Mercedes Linares: ¡Mucho más que el nombre de una calle!

——————————————————————————————————————————————————————-

¨…para ver hay que entornar los párpados,

y para oír, taparse los oídos…¨

Héctor Pedro Soulé Tonelli

de Convergencia, 1987

Hace unos momentos, después de conversar a través de la red con un par de paisanos del terruño, me quedé sorprendido gratamente con este poema de Héctor Pedro Soulé Tonelli (1). Es uno de los pocos publicados, y si bien lo había leído antes, hoy me resultó revelador y ciertamente unánime.

Que Punta Alta nació y se desarrolló partida en dos mitades no es novedad. Y sobre que hace treinta años ardió el viento y la arena le mordisqueó la cara a varios, una de esas mitades –al menos- sospecha. Vean y oigan, sugiere Soulé Tonelli, apresurándose a aclarar que ¨para ver hay que entornar los párpados, y para oír, taparse los oídos¨(2) Este es un poema evocador de Punta Alta –aclaro- donde continúan siendo actuales los enfrentamientos que signan odios y revanchas.

¿Y qué ha querido decir el poeta al decidir que se ve con los párpados entornados y que se oye tapándose los oídos? Que el hombre, animal de la palabra, es capaz de escuchar lo que lleva escrito en el alma y hasta aquello que los ancestros le dictan en la sangre. Que el hombre puede ver hacia los interiores, que no lo deslumbran los refucilos del familiar(3), que continúa acostumbrada su vista a las penumbras del parto. Es cierto. Hago la prueba y noto que también yo puedo oír, que vuelven del fondo de mi sangre, ¨los pulsos del abuelo criollo o gringo¨, que puedo ver subir, por detrás del mar, ¨la legión de buscadores de oro vivo¨, que oigo llegar el paso, ¨desde abajo/ del horizonte, rumbo al espejismo¨. Y en rápidas instantáneas veo Cantarelli (4) con su tehuelche solitario, el Bar Central que se llamaba Puerto Rico, a Francisco Ancalao muerto y sepultado entre sus amigos cristianos, y hasta a los Linares en fila india -abandonando sus terrenos cercanos a la séptima batería, frente a Punta Ancla-, emigrantes con destino incierto (5).

Sobre los Linares, expulsados de sus tierras como Ancalaos y Antenaos al iniciarse las obras de la base naval militar, se tejieron varias historias, todas debatidas claro en la bruma de la ignorancia, del mestizaje con el blanco, de la vergüenza y de la discriminación. Algunos los habían referido itinerantes hacia el noreste, detenidos años después en la zona de Las Oscuras. Otros compararon lo sucedido con las demás familias y los juzgaron radicados al sur del Río Negro. Pero los últimos, guiados por la evidencia más clara, dijeron que al menos parte de la familia ocupó un terreno edificando luego una casa no exenta de estilo acristianado en Mitre 162. Fue en esta casa donde vivió hasta su muerte, en 1936, Mariano Linares, de quien se dijo que era hijo del Cacique Fernando Linares, fundador de la zaga (6). En lo que todos son contestes es en que don Mariano era empleado municipal y fue padre de Mercedes Linares, la más recordada de los de su estirpe. ¡Como que hay una calle en Punta Alta que lleva su nombre!

Mercedes Linares era ¨la maestra¨ del pueblo. Se había recibido en la escuela de enseñanza media 2 de la calle Vieytes, en Bahía Blanca, y fue maestra titular de escuela en la Sarmiento de Punta Alta, ubicada en calle 25 de mayo. Pero su gran obra, aquello por lo que se la recuerda, fue ¨el jardín¨ (7).

Mercedes, pionera de lo que después se llamó ¨la maestra particular¨. Había formado un verdadero grado de escuela, nutrido con chicos de edades y sexos diferentes, unidos por las dificultades del aprendizaje, pero también por el respeto y cariño hacia esa señora morocha, grandota, enérgica pero tierna. Primarios, y andando el tiempo, secundarios… ¨El jardín¨ funcionó en Mitre 162, claro, y de él se conserva una fotografía que quienes saben, calculan que fue tomada entre 1940 y 1945 en el patio de la casa. En ella se ve al fondo a la señorita Mercedes, precedida y rodeada nada menos que ¡por veinticinco chicos! (8).

