Mónica Morán: No es vano luchar por Verdad y Justicia

Por Antonio Ángel Coria

En sede judicial federal de Bahía Blanca, hacen exactamente treinta y dos años, un caso espera su cierre con el encarcelamiento de una banda de ladrones, mitómanos y asesinos, responsable del secuestro, torturas y posterior fusilamiento de la ex trabajadora no docente en la Secretaría de Bienestar Universitario de la Universidad Nacional del Comahue, Mónica Morán.

Maestra, artista plástica, titiritera, actriz, construía muñecos y escribía los textos de sus obras. Mónica, que había ingresado a nuestra máxima casa de estudios en la primavera democrática que arrancó en 1973, llegó al Comahue a aportar de su prestigiado saber, acompañada de todo lo bello y bondadoso que era su personalidad, como se recuerda entre amigos que hizo en poco tiempo y continúan aquí. Ciertamente, no fueron muchos los meses que Mónica permaneció entre nosotros. La llegada de un siniestro personaje investido “interventor” de la U.N.C., Remus Tetu, de connotada vinculación con el accionar de la “triple a”, significó que centenares fueran los profesores y no docentes expulsados de la Universidad del Comahue en 1975. Entre ellos Mónica, que ante la cesantía en el trabajo decidió regresar a su natal Bahía Blanca.

Y allí estaba, entregada de pleno a su vocación, dedicada al teatro, los títeres y los niños (en actividades que cumplía en la sala “La Ranchería”, de Rondeau 220, sede del afamado Teatro independiente “Alianza” del cual había egresado) cuando cercana la medianoche del 13 de junio de 1976, en el lugar se abatió el horror de los tiranos. Cinco chacales, con vestimenta civil y “armados con pistolas y ametralladoras de las comúnmente utilizadas por la policía y fuerzas armadas”, como constan en las denuncias que se hicieron, interrumpieron el trabajo de los artistas. Ordenaron “tenderse boca abajo y con las manos contra el piso” a quienes se encontraban en el lugar.

La “imprudencia” de Ignacio Aguirre lo llevó a preguntar a los asaltantes qué querían. Por toda respuesta, desde arriba suyo le cayó una tremenda patada en su cabeza, mientras otro de los agresores repetidamente insistía a los gritos preguntando por Mónica. “¿Quién es Mónica Morán?”, “¿Quién es Mónica Morán?”. Tras identificarse, alzando su documento de identidad, con un claro, firme, “yo”, comenzó su secuestro. Mientras Mónica era arrastrada hacia la calle, en el camino a la fuga con la víctima y en medio de amenazas de muerte a sus compañeros si se movían del encierro en que quedaron, sus captores se dieron a la rapiña, como ya era práctica conocida en casos similares, “robando pelucas de teatro, todos los abrigos, todo el dinero y todos los documentos personales”. ¿Por qué entonces, no llamarlos, además, ladrones?

Pero mientras todo esto ocurría en Bahía Blanca, aquí en Neuquén, por esos días otros trabajadores de la Universidad, estudiantes, ex legisladores provinciales y vecinos de nuestra capital, de Cutral Có, de Zapala, Centenario, Cinco Saltos, Cipolletti, corrían igual suerte. En ese mes de junio, 1976, el listado de secuestrados lo encabezaron Susana Mugica y Alicia Pifarré, ambas amigas de Mónica. Y en todos los casos, aquí y allá, el peregrinar de familiares y amigos, cuando aún no se tenía una dimensión real acerca de cómo los tiranos habían armado la estructura de la represión y el salto de toda normativa legal que les servía para escamotear información, era por las comisarías, reparticiones militares, oficinas eclesiales. De las primeras, el resultado obtenido eran la burla y hasta amenazas y de las segundas, en la mayoría de los casos – Neuquén, con Jaime de Nevares a la cabeza o Viedma con Monseñor Hesayne, fueron las honrosas y dignas excepciones – sólo argumentos dilatorios o reprimendas se escucharon. Era la cara oculta de la complicidad con los tiranos, como en el paso de los años ha ido comprobando la Justicia.

