye a la humanidad. Repitiendo que el avestruz es feo no lograremos que desaparezca de la faz de la tierra (13).

Recuerdan que Rosas mantenía durante sus paulatinos y repetidos avances a alguna princesa aborigen como invitada de las tropas blancas. Sin embargo, esta era ni más ni menos que una cautiva con la que las tropas del gobierno negociarían oportunamente. García recuerda que ¨… después de los ataques a las tolderías, el mayor botín eran las mujeres indias, las que se repartían ´cordialmente´ entre los hombres de la tropa. Las mujeres preferían quedarse, por la posibilidad de que las liberasen los indios. De lo contrario, eran ´arreadas´ como ganado, hacia la Capital…¨ (14) Y el Comandante Prado relata que, luego de un avance a los Toldos de Pincén ¨… los caballos de los indios pasaron a ser propiedad del Estado, y en cuanto a sus mujeres… unas buscaron ´reemplazantes´ en los soldados de la División y otras, las más… ¡qué se yo qué hicieron…! Fueron mandadas al presidio de Martín García, y por ahí andarán llorando su antiguo poderío. Otras, disfrazadas, tal vez, de gente civilizada, renegarán de su origen indio…¨ (15).

Yo recuerdo con particular impresión las escenas de los charrúas sometidos que por cientos entraron a la ciudad de Montevideo, conforme el relato de diversos cronistas. La matanza ordenada por Fructuoso Rivera en 1831, mucho antes de que en Argentina llegara a su fin la conflictiva relación de los gobiernos con los indígenas, motivó que multitud de mujeres y de niños –muertos ya los varones capaces de levantar una lanza o de empuñar un arco- fueran sometidos a la esclavitud y soportaran condiciones de vida aberrantes. Las ¨viejas¨ de más de cuarenta años eran abandonadas en las calles de la ciudad por considerárselas inútiles, o se las ejecutaba sin que nadie reclamase por ellas. Y de este lado del Río de la Plata, luego de las batallas definitivas, cuando Sayweke y los suyos navegaban hacia Martín García, las damas de la beneficencia porteña operaban ¨repartos¨ de indiecitos de ambos sexos para atender la servidumbre doméstica. ¡Ni más ni menos que esclavos!

Dicen que los indios trataban mejor a los cautivos y a los rehenes. Y que aquello de las plantas de los pies descarnadas por los captores para que las blancas no pudiesen huir de las tolderías es más un relato sobredimensionado que un hecho habitual. A las cautivas se las respetaba porque los indígenas que las elegían se transformaban en sus amantes apasionados. Que ellas no los aceptasen era otra cuestión. Mucho antes de que se pronunciase a favor de la campaña de exterminio de los ochentas, y cuando redactaba la colección de cartas en que consistió ¨Una excursión a los indios ranqueles¨, Lucio V Mansilla nos acercó un valioso abanico de ejemplos (16).

Y bastante más cercano aún, contamos con el muy fresco testimonio de Nilda Sosa, cuando relata la relación de Agustina –princesa tehuelche- con una cautiva blanca a la que asiste con su amistad, su consejo y sus poemas, hasta la oportunidad en que los familiares de la segunda pagan su rescate con una tropilla de caballos (17).

Juana Seguel no fue una cautiva blanca corriente. Sus captores no fueron milicos represores, ni mucho menos aborígenes enamorados. Su libertad valía lo mismo que tasaban las huestes de Agustina, la princesa tehuelche, la libertad de la cautiva blanca. Iturra fue un rehén, sujeto como tantos otros por la línea de fronteras, hasta ser –como antes dijimos- él mismo una frontera. El amor de Juana lo liberó paulatinamente, y al cabo de su vida pudo elegir la cultura de sus deudos.