La primera idea que dimana de la fotografía es la de comunidad. Es posible notar rasgos de distintas etnias, expresiones de satisfacción por la experiencia compartida, contención y fortaleza que no es sino fuerza vital organizada. En suma, se los ve felices como si acabaran de tomar la leche todos juntos.

Diferencias en la vestimenta, respeto por las distancias sociales y de género, verdadera unión en el amor y en la tarea que el mundo espera de los alumnos conducidos por la docente ejemplar. ¡Qué maravilla! Son trece varones y doce nenas. De las nenas hay dos con vinchas, que entonces se usaban poco, pero sólo una ha recogido su flequillo, que en esos años parecía ser un imperativo femenino. Cabellos lacios casi todas. Muchas con sus guardapolvos, algunos más iluminados por el blanco que otros. Se adivinan los lazos y enormes moños detrás de las suaves cinturas infantiles. He pasado largo tiempo distinguiendo las caritas criollas, de las tanitas y las galleguitas; también, por qué no, de alguna rusita…

Entre los varones hay algunos de color subido, lo cual resulta alentador porque habla del crisol étnico que continuaba trabajando en Punta Alta, con descendientes de quechuas, calchaquíes, guaraníes, tehuelches y mapuches en plena tarea de esculpir la nacionalidad. ¡Vaya proeza la que presenciamos casi sin darnos cuenta! Y pese a que la fotografía es del primitivo blanco y negro, me ha parecido que alguno de los morochitos lleva el tinte aceitunado que puede delatar tanto a un turquito como al hijo de un siciliano.

Ellos también llevan en su mayoría guardapolvos, pero hay dos o tres que han ido con playeras ese día, por lo que pienso que los chicos estaban próximos al término del año lectivo. Algunos, por antojo de mamá o quizás de papá, llevan corbatas de elástico y dos portan moñitos. Eran prendas clásicas entonces y no avergonzaban a nadie; antes bien, envalentonaban a los distinguidos que las llevasen. Finalmente, hay un rubio pegado a la señorita Mercedes, que de puro mimoso ha ido vestido de marinerito. Esa sí era una indumentaria condenada a la desaparición por esos años. Pocos estaban dispuestos a retroceder en la infancia volviendo a vestir de tal forma.

Y ahora sí: detrás de la improvisada tribuna, y seguramente sobre el segundo de los tan populares bancos largos de madera, se levanta la imagen de Mercedes Linares. La señorita particular, mofletuda y sonriente, satisfecha y orgullosa, exhibe su oscura melenita todavía desprovista de canas. Alrededor de la imagen, el marco del grueso sarmiento de vid ascendente y el techo de parral nutrido de hojas y con racimos seguramente aún diminutos y raleados. Llama la atención un curioso perchero a la derecha de la imagen, en el que los niños han ido colgando sus carteras de cuero a medida de sus arribos y del ingreso al aula cubierta, útiles en mano.

A ambos costados, las paredes de ladrillos vistos –un clásico argentino-, con el encanto de la obra por terminar y quizás por ampliar. Las columnas a la vista, ricas en brotes de argamasa, el piso de cemento alisado, y quizás marcado por el cilindro que le dibujaba puntos y rayas. La puerta de ingreso al estar que cumplía las funciones de aula tenía que ser como lo muestra la fotografía: planchuela de hierro y perfiles que engarzan vidrios ingleses de colores.

Como el poeta puntaltense, ahora injustamente olvidado. Como esos versos que podemos leer contemplándonos en nuestros interiores. Como los cantos que podemos escuchar, sin oír siquiera, porque son los sonidos de nuestra cuna. Como la señorita Mercedes. Y una maestra, una buena maestra digo, es unidad, civilización, rescate de los valores nacionales, paso seguro y mirada bien alta. ¡Y vaya casualidad, o fuerza de la decencia, u honestidad de raza, que hemos hablado de una maestra aborigen, orientadora en un crisol de etnias!