En Bahía Blanca, aquella noche del 13 de junio el recorrido se inició a cien pasos de donde fue secuestrada Mónica Morán. En Rondeau 139, delegación local de la Policía Federal, al exponer sus compañeros sobre lo ocurrido, recibieron el frío trato de la indiferencia. De igual modo se los atiendió en la también cercana Seccional Segunda de la policía provincial y en el Comando Radioeléctrico. En estas dependencias no hubo escribientes para recibir denuncia alguna y ante la insistencia para que alguien tomara nota, lo escrito fue en recortes de papel, “que con esto es más que suficiente”.

El siguiente paso, fue informar a la familia. Un hermano suyo, suponiendo que su grado de oficial de la marina de guerra le permitiría saber datos ciertos del paradero de Mónica, obtenidos de sus superiores en Puerto Belgrano, recibió del Servicio de Informaciones Navales (S.I.N.) la confirmación de que “la detención se produjo con intervención de fuerzas del Comando del Vº Cuerpo de Ejército y que se encontraba bien”. Cabe recordar aquí, una figura que tiene mucho que ver en todo este asunto y es la de Acdel Vilas, general que había encabezado la represión en el “operativo independencia”, en Tucumán en 1975. Del Vº Cuerpo, para entonces era el segundo comandante. En Bahía Blanca se lo recuerda siempre pistola en mano, conduciendo los operativos de control de la población y las llamadas “operaciones “rastrillo”, que con el pretexto de buscar o perseguir “subversivos”, dejaban una estela de vejaciones, robos y secuestros.

Ante el transcurso de las horas y la carencia de novedades ciertas sobre su paradero, los padres de Mónica, anoticiados de que un vecino de ellos era sacerdote católico y capellán del Vº Cuerpo de Ejército, tomaron contacto con él. El clérigo “Hizo tratativas” y les informó que “había visto a Mónica; que se encontraba bien y que posiblemente quedaría a disposición del Poder Ejecutivo”. Semejante noticia – que a la distancia se nos ocurre configura encubrimiento – llevó alivio a la familia. No obstante, allegados a ellos les recomendaron hacer denuncias que en todos los casos rechazaron “para no empeorar las cosas”. Ni siquiera un “hábeas corpus”. Nada. Y decidieron esperar.

El día 24 de junio de 1976, la familia, sus amigos y la población entera se vió sacudida por la noticia televisiva del mediodía. Con tonada marcial leyó el vocero mediático del gorilismo en la región:

“En un operativo realizado por el Vº Cuerpo de Ejército, en un domicilio de la calle Santiago del Estero y a raíz de haberse producido un enfrentamiento armado, fueron abatidos cuatro elementos subversivos, habiendo sido identificados sólo uno de ellos: Mónica Morán, de 27 años, maestra, domiciliada en Bahía Blanca, procurándose la identificación de los cadáveres restantes”. Se anunciaba así, el primer homicidio aplicando las técnicas del terrorismo de estado en Bahía Blanca.

Complementariamente, las autoridades militares dieron a conocer un “frondoso prontuario guerrillero” de la víctima. Mintieron, asegurando “que luego de haber sido detenida, fue puesta en libertad y del Vº Cuerpo, fue directamente al domicilio de la calle Santiago del Estero, donde se reunió con otras tres personas… Habiéndosela seguido, se procuró su arresto y siendo contestada la intimación por disparos que fueron repelidos, el resultado fue el abatimiento de todos”. Acerca del fraguado “combate”, jamás se informó sobre la identidad, edad, sexo o filiación de los otros tres presuntos caídos. Familiares de quienes supusieron era una de esas víctimas anónimas, repitieron el periplo: la policía federal, la policía bonaerense y las autoridades navales de Puerto Belgrano pues el padre de esa supuesta víctima conservaba su condición de infante de marina. Todo, para nada dado que nada se sabía del buscado. Y hasta por la muerte que se supuso de quien era conocido como habitante de la casa agredida, entre presos políticos de la cercana cárcel de Villa Floresta hubieron rezos en su memoria. “El 48”, lo llamaron años después, cuando en un descanso de los Juicios por la Verdad sustanciados en Bahía Blanca, escuchó que en esa casa la bota de la bestia uniformada, no había perdonado ni el envase de cartón color rosa que sus antiguos moradores tenían destinado como depósito de juguetes: jueguitos de té, casitas y muñecas, fueron destruidos.