De la vida feraz al comercio floreciente

Juana nunca fue una fortinera. Estuvo durante más de cincuenta años junto a Iturra balanceándolo y haciéndolo feliz. Primero en la tarea más difícil de obedecer y de prestar servicios de intercomunicador, a sabiendas de que don Francisco Pío era un hombre de convicciones que muy claro tuvo siempre de qué lado se encontraba la razón. Unas veces para la fortaleza, otras veces para los aborígenes, sus servicios fueron copiosos.

En 1840, y con la bendición del comandante Palavecino y de algunos oficiales del fuerte, Iturra y su esposa, obtuvieron permiso para instalar una pulpería, así como alcanzaron cierto monopolio en la compra de cueros a los indios. Lo primero, atendiendo al buen trato de Iturra con los aborígenes amigos o visitantes y vista la capacidad de consumo de alcohol de estos hombres (18). Lo segundo, por las ventajas de que disponía Iturra como interlocutor de los raspadores y curtidores.

Decía un cronista que ¨… los demás negociantes muy raro cuero compran a los indios pues el mayor Iturra se los negocia…¨(19). A fines de la década de 1840, el comercio interétnico del fuerte (a lo que se agregaban las raciones del gobierno) se incrementó notablemente por el arribo de un contingente transcordillerano liderado por el toki Calfucurá. Precisamente este cacique se convirtió en cliente privilegiado de Iturra (20).

En 1858, Iturra alcanzó la comandancia de la fortaleza. Tal vez aprovechando esa posición, elevó al gobierno seis solicitudes de terrenos en propiedad que se encontraban en poder de sus ocupantes desde 1844. Entre las denuncias formuladas, se encontraba la de Juana Seguel de Iturra, quien argumentaba para obtener la propiedad de un terreno, ¨haber sufrido (durante la última invasión de 1858) el cautiverio junto con sus hijos, muriendo uno de ellos por el cruel tratamiento recibido por la gran prevención (de éstos: los invasores) contra su esposo, el comandante…¨(21).

¿Cómo interpretar esto que Juana Seguel llamó ¨la gran prevención¨ de los indígenas hacia Iturra con quien aparentemente siempre tuvieron buenas relaciones? Precisamente, el fluir entre dos mundos representaba un serio peligro para los mediadores culturales. Según Kessell (1994), estos individuos podían, idealmente, vivir confortablemente en cada cultura, ir y volver con facilidad de una a otra. Pero difícilmente mantendrían ese equilibrio por mucho tiempo ya que podían ir demasiado lejos en su inserción en la otra cultura, volver desilusionados a la propia o sentirse rechazados por ambas. Es probable pensar entonces que Iturra con Juana, al final de sus vidas, hayan realizado una opción por la sociedad criolla que los llevaran a enemistarse con los grupos nativos que hasta ese momento habían sido sus principales contactos con el mundo indígena (22).

Hasta llegar a la aludida afrenta de 1858, nótese en los siguientes fragmentos, cómo va deteriorándose la relación entre ambos personajes:

¨… Ahí le remito a mi hijo Catricurá con once hombres. Me le da a cada uno dos camisas, dos calzoncillos, dos chaquetones, un sombrero, un poncho y ocho pesos jabón a cada uno. A Catricurá cuatro pañuelos de seda. Don Francisco me mandará dos ponchos de dos paños para este su amigo Calfucurá…¨ (Carta de Calfucurá a Iturra del 06.05.1856).

¨… He tenido noticias de la derrota de la jente de Cañomil y según me han enterado asido Blanquillo y Manuel pues han ydo sin orden mía. Yo no los he mandado…¨ (Carta idem a idem del 06.05.1856).

¨… Tocante a mi gente todos están muy evidentes y de palabra de no hacer más daño a los cristianos y de llebarse con ellos como hermanos propios. Mis caciques y yo tratamos con buen corazón por nosotros están hechas las paces…¨ (Carta idem a idem del 06.05.1856).

¨… Conforme los cristianos han agarrado mis cautivos primero que yo he agarrado a ustedes, ustedes deben mandarme mis cautivos que están en las Mulitas para después yo mandarles a ustedes los que yo tengo de ustedes…¨ (Carta idem a idem del 06.11.1857) (23).

