Martín Fierro, Aguirre y Álvaro Barros

Los denunciantes


Nosotros no tenemos el derecho de expulsar
a los indios del territorio, y menos de exterminarlos.
La civilización sólo puede darnos derechos que se derivan de ella misma.
José Hernández, en El Río de la Plata

En 1872 se conoció El Gaucho Martín Fierro, pero también un libro hoy casi olvidado: Fronteras y territorios federales de las pampas del sur. Su autor era Álvaro Barros (1), un militar que revistó como jefe de fronteras y que conocía como tantos la injusticia porteña. Ambos autores mostraron la común vocación de denuncia: un canto como agua de manantial, apuntado a restablecer la dignidad creadora del hombre (2) en el primer caso; datos estadísticos concretos que desnudaron la perfidia de las autoridades en el segundo. Pero hubo más. Conforme lo consigna María Inés Cárdenas de Monner Sans, se conoció para aquella época la expresión de agravios del defensor de los acusados de matanzas xenófobas ocurridas en Tandil, Martín Aguirre (3). Los tres documentos denunciaron los atropellos de que era objeto el gauchaje, pero el de Álvaro Barros fue un poco más allá.

El fundador de Olavarría alertó sobre el exterminio de los pueblos originarios, y así como en su momento sostuviera Francisco Ramos Mejía (4), se mostró partidario de la integración del indígena. Claro que no deja de ser un militar, finalmente sumado al roquismo, y que tiene poco de escritor consumado y mucho de entusiasta arriesgado.

Hoy es interesante volver sobre sus pasos, rescatando algunas ideas sobre la justicia. Ofrecemos a continuación un fragmento del capítulo VIII del libro mencionado (5). Barros no establece referencias ni cita bibliografía; debe pensarse que los hechos que relata los ha obtenido de la simple tradición oral de los pueblos originarios. Obviamente, las citas son nuestras.

¨…Voy a referir algunos hechos ocurridos entre ellos ((los indios)) que revelan cuán dispuestos están a entrar en el verdadero camino de su regeneración, y cuán fácilmente lo conseguiremos el día en que adoptemos con ellos un sistema honrado y digno de la civilización que invocamos para profanar con hechos dignos de la más atrasada barbarie.

Había una tribu numerosa que vivía independiente y feliz a orillas de un río cuyas márgenes abundaban en frutas deliciosas que producían espesos y magníficos bosques.

Era rica y pacífica; sus hombres eran prudentes y sabios, sus mujeres dulces y hermosas, tenían niños juguetones y bulliciosos.

Era una de esas noches de verano en que una animación misteriosa se esparce en el desierto, donde el hombre está más en contacto con todo lo que hay de más grandioso en la creación.

Allí las estrellas de que parece más enriquecido el firmamento, parece también que brillaran a menor distancia, y cuando la mirada investigadora del hombre llega a ellas a través del espacio, parece que ellas le vieran y le saludaran agitándose en su asiento.

Los árboles y arbustos cuyas sombras infunden pavor al hombre de las ciudades, ninguna forma fantástica revisten para el hijo del desierto.

La voz cavernosa del huracán que intenta conmover las rocas, que troncha el sauce y sacude el alerce, cuando éste pretende azotarlo con su ramaje; todo esto es tan conocido, tan inteligible, tan habitual para el hijo del desierto, como para el de las ciudades, el áspero sonido artificial que produce el movimiento activo en las plazas y en las calles.

La voz de la tempestad como la de los céfiros que acarician el ramaje, y perfuman la aurora, son allí ecos amistosos que no alarman al hombre.

Era una de esas noches en que las emanaciones purísimas, embargan voluptuosamente los sentidos y atraen el espíritu de la sublime poesía.

El pensamiento se eleva a la divinidad entonces y pasa como una ráfaga embalsamada que se aspira con delicia, sin poder retenerla ni transmitir, o se inspira de la grandeza impalpable, y como una lluvia universal de perlas, esparcida por Byron, Lamartine o Echeverría, el autor inmortal de La Cautiva, se trasmite a la humanidad.