Más recientemente, correspondió al madrileño juez Baltasar Garzón ratificar todo lo que había probado el serio trabajo de los jueces de la Cámara Federal bahiense: la única víctima en la casa de Nicaragua 905, esquina Santiago del Estero 376, la madrugada del 24 de junio de 1976, fue Mónica Morán. Los otros supuestos masacrados, sólo fueron producto de la mentira que armó el mitómano Acdel Vilas: de “acción psicológica de la guerra” calificó comunicados como el que dio cuenta del crimen cometido en perjuicio de Mónica. Sus confesiones primeras de todo esto, constan en las actas del Juicio a las Juntas; en las del Juicio por la Verdad en Bahía Blanca y en los fundamentos del pedido de captura internacional de decenas de militares asesinos emitida por Baltasar Garzón.

Hoy Mónica Morán, quizás comienza a descansar en la paz que le negaron sus verdugos. Se supo y probó, que había sido brutalmente torturada en la llamada “escuelita” del Vº Cuerpo de Ejército en Bahía Blanca; que la dignidad de un joven soldado médico permitió, a través de su testimonio, saber que durante la noche del 23 de junio de 1976, en uno de los baños de esa dependencia, fue masacrada a ráfaga de ametralladora; que en el momento de ser secuestrada en el teatro “La Ranchería”, asistía Néstor Hernández, sicario disfrazado de alumno (en realidad, agente encubierto de la S.I.D.E.) cuyo trabajo de espía normalmente lo cubría en la desaparecida ENTEL, en el turno noche; que en el lugar donde según las versiones militares “fué abatida”, supo funcionar la “Editora Nacional”, un pequeño negocio de imprenta y fotocopias cuyas persianas enclenques permitían el acceso fácil desde el exterior al salón y a la casa de familia que componían el edificio, abandonado desde mediados de diciembre de 1975 y saqueado por fuerzas policiales al alba del 29 de diciembre de ese año, tres meses antes del golpe del 24 de marzo, según consta en recuperados archivos de la bonaerense.

Cuando algún día podamos hacer el homenaje que se le debe a Mónica, en esa esquina de Nicaragua y Santiago del Estero, seguramente ya no estarán los esbirros que ni en el velatorio de sus restos ni en el nicho en que fueron depositados dejaron de perseguirla. Al contrario, hasta podremos regalarle alguna flor de las que nacían en derredor de los dos únicos frutales – una parra y un ciruelo – existentes en el patio de esa casa que ella nunca conoció. Pensando que no es vano luchar por “Verdad y Justicia”, allí renovaremos, seguramente, nuestra esperanza de que “con la memoria siempre fresca construiremos nuestra Historia”. Será quizás, como si entregásemos un testimonio de suma a los ya presentados para que el cierre del caso de Mónica Morán, sea con Justicia. Y será Justicia, sin ninguna duda, sólo si cada uno de todos los responsables de su vil asesinato – autores intelectuales, materiales y cómplices – reciben pronta y ejemplificadora condena. De un solo modo: cárcel para el resto de sus días.


NEUQUÉN, 10 de junio de 2008

Fuente: Boletín Ecodías

http://www.ecodias.com.ar


Una respuesta to “Mónica Morán: No es vano luchar por Verdad y Justicia”

  1. ES DIFÍCIL HACER JUSTICIA EN UNA CIUDAD COMO ÉSTA… (se refiere a Bahía Blanca)

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