((La ilustración del encabezamiento corresponde a Sara Bernhardt, en el rol de Cleopatra, para una puesta en escena de la tragedia de Shakespeare))

(1) Escritor antillano, nacido en Santiago de Cuba el 31.12.1803 y muerto en Toluca, México, el 7 de mayo de 1839. Después de la muerte de su padre en octubre de 1820 (fue asesinado en México), en 1821 José María regresó a Cuba. Dos años después de doctorarse en derecho se estableció como abogado en Matanzas. Por este tiempo había cooperado en distintos periódicos, entre ellos El Revisor y dirigió el semanario La Biblioteca de las Damas. En 1823 cuando estaba a punto de publicar una edición de sus poesías, se vio envuelto en la Conspiración “Soles y Rayos de Bolívar” y tuvo que marchar precipitadamente hacia los Estados Unidos. Su vida en los Estados Unidos quedó ampliamente documentada en su correspondencia, entre otros, con Domingo del Monte, publicada por la Revista de Cuba. La primera edición de sus versos apareció en 1825, en Nueva York. En 1825 emprendió su segundo viaje a México y en la travesía escribió su Himno del desterrado. Su actividad en México fue rica y variada. Entre otras funciones jurídicas y administrativas en México, ejerció como catedrático de Literatura e Historia, legislador, juez de Cuernavaca, así como oidor y fiscal de la Audiencia de México. En 1832 publicó en Toluca una segunda edición de sus versos, considerablemente revisada y ampliada. Fue redactor de varias revistas, El Iris, La Miscelánea, y principal redactor de El Conservador. En 1836 después de hacer una retracción pública de sus ideales independentistas, obtuvo permiso para regresar a Cuba. Cuatro meses duró su estancia en la isla. Con gran dolor y mortal desánimo regresó a México, donde el presidente Guadalupe Victoria le ofreció asilo. Con treinta y cinco años murió de tuberculosis, que contrajo en los Estados Unidos. Heredia es considerado como uno de los mejores poetas cubanos, y a quien se le ha dado el título de Poeta Nacional así como el del “Cantor del Niágara” por su poema Oda al Niágara. Heredia es un insigne representante de la escuela pre-romántica. Algunas de sus obras son extraordinarias composiciones descriptivas donde plasma su percepción fina y rápida de la naturaleza. En ellas nos presenta como una de sus grandes características el sentido espiritual del paisaje físico. //fuente: es.wikipedia.org//

(2) Manta ceremonial de los mapuches, en este caso reservada a los caciques, o más bien a los tokis (jefes de la guerra). El negro indicaba autoridad. Los blancos, grises y habanos, cotidianeidad y comodidad.

(3) Significa en lengua mapuche ¨lugar donde se arrodilla¨. Se trató de una de las más comunes figuras con que se ilustraron las mantas mapuches.

(4) Valle de la actual Provincia del Neuquén. ¨Varvarco¨ significa en lengua mapuche ¨arroyo del agua que hierve¨; esto porque el valle es conocido como puerta del Volcán Domuyo, y allí se encuentran aguas calientes, geisers y hervideros.

(5) Caballo oscuro, en el cual priman los grises oscuros (plomo) por predominio del pelaje negro sobre el escaso blanco.

(6) Los caballos ¨hechos¨ eran mansos y diestros.

(7) De ¨Tierra baldía¨ de T S Elliot, traducción de Ángel Flores. En idéntico pasaje de ¨Antonio y Cleopatra¨, William Shakespeare, en traducción de Luis Astrana Marín, dijo: ¨La galera en que iba sentada, resplandeciente como un trono, parecía arder sobre el agua…¨. En ambos casos, se trata en realidad de las palabras de Enobarbo en ¨Vidas Paralelas¨ de Plutarco (¨Vida de Marco Antonio¨), traducción de Thomas North (1535-1604). Shakespeare en su ¨Antonio y Cleopatra¨, las tomó textualmente.