En una noche de estas, yacía la tribu dichosa del cacique Milla Curá (6), entregada al descanso, después de un día de festín. De repente se oyó el grito seco y fatídico de una lechuza (7), que apareció luego vibrando sus alas, fija en el aire como una araña negra pendiente de su hilo, a algunas varas arriba del toldo del cacique.

Varios de los indios arrojando el lecho de pieles trataron de espantar el ave de mal agüero: piedras, huesos, bolas, arrojadas sobre él, pasaban sin tocarle ni hacerle cambiar de posición.

Después de permanecer allí varios minutos, se abatió sobre el toldo, como sobre una presa, fijándose sobre su punta más saliente, como una perilla colocada allí por la mano del Diablo.

Los indios tomaron entonces sus lanzas de tacuara y sendos palos descargados sobre el todo, hicieron volar el polvo pegado en las pieles sin tocar a la lechuza que gritaba enfurecida, y miraba a todos lados con desvergüenza.

Por fin abandonó el puesto y lanzándose sobre la multitud de agresores, pasó por entre ellos aturdiéndolos con sus gritos y casi rozando la faz de algunos con sus alas y fue a colocarse sobre otro toldo vecino. De allí pasó a otro y otro, siempre perseguida y nunca tocada, hasta que apareció la aurora, y entonces como obedeciendo a una orden de retirada, remontó el vuelo, se detuvo un momento cerniéndose sobre la multitud de indios que la habían perseguido inútilmente, y se alejó ya silenciosa, perdiéndose luego en el bosque.

Aquel mismo día se declaró la peste de viruelas en la tribu de Millá-Curá, y se desarrolló luego con furia tal, que en poco tiempo la muerte acabó con ella quedando vivos sólo dos hombres jóvenes.

Después de mucho llorar solos la pérdida de sus parientes y amigos, vagaron algún tiempo confundidos hasta que por fin tomaron la resolución de ir en busca de los seres queridos a la tierra de los muertos.

Tomada esta resolución, se pusieron en camino en dirección al occidente.

A medida que avanzaban, obstáculos formidables se oponían al paso, montañas inaccesibles, ríos torrentosos, bosques impenetrables y abismos profundos, todo esto encontraban y no retrocedían.

Al fin de muchos meses de penoso camino, después de bajar una áspera montaña, entraron en un país completamente llano, donde la vida de la naturaleza parecía suspendida.

No había allí animales ni aún insectos, ni vegetación de ninguna clase; era una verdadera sábana de arena.

El dilatado horizonte que habían observado de las alturas, ninguna alteración presentaba, ningún indicio, ninguna esperanza de encontrar otra cosa que arena seca.

Sus fuerzas físicas habían decaído tanto, como su resolución se había vigorizado.

La tierra de los muertos estaba más allá de la sábana de arena.

Nadie lo dijo pero ellos lo sabían.

Si el hambre y la sed los postraba, y no podían llegar allá por sus pies, la muerte los habría de llevar.

El sol tocaba a su ocaso cuando los inspirados viajeros se internaron en el desierto arenal.

Caminaron sin descanso toda aquella noche; con el día siguiente vino el viento norte y envolvió a los caminantes en un torbellino de arena que les impedía respirar.

Seguir caminando era imposible, como lo era encontrar un abrigo.

Tendiéronse entonces sobre la arena quemante, cubriéndose con sus quillangos, y más que sueño un letargo se apoderó luego de sus cuerpos.

Entrada ya la noche, el aire frío y húmedo les volvió a la vida.

Una sed abrasadora les devoraba las entrañas.

El rocío abundante había mojado los cueros con que estaban cubiertos, y lamiendo y chupando en ellos, lograron humedecer la lengua y la garganta.

Un tanto reanimadas así sus fuerzas, se incorporaron y emprendieron la marcha.