Ahora se me ocurre comparar a Mercedes con Gabriela Mistral, aunque esta segunda supiera llevar sangre mapuche. Cuando llegué a Chile en 1998, noté que el país aún con Pinochet detenido en Londres continuaba partido en dos. Amantes y detractores del senador vitalicio, jubilado de genocida aunque activo en sus convicciones. Igual que en Punta Alta, dos partes, dos facciones, dos ideas sobre los que son diferentes. Aquí como allí, las maestras apuestan a la integración, a la comprensión, luchan por la conciencia independiente.

Pasé por Vicuña, donde es posible entrar a la iglesia de pino oregón con imágenes vestidas, que seguramente impresionaron vivamente a Gabriela; estuve en su escuela; finalmente, siguiendo por el valle del Elqui, entré en su casa. Y en una de las habitaciones, como si estuviera en Mitre 162 de Punta Alta, los bancos ubicados en línea, lustrosos, cada uno con su tintero, el pizarrón al frente, la luz generosa apuntándole al saber desde el cielorraso. Gabriela y Mercedes. Mercedes, como Gabriela, liberándonos.

El poeta continúa diciéndonos, después de pedirnos que desconfiemos del material más ordinario, que veamos en la penumbra, que escuchemos a nuestra sangre, que leamos lo que llevamos escrito en el alma:

Mirad, pues, cómo brota entre los médanos

y despliega su paz el caserío.

Escuchad el silencio derrumbarse

a golpes de piqueta y sacrificio.

—————————————————

Mirad al nervio edificar historia

y la ciudad del hombre sobre el siglo

empujar sur arriba, atravesando

la eternidad, potente crucifijo (9)

Este trabajo se publica ahora con texto original modificado. Pido disculpas a todos aquellos que se sintiesen molestos por haber interpretado (en el texto original) que se vinculaba a la Señora Mercedes Linares con personajes políticos o históricos que poco tienen que ver con la tarea docente. Nada más lejos de mi intención. Ello, sin embargo, se ha llevado a cabo la modificación del texto porque interpreto que en su actual composición traslada cabalmente la idea originalmente propuesta.

Carlos Enrique Cartolano

cecartolano@hotmail.com

carloscartolano@gmail.com

(1) Véase la semblanza del poeta puntaltense Héctor Pedro Soulé Tonelli, en www.diasporasur.wordpress.com

(2) El poema que venimos citando en el epígrafe es ¨Ved y oíd¨, un canto a Punta Alta, a sus fundadores y a los que la engrandecieron, que data de comienzos de los años setenta. Sin embargo recién fue publicado en ¨Convergencia¨, en colaboración con Sergio Soler, Ediciones Bco Vallemar, Punta Alta, 1987.

(3) El ¨familiar¨ es una de las imágenes del demonio en ciertas provincias del interior, y está representado por un animal –generalmente por un can-.

(4) Hoy Puerto Rosales

(5) Efectivamente en 1898, al comenzar las obras del Puerto Naval Militar, las reservas aborígenes de los Antenao y los Linares fueron desalojadas, sin ofrecer indemnización ninguna a quienes poco antes habían sido considerados ¨indios amigos¨.

(6) Véase al respecto, el artículo publicado por la Revista Punta Alta, el 18/04/1936, del cual gentilmente me cediera una copia el Archivo Histórico Municipal de Coronel Rosales.

¨Murió un viejo poblador. El martes último se apagó la existencia del más natural hijo de esta tierra y de nuestra dilatada pampa, Don Mariano Linares, descendiente de aquella raza indómita, que debió ceder sus dominios ante la invasión del hombre blanco, portador de una nueva civilización… Don Mariano, era descendiente de aquellos, hijo del cacique Linares, que prefirió acompar en las inmediaciones de este paraje, antes de retirarse más al sur como lo habían hecho sus hermanos de raza. El extinto puede decirse que era indiscutido hijo de Punta Alta y su más antiguo habitante. Nació hace unos ochenta años y su retina, desde su niñez hasta su edad madura, sólo pudo contemplar el panorama agreste y salvaje que formaba marco por doquier, hasta que el emplazamiento de Puerto Belgrano transformó el lugar en un emporio de trabajo, de máquinas y de dinamismo, asistiendo como testigo en la rápida y vertiginosa evolución impuesta por nuevos factores de adelanto. Don Mariano desde hacía un mes escaso se había ganado una merecedora (sic. ¿Quiso decir: merecida?: nda) jubilación como antiguo y fiel servidor de la Comuna, la que apenas pudo disfrutar por triste designio del destino. Se fue Don Mariano Linares y con él se ha ido un girón (sic) de nuestro criollismo más puro y noble.”