(8) ¨Coelemu¨ de un término en mapundungun que significa ¨agua de bosques¨ también y mejor, se podría decir que significa ¨bosque de lechuzas¨. Es parte de la Provincia de Ñuble y de la VIII Región del Biobío. El gobernador español Domingo Ortiz de Rosas fundó la villa en 1750, con el nombre de ¨Villa Jesús de Coelemu¨, pero fue trasladada a su actual emplazamiento por el gobernador Agustín de Jáuregui, rebautizándola como ¨Dulce Nombre de María de Jáuregui de Coelemu¨, el 7 de febrero de 1774. Pasó a ser entonces una posta del denominado ¨Camino de la Colonia¨ que unía Concepción con Talca, vía Cauquenes.

(9) Vicuña Mackenna, Benjamín, ¨La Guerra a Muerte¨, Buenos Aires-Santiago, 1972

(10) Benavente, Jacinto ¨La Malquerida¨ (¨El que quiera a la del Soto/ tiene pena de la vida/ por quererla quien la quiere/ le dicen la malquerida.¨), 1913. Jacinto Benavente y Martínez nació y murió en Galapagar, Madrid, 1866-1939. Fue dramaturgo y director, guionista y productor de cine español.

(11) Hace mención al epígrafe con el que se inició este artículo.

(12) En tal sentido, Hernández I, ¨Los indios de Argentina¨, Editorial Matfre, Buenos Aires, 1992, citándose opiniones de David Viñas, Olascoaga y otros.

(13) Este es un simple ejemplo, que recuerda nuestra burla discriminatoria a la ¨lógica del gallego¨(sic! Tradicional): ¨El avestruz es feo, por lo tanto el avestruz no existe¨.

(14) Hernández I, op cit.

(15) Comandante Prado, ¨La guerra al malón¨, Eudeba Editorial Universitaria Argentina, 1962.

(16) Lucio V Mansilla, ¨Una excursión a los indios ranqueles¨, Espasa Calpe Argentina, Colección Austral, Buenos Aires 1977.

(17) Nilda Sosa, ¨Esas damas dadas a escribir¨, Planeta, Buenos Aires, 1993. En ese capítulo (Patagonia, 1870) reproduce a Guillermo Terrera, en ¨Caciques y capitanejos en la historia argentina¨, cuando dice: ¨Agustina, princesa de las tribus tehuelches, que vivió en los límites de Río Negro y Neuquén. Famosa lenguaraza, colaboró con topógrafos, exploradores y hombres de ciencia. Murió en el más absoluto olvido y desamparo…¨.

(18) El aguardiente que se vendía para consumo de los indios era rebajado con agua al 50%, previendo los excesos que podían seguir a las prontas borracheras. Por Ordenanza del Concejo Deliberante de Bahía Blanca del 09.09.1996, se aceptó la donación de un ladrillo de la esquina de Zelarrayán y 19 de mayo, donde en el año 1859 estaba ubicado el almacen pulpería de don Francisco Iturra (y de doña Juana Seguel), que intentaron incendiar durante el malón del 19.05.1859.

(19) Esta amistad que en apariencia contradecía primeras órdenes de Francisco Iturra fue demostrativa de las habilidades del personaje.

(20) Diario del Cantón de Bahía Blanca.

(21) Claraz, George. ¨Diario de viaje de exploración…¨, Buenos Aires, 1993.

(22) Pérez, Pilar: ¨Historiadores e Historias de Juan Calfucurá¨. Revista Mundo Agrario, vol 8 Nº 15, segundo semestre de 2007. Centro de Estudios Histórico Rurales. Universidad Nacional de La Plata.

(23) Correspondencia Juan Calfucurá con la comandancia de la Fortaleza Protectora Argentina, Archivo Histórico Nacional.


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