La noche era tibia y serena; el rocío abundante y chupando con frecuencia los cueros que llevaban sobre la espalda apagaban así la sed creciente.

Amaneció el segundo día y fue necesario detenerse y pasarlo como el anterior, pero la noche se presentó menos propicia: ni una gota de rocío quedaba en los quillangos: espesas nubes cubrían el firmamento, y el viento norte levantaba densas nubes de arena.

Nuestros indios no pudieron ya incorporarse, y esperaron que la muerte viniera aquella misma noche a conducirlos donde estaban los suyos.

En la desesperación producida por la fiebre, arrojaron lejos los cueros que les defendían del polvo que los ahogaba, y tendidos de espaldas, las entrañas resecas y contraídas, no pedían agua sino una bocanada de aire fresco siquiera para mitigar el ardor, pero las narices dilatadas y las bocas abiertas recibían sólo puñados de arena tibia, que arrojaban en cada convulsión.

En esta situación algunas gruesas gotas de agua cayeron de las nubes sobre la faz de aquellos desventurados, y abriendo las bocas cuanto fue posible, recibieron lo bastante para humedecer la garganta.

Esto bastó para que aquellas dos naturalezas de bronce fueran reanimadas: los dos hombres se incorporaron.

Otro chubasco les hizo pensar luego en los cueros que tendieron para recoger agua y así lograron beber algunos tragos, y cobrar fuerzas para marchar.

Al amanecer el tercer día, el arenal había terminado y se encontraron a orillas del mar.

El mar era para ellos el confín de la tierra.

Al otro lado del mar divisaron una isla.

Después de aquella isla, nada.

Luego, la isla era la tierra de los muertos.

Se arrojaron al mar como hicieron en el desierto de arena.

Llegar a la isla era su objeto, para esto era necesario arrojarse al mar.

Si sucumbían o no era un resultado infalible.

Esforzarse era lo que ellos tenían que hacer.

Después de trabajos y peligros imponderables, llegaron por fin a la isla antes de la entrada del sol.

Nada más árido y desierto que aquella isla.

Era una capa de arena extendida sobre las olas amargas.

Los dos indios se sentaron a esperar la noche.

Estaban en la tierra de los muertos, habían hecho todo: no había otra cosa que hacer sino esperar, y habrían esperado hasta el día del juicio.

Las sombras de la noche, precursoras siempre del descanso y el silencio en el mundo de los vivos, llegaban precediendo la animación y el movimiento en la tierra de los muertos.

El último rayo del sol poniente brilló como sobre un espejo, sobre la superficie del mar.

Cuando la última luz del crepúsculo desaparecía, una ráfaga suavísima y tibia acarició la faz de los inmóviles salvajes, como el aliento perfumado de una divinidad que viene en las tinieblas a depositar un beso fugitivo en la frente impura de un mortal sin amante.

Un murmullo más dulce que el de las olas pequeñas que levanta la brisa, dejose oír en seguida, y a medida que el mar y la tierra se confundían en la oscuridad, al murmullo se mezclaban armonías distintas y luces indefinibles proyectaron en seguida, sombras transparentes y extrañas, y de instante en instante las armonías y las sombras ofrecieron en su conjunto, algo de un festín humano más grandioso que cuanto puede forjar la fantasía, iluminado por un destello de la divinidad, que sin duda presidía allí invisible, y cuyo esplendor y encanto no puede concebir el mortal.

Las armonías crecieron hasta completar una música irresistible.

Las sombras transparentes adquirieron formas varias.

Espléndidas viñas aparecieron cargadas de racimos.

Árboles de todas clases y tamaños, doblándose al peso de exquisitos frutos.

Fuentes cristalinas vertiendo deliciosos licores en copas de oro.

Fuentes de plata llenas de apetitosos manjares.

Hombres y mujeres jóvenes envueltos en telas transparentes danzaban alrededor de hogueras perfumadas.