(7) Testimonio inédito de Dora Linares, nieta de Mariano Linares, a Guillermo Bertinat. Archivo Histórico Municipal, Coronel Rosales, Buenos Aires, 2008.

-8- A partir de esta foto, gentilmente enviada por el Archivo Histórico Municipal de Coronel Rosales, he venido construyendo la ficción sobre bases históricas en que consistió este artículo.

(9) Héctor Pedro Soulé Tonelli, poema y obra citados ut supra.


7 comentarios to “Mercedes Linares: ¡Mucho más que el nombre de una calle!”

  1. Nadie se reconoce en la foto?? Yo me acuerdo de la mestra Linares pero no recuerdo haber ido a la casa

  2. Susana: Aunque no hayas ido a la casa de la maestra Linares, sin duda la conocerás, porque está justo frente a la casa-castillito de los Barbieri (donde hoy funciona el Archivo Histórico Municipal de Rosales). Hasta ahora nadie ha hecho un ejercicio de memoria… Los chicos del Archivo Histórico dicen que la foto es de la década del ´40 pero no tienen precisiones. ¿Vos reconocés a alguien? Carlos Cartolano.

  3. mi bisabuelo inocencio linares creo que hermano de mariano linares.osomos todos nacidos en punta alta y vivimos en la calle avellaneda 257 a media cuadra de la estacion solier. me gustaria saber la historia de mis antepasados los caciques linares. mercedes enseño las primeras letras a mi y a mi madre y fue madrina de mi mama en el año 1944. si me pueden dar informacion se lo agradeceria.

    • Estimada Señora Elina: Todo lo que se de su tío bisabuelo -Mariano Linares-, cacique de una de las tribus ¨amigas¨ asentadas en ¨suertes de estancias¨ del actual Coronel Rosales, lo he dicho a lo largo de algunos de los trabajos ya publicados. Lea usted INDIOS AMIGOS, donde reseño historias conocidas de las tres tribus. Es para mí un enorme honor que usted se haya puesto en comunicación por este medio. Y pidiéndole yo ahora… ¿Sabe usted de qué año es la foto que publico con el trabajo sobre Mercedes Linares? ¿Reconoce usted a alguno de los chicos? ¡Muchas gracias, y hasta muy pronto!

  4. En los años 50 mi abuelo Don Sixto Robañera nos mandaba a mi hermano Fino y a mi Carlos Robañera a la maestra particular, la señorita Linares era nuestra maestra en su casa de la calle Mitre entre las calles Roca y Humberto, casi frente de otro gran amigo de la infancia Chiche Rodriguez, viviamos en la calle Passo al 700 a la vuelta de tu casa, un abrazo.-

  5. Mi abuelo, Inocencio Linares, tuvo tres hijos: Micaela, Francisco y creo que Fernando. Su segunda esposa fue Elina de Pujol. Me contaron que fue alcalde de Punta Alta. Vivía en la esquina de Colón y Pellegrini y falleció entre 1918 y 1919. En el cementerio de Punta Alta todavía se encuentra su tumba.

    Mariano Linares tuvo 5 hijos de los cuales dos murieron y los otros fueron Mercedes, Chiquita y Tito; este último trabajó hasta jubilarse en la Base.

    Muchas gracias por lo que pudo informarme. Estoy RE EMOCIONADA y ORGULLOSA de saber de los Linares. Tengo idea de viajar a Punta Alta, ya que en la casa donde nacimos todavia viven familiares. ¿Dónde podría averiguar más datos de ellos? ¿EN EL REGISTRO CIVIL, EN LA IGLESIA O EN LA MUNICIPALIDAD?

    Nuevamente muchas gracias y espero le sirva lo que pude recordar; en cuanto a la foto, quiero decirle que no he reconocido a nadie

    Elina E Torres Linares

Escribe un comentario