Multitud de niños danzaban en el aire como si tuviesen alas, cruzaban por entre las llamas de las hogueras sin quemarse, subían hasta la cima de los árboles y se precipitaban en transparentes lagos de donde sacaban perlas y corales que arrojaban risueños entre las mujeres hermosas que danzaban.

Los ancianos comiendo en platos de nácar, bebían en copas de oro y contemplaban complacidos la danza juvenil y los amores que los juegos de la infancia no interrumpían.

Los dos visitantes permanecieron inmóviles y absortos a la orilla del mar contemplando aquel cuadro maravilloso.

Todo lo veían y oían: las palabras llegaban hasta ellos dulcemente pronunciadas en un idioma que no era el suyo, que jamás habían escuchado pero que entendían como el propio.

Por fin se distinguían las personas y entre aquella multitud incalculable reconocían a los seres queridos que perdieron.

Entonces sin consultarse, sin hablar una palabra se incorporaron y antes de dar un paso, cesaron el movimiento y el bullicio y todas las miradas se fijaron en ellos.

En ese instante, un hombre cuyo cuerpo parecía de plata y con cabellera de oro, les atajó el paso y les dijo:

- Nadie tuvo el valor y perseverancia que es necesario para que
pueda un mortal llegar a la tierra de los muertos, nadie más los tendrá después de vosotros.

En premio de vuestra labor y constancia, permitiré que paséis aquí tres noches con vuestros parientes. Al amanecer del tercer día, cuando todo quede silencioso y desierto, el sueño se apoderará de vosotros, y cuando asome el sol en el oriente despertaréis allá en el aduar solitario de vuestra tribu.

Enterrad los cadáveres; matad sobre sus tumbas sus mejores caballos, y colocad allí mismo sus mejores prendas. Todo lo demás que pertenezca a los muertos reducidlo a cenizas, y cuando hayáis hecho todo esto, caminad al naciente hasta que encontréis una tribu que estará atacada por la viruela.

Llamad a los caciques, referidles vuestras desgracias, lo que habéis hecho y lo que habéis visto; decidles que hagan con los muertos lo que habéis hecho vosotros, que abandonen en seguida el sitio en que habitan y se establezcan en otros en donde haya buena agua y buenos pastos, y allí se verán libres de la peste y de la muerte.

Desapareció con la última palabra.

La fiesta recobró el esplendor y el ruido.

Los recién llegados se vieron entonces rodeados y abrazados por sus parientes y amigos.

Se mezclaron con ellos en la fiesta, comieron y bebieron deliciosamente; buscaron a sus amantes, las hallaron y las abrazaron en el fondo de frescas y perfumadas grutas y cuando al primer beso de la aurora se ruborizaron las flores silvestres, se acalló el ruido de la fiesta y acabaron de alejarse las sombras de los muertos, el sol brilló en la isla desierta donde los dos vivos dormían profundamente bajo las pieles que les defendían.

A la entrada de la noche, las mismas ráfagas embalsamadoras, las armonías y las luces de la noche anterior, vinieron a despertarlos, pero esta vez el hombre de plata no se apareció.

A las caricias de la madre y la hermana, siguieron las pláticas sabrosas del amigo, y después de admirar la presencia de los héroes antiguos, cuyos nombres se mezclaban en las leyendas, se entregaron a los placeres de la danza, aplacaron la sed con los licores, y se entregaron al sueño con el último beso del amor.

Al tercer día el despertar fue lúgubre y penoso, una atmósfera espesa, tajante, los sofocaba; se incorporaron con dificultad y se encontraron rodeados de cadáveres fétidos y descompuestos, y ellos mismos cubiertos de llagas y costras sangrientas.

Estaban en el toldo de Milla-Curá.

Se arrastraron fuera del toldo y cada uno tomó una lanza que le sirvió de báculo para ponerse de pie y alejarse.

Entonces vieron que en lo alto del toldo estaba parada una lechuza y les miraba fijamente con sus ojos redondos y claros.

Los dos a la vez dejaron caer sus lanzas sobre el fatídico animal que cayó muerto a sus pies.

Con dificultad llegaron hasta el borde del arroyo, bebieron agua clara, comieron manzanas y recuperaron las fuerzas.

Al día siguiente enterraron los muertos y quemaron los despojos, y por fin siguiendo lo prescripto por el hombre de plata de la tierra de los muertos, hallaron la tribu apestada, la condujeron a otro sitio, se casaron con las hijas del cacique, y fueron todavía felices y poderosos entre los vivos.

En 1858, cuando se preparaban los sucesos de la guerra civil que terminó después de la batalla de Cepeda, envió Calfucurá uno de sus hijos a la provincia de Entre Ríos para cumplimentar al general Urquiza y ofrecerle su cooperación.

El enviado fue recibido con benevolencia y colmado de regalos.

Pasado algún tiempo regresó a Salinas la comitiva de indios, sin el hijo de Calfucurá.

El jefe de ella refirió al cacique que una fuerza de Buenos Aires los había perseguido en la pampa y que habiéndose dispersado ellos para salvarse, su hijo no se les había incorporado en el punto de reunión. Que entonces habían regresado a buscarle y no hallando su cadáver suponían que los enemigos le habían tomado prisionero y conducido a Buenos Aires.

Calfucurá dirigió algunas preguntas más al indio que encabezaba la comitiva o escolta de su hijo y por fin lo despidió entregándose al más profundo dolor.

Al día siguiente llamó a su hijo Namuncurá, le dio secretas instrucciones.

Esa noche salió Namuncurá con algunos indios de confianza, en busca de su hermano.

Sabía poco más o menos por qué altura debieron venir los que regresaban de Entre Ríos, siguió los rastros, y después de hacer las pesquisas convenientes regresó a Salinas, se presentó a su padre y le entregó un objeto.

Había encontrado el cadáver del hermano, y le había enterrado sacándole la lengua, que fue el objeto que entregó a su padre.

Calfucurá llamó entonces a un indio anciano de toda su confianza, le entregó la lengua del muerto y le envió a consultar a una célebre adivina de las tribus chilenas.

Este comisionado regresó a los seis meses.

Calfucurá lo recibió en presencia de algunos de los miembros de la familia y otros jefes de importancia, y después de los interminables discursos de estilo oficial dirigiéndose a Calfucurá, dijo: Dice la adivina que ha hecho hablar esta lengua (poniendo delante el objeto que había recibido de Calfucurá) y ella le ha dicho que el hijo del cacique Calfucurá traía muchos regalos del Presidente Urquiza y que los indios que le acompañaban lo asesinaron en el camino, y se repartieron todas las prendas. Esto es lo que manda contestar la adivina.

Calfucurá mandó venir entonces al jefe de la escolta, y a todos los caciques de las inmediaciones, y cuando aquél se presentó, le dijo: Tú has asesinado a mi hijo para robarle y tiene corazón de traidor.

El indio miró tranquilamente en derredor y repuso: Le habrán muerto los blancos; yo no tengo mal corazón.

Entonces Calfucurá tomó la lengua ya seca del muerto, y dijo: Esta es la lengua de mi hijo, que hable él que ha ido a consultar a la adivina de Chile.

El enviado repitió en tono solemne lo que había dicho antes a Calfucurá.

Éste se acercó entonces al acusado y con voz amenazadora le dijo: ¿Negarás ahora; dirás que miente o se engaña la adivina? Habla.

El indio no contestó. Tenía clavados los ojos en el suelo.

¡Habla! repitió Calfucurá sacando un puñal de su cintura.

El acusado no pestañeó; entonces, el puñal de Calfucurá se hundió en su pecho y empujado con fuerza fue a caer fuera de la tolda (8) entre una multitud de indios que desde afuera asistía a aquel juicio terrible, y que le ultimaron a golpes de bola y puñal.

Namuncurá montó a caballo entonces, con doscientos indios armados de sus lanzas. Se dirigió a los toldos de los traidores, y en cumplimiento de las órdenes de su padre, pasó a lanza a toda aquella familia, salvando tan sólo a los niños que por su corta edad eran inocentes del delito de sus mayores y no participaron de los beneficios del robo.

La peregrinación de los dos indios a la tierra de los muertos, revela el temple y cualidades; el valor y la abnegación de aquellos que llamamos bárbaros, tal vez porque no se han rendido a la violencia que en nombre de la civilización ha tratado de imponérseles con las armas, despojándolos de cuanto poseían y reduciéndolos a la más bárbara esclavitud, cuando por utilizar sus servicios no se les ha llevado el exterminio.

En el delirio ocasionado por la fiebre, aquellos dos hombres, rodeados de cadáveres y luchando ellos mismos con la muerte, su último esfuerzo, su último aliento, era todo para los seres amados que habían perdido.

El espíritu de la propia conservación no los detenía en su resolución; y al recobrar el conocimiento y la razón, bajo la inspiración de un verdadera fe religiosa, su primer paso es el de la verdadera piedad que da sepultura a los muertos; el segundo aliviar al que sufre, y el resultado de su conducta es el consuelo, la felicidad reservada al justo, en recompensa de la virtud.

Hay en todo ello un fondo de moral, que ni los conquistadores ni nosotros les hemos enseñado, y que revela cuán susceptibles serían de aceptar los beneficios de la civilización, si efectivamente hubiera el sano propósito de atraerlos a ella.

El acto de justicia ejecutado por Calfucurá, es bárbaro en su forma y en sus alcances sobre los que no tuvieron parte en la perpetración del crimen, pero si al lado de ese acto de justicia bárbara, se pusiera en evidencia nuestra administración de justicia, en la campaña o en las capitales, tal vez resultara un saldo enorme contra la civilización…¨.

(1) Alvaro Barros nació en Buenos Aires el 18 de marzo de 1827 y murió en la misma ciudad el 13 de enero de 1892. Fue militar, político y escritor. Además del mencionado publicó también La guerra contra los indios (1877). Desde el 12 de setiembre de 1874 y hasta el 1 de mayo de 1875 fue gobernador de la Provincia de Buenos Aires, a cargo del Poder Ejecutivo. Con el grado de coronel, fue designado primer gobernador de la Gobernación de la Patagonia el 21 de octubre de 1878, cargo que asumió el 26 de enero de 1879 –antes de la ofensiva principal de la llamada ¨conquista del desierto¨- y que ejerció hasta julio de 1882. La ciudad capital de la Gobernación fue Mercedes de Patagones, nombre que Barros cambió por Viedma, su denominación actual. Se lo considera el fundador de la ciudad de Olavarría.
(2) Conforme Kusch, Rodolfo: El significado del canto en el Martín Fierro. Clarín, Cultura y Nación, 9 de noviembre de 1972.
(3) Cárdenas de Monner Sans, María Inés: Martín Fierro y la conciencia nacional. Editorial La Pléyade, Buenos Aires, 1977. Sobre estos acontecimientos, puede consultarse también Del Valle, Antonio G: Recorriendo el pasado. Campaña por la civilización. Buenos Aires, 1926.
(4) Ramos Mejía, Francisco: Ver Biografías 3 en http://diasporasur.wordpress.com
(5) La última edición fue la de Hachette –El Pasado Argentino-, Buenos Aires, 1975, con un excelente estudio previo de Álvaro Yunque.
(6) Del mapudungun (idioma mapuche): piedra de oro. Se lo considera uno de los nombres fundadores de dinastías, originario de la isla de Chiloé.
(7) Huecuvú merke: emisario del diablo.
(8) Tolda: se refiere al conjunto de las tolderías.


Una respuesta to “Martín Fierro, Aguirre y Álvaro Barros”

  1. “¡Qué buen vasallo si hubiese buen señor!”
    Algún día estas tierras volveran a ser de los justos….

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d personas les gusta esto: