Separando la paja del trigo:

gaucho1

Vecinos ilustres

La verdad adelgaza y no quiebra,

y siempre anda sobre la mentira

como el aceite sobre el agua.

Miguel de Cervantes Saavedra

La verdad se corrompe tanto con la mentira

como con el silencio.

Marco Tulio Cicerón

 

Identificamos a los vecinos por su proximidad geográfica, nacional o incluso cultural. La primera es la tradicional. Vecino es próximo (1); es aquel que está al alcance de la mano, de la voz, hasta del tiro, y en el menor tiempo posible. Si es menester recurrir a un medio de transporte superador de la tracción a sangre, ya no será un vecino en el más ortodoxo de los sentidos, sino un conocido o amigo más o menos remoto o lejano. Pero hay que hacerle honor a la etimología de la palabra y reconocer que aún cuando el vecino no sea tan cercano, pero viva en mi ciudad, y ésta haya crecido como para requerir de los medios de transporte para las atenciones vecinales, todo el resto de los pobladores seguirán siendo mis vecinos. Vecino será en este caso sinónimo de paisano (2).

 

Por lo dicho, cuando nos referimos a vecinos ilustres, aludimos a paisanos oriundos o trasplantados oportunamente, es decir a convivientes, antecesores o continuadores, que han alcanzado brillo en su actividad, fuera ésta la que fuese. Para mayor claridad, ilustres habrán sido o serán los destacados, conspicuos hacedores del desarrollo y crecimiento del pago (palabra esta última que viene muy al caso), y que por eso se han transformado en referentes de su generación y de las que la continúen.

 

1. En los pagos del arroyo Pareja

Mojón “Fermín”

 

Servicial como pocos. El indio Fermín Ancalao, descendiente directo del Comandante de Indios Amigos Francisco, conservaba entre los documentos que presentó para reclamar las tierras de Cantarelli (3), una carta suscripta por el Ingeniero Nieburth -de la empresa Dirks, Dates & Van Hattem (4), constructora del Puerto Militar-, que había tenido a su cargo el trazado del ferrocarril estratégico que corría entre Punta Alta y las Baterías.

 

Según establecía en su carta el ingeniero holandés, se había valido del descendiente de voroganos como verdadero mojón que orientaba al personal a sus órdenes. Ese mojón se señalaba en los planos oficiales como FERMÍN, ya que aludía al único habitante de la zona (5).

 

La adecuada documentación del Archivo Histórico Municipal de Coronel Rosales nos orientó para confirmar que efectivamente El Indio Fermín ocupó Cantarelli entre 1900 y 1916, año en que comenzó a trabajar en la base. Y dicen los testimonios que dejó en su tierra, como encargado, a un tal Vila, y que en 1938 el cuidador fue desalojado porque las tierras habían sido vendidas a Marcio Cantarelli en 1926. ¡Igual que con Marcelina Cruz! Igualito. ¡Sólo que ella no pudo reclamar y los hijos  nunca hicieron nada!

 

¿Y cómo le fue a Fermín con sus reclamos? No le fue. Los Cantarelli fueron expropiados, y parece que adecuadamente premiados por la legislación que dispuso el establecimiento en la falsa isla de los depósitos de YPF. Vea si no… Terminaron comprando varias islas en el estuario, y es el día de hoy que se dedican a la explotación de la pesca deportiva del tiburón. ¡Unos verdaderos tiburones los que han logrado llevar a políticos y hasta a dos ex presidentes a probar suerte con sus cañas de varios miles de los verdes! La Isla Ariadna posee instalaciones que la hacen apta para sólo un grupo de pesca por vez; es un verdadero paraíso privado (6).

 

¡O sea que nadie tuvo en cuenta a Fermín! No le tocó ni parte del vuelto. Él estuvo muy feliz, sin embargo, cuando fue contratado por los talleres de la base, y más aún, cuando se transformó en el primer jubilado del puerto y de su etnia.

 

“¡Te conozco mascarita!”

 

¡Qué carnavales los de hace años! No solamente se vivían en el corso, sino barrio por barrio, calle por calle, manzana por manzana. Tempranito por la tarde se desataban los juegos con agua. Entonces los muchachones y las casquivanas corrían con baldes, cacerolas y pomos a todo representante del sexo opuesto que se les arrimara. Y cuando se escuchaba la primera bomba de estruendo, se estaba en condiciones de correr hacia la calle Irigoyen para participar del desfile de máscaras, o bien estacionar la carroza frente al paso a nivel hasta que llegara el comisario del festejo y le diese entrada… ¿Te inscribiste? ¿No viste qué premios van a dar?

 

Había de todo. Donalds con y sin sobrinitos, Dippys, Popeyes, Hopalongs Cassidys y varios cowboys más, Mickeys, Pibes Pirañas, Pequeñas Lulús, fantasmas varios y de la ópera, enmascarados o llaneros solitarios,  Carlitos Chaplines siempre con paraguas y sombrerito, Vacas Auroras, bañistas con trajes a rayas, hadas, príncipes y princesas, presos, piratas, guapos de arrabal con sus bataclanas respectivas, gitanas y gitanos con un mono en el hombro, mulatas cubanas con los sombreros cargados de fruta, bailarinas clásicas y españolas con largos vestidos a lunares, damas antiguas con peinetones, cenicientas y blancas nieves, chinos y chinas, aunque los llegados de oriente con mayor popularidad continuaban siendo las geishas,  aviadores y automovilistas gesticulando triunfos, maestras, enfermeras y bomberos, fantasías de todo tipo, paisanas cebando mate, payasos y tonys, arlequines y colombinas, cabezudos, gordas, hombres como mujeres y viceversa, grandulones y grandulonas vestidos de bebés con chupete o chupetín, espantapájaros, viejitas y viejitos. Soldados no; menos marinos. Pero indios, por supuesto… El indio Toro y otro del lugar. Ese último disfraz era exclusivo y se repetía año tras año.

 

Algunas versiones indican que nuestro vecino ilustre Fermín Ancalao se disfrazaba con la ropa de sus ancestros en esas oportunidades. Pero no podemos comprobarlo. Además hubiera tenido que raparse, ya que los voroganos acostumbraban a afeitarse el cráneo, como los mohicanos del norte. Los más aducen que la infaltable mascarita disfrazada de indio desde el primer carnaval que se celebró en Punta Alta fue el criollo Molina (7).

 

Molina, dicen, se cubría con los cueros de guanaco, la piel para adentro y el curtido a la vista para mostrar la identidad cosmogónica. Ataba su pelo por lo alto, clavándole un par de plumas. La primera vertical y la segunda, hacia atrás y horizontal. Una verdadera copia del atuendo que se había visto a los septentrionales yanquetruces en los viejos parlamentos.

 

La memoria –dicen- es heredada en el mejor de los casos. El olvido –agrego yo- es muy cómodo y por eso se imita masivamente. Posiblemente hijos y  nietos del criollo Molina hayan repetido el regalo durante décadas.

 

¡Buen negocio la pulpería!

 

Manuel Leyba (8) junto con su mujer Felipa Arraque, fueron de los primeros pobladores del pago. Don Manuel era sargento del ejército, y previo a su destino en la Fortaleza Protectora Argentina, había revistado en Carmen de Patagones. Con la baja, tomó posesión de un campo de una 2.300 hectáreas, situado al sur del pueblo (9) que destinó a tareas rurales.

 

Cuando estuvo construido el rancho y pobladas de ganado vacuno las inmediaciones, sus posesiones comenzaron a conocerse como El jaguel de Leyba, debido a los jagueles (10) y aguadas que era frecuente encontrar allí.

 

Doña Felipa Arraque resultó ser una criolla corajuda. Al enviudar instaló una pulpería (11) en inmediaciones de su propiedad; éste resultó ser el primer comercio de la zona. Tan buen negocio era administrar borracheras de indios amigos y fortineros, que al poco tiempo se pusieron otros boliches: El piojo del vasco Istueta, ubicado en las inmediaciones del toldo de los Ancalao y La pulga del italiano Juan Colla. Este último abarcó también algún ramo de comestibles. En lo de Istueta se celebraban con frecuencia carreras de caballos, por lo que era punto de reunión de todo el contorno y consecuente motivo de primitiva sociabilidad.

 

Boliches o pulperías que eran lugares de descanso, verdaderos clubes del gaucho, centros de grescas y fortines tras cuyas rejas se abroquelaban los pulperos. La mercadería principal era claro, el acohol: limeta de ginebra auténticamente holandesa, aguardiente pura para el paisano y rebajada para el indio, grapa de orujo, licores diversos y el verdadero carlón. Pero también era posible conseguir en las pulperías la vela de baño, el tercio de yerba, la lata de sardinas y  hasta el ejemplar del Martín Fierro (12). Pero así como servían para liberar, los boliches sirvieron para esclavizar. ¿Qué mejor para los jefes fortineros que controlar a esos hombres rebeldes y levantiscos con algo de alcohol y una cuenta que jamás podían cancelar? ¿Y cuál era el mejor camino para sujetar y despojar al indio que el alcohol?  Si hasta era ideal el sitio para encontrarlo mansito todos los días. Claro que a los pulperos se les iba la mano, porque actuando como verdaderos reducidores de lo robado, estimularon el robo de ganado de los alrededores. A tal punto que los propietarios despojados comprobaban el sacrificio de  reses desaparecidas a partir de los cueros que ofertaban los comerciantes.

 

La Gazeta nos surte del texto de un cronista, que lamentablemente no identificamos, pero que demuestra el origen virreinal de la pulpería y de su verdadera institución: el pulpero…

 

Socarrón y trapacero, con ribetes de pícaro y sus humos de matón, es el pulpero en la parva ciudad colonial, el característico representativo del comercio de regatería. Ceñudo catalán o parlero andaluz, el tipo es uno del molde de los clásicos venteros castellanos tan mentados en los romances picarescos, que al venir a tierras de Indias trajo en sus alforjas todas las añagazas y truhanerías del terruño y del oficio. Es un pulpero a la vez regatonero, mercader a ventaje matutero por afición, y aun logrero, pues da a logro y con buena usura los dinerillos que tiene apañados. Merca a los indios, a hurto de los bandos del Cabildo, quillapiés y mantas tejidas, que paga con aguardiente y baratijas, y si la Ronda hace la vista gorda, a la noche, a la luz del mortecino candil, reúne en las pulperías buen golpe de tahúres y fulleros (13).

 

¡Maravilloso texto que las fuentes no atribuyen! Nos apresuramos a destacar que el autor mira hacia los centros urbanos, más precisamente a la ciudad de Buenos Aires, y que la visión de las pulperías de campaña puede diferir ligeramente. En estas últimas los españoles fueron rápidamente reemplazados por criollos, y a su vez estos últimos por gringos. Pero nos detenemos brevemente en los apelativos, con el afán de obtener una semblanza del pulpero, con sus virtudes y sus defectos.

 

Hablamos de un hombre socarrón y trapacero, con ribetes de pícaro y humos de matónSocarrón es quien se burla con disimulo e ironía; trapacero el que intenta engañar con astucia y falsedades. Hasta aquí,  el pulpero era un estafador disimulado tras la fácil risa cómplice. Pero además tenía humos de matón, es decir que si no buscaba realmente pelea, al menos fanfarroneaba (14) con una pretensión semejante. Originalmente podía ser un ceñudo catalán o un parlero andaluz, ya que según su origen sería seco y lacónico como los originales de Cataluña, o bien charlatán sin demasiado fundamento como los españoles del sur. Ya vimos que después los criollos tomaron la posta de los españoles, más preparados para desempeñarse como pulperos en el ambiente de la paisanada. Pero el autor desconocido, que parece ser un viajero o visitante –español sin duda- torna a comparar la estampa del pulpero con un personaje llegado con  los invasores: el ventero castellano, un verdadero pícaro que había traído consigo a las pampas todas sus añagazas y truhanerías. Éste era quien tenía a su cargo una venta o posada en España, comercio bastante afín con la pulpería, ya que lucraba con la primera necesidad del viajero o transeúnte. Sobrados ejemplos de su picaresca nos comunica la literatura del siglo de oro español: en definitiva muestra redundante de la falsedad, el engaño y la estafa que antes definimos como trapacería. Por añagaza se refiere una artimaña; la truhanería es una estafa oculta tras risas y bromas.

 

Mayor riqueza aún aporta el siguiente párrafo del texto que analizamos. Éste cataloga al pulpero de regatonero, ventajero, matutero y logrero. ¿Qué significa todo esto?  Todos términos que refieren al pulpero como aprovechador y explotador de las ajenas necesidades. Quien compra o vende al regateo es el que nunca establece un precio, fijándolo sólo cuando le interesa en función de dotes y urgencias de quien le vende o le compra. Se explica por sí sola la condición de ventajero, aunque matutero aluda ya al comercio o tráfico de contrabando, algo que caracterizábamos al referirnos a la compra y venta de cueros. Por un camino o por otro, en definitiva el pulpero trataría de beneficiarse siempre; queda dicho entonces que oficiaba de logrero. Finalmente, con la vista gorda de la autoridad, cubriría y protegería a los tahúres y fulleros, es decir a quienes vivían de engaños y trampas.

 

Hacia 1867, doña Felipa Arrraque, primera pulpera del pago, vendió sus campos a Luis Bártoli, residente en Buenos Aires, heredándolos luego Carlos Roque Valerio Bártoli. Pero nunca se dijo de ella que ablandara el corazón de nadie untándole la mano, ni que tuviera acuerdos inconfesables con jefes fortineros (15) o aún con maloneros. Sí se la vió comerciar, como correspondía, con alcarrazas de vinagre, cántaros de vino fresco, botas repletas, yerba misionera, azúcar de Asunción, jabón de Tucumán, sal de las Salinas Grandes, arropes, mazacotes, dulces, ticholos, alcorzas, petacas de orejones, aceitunas aliñadas. Y que jamás, como se prescribía, vendió pan ni tuvo tahona (16). Ni que nunca se escuchó, como era habitual en Buenos Aires, que  a la puerta de doña Felipa se gritase: ¡Pulpero y ladrón, dos parecen y uno son!

 

Ya mayor, dicen que con achaques, Felipa Arraque se hundió en la niebla de las multitudes que confluían sobre el proyecto de la Base Naval Militar a finales de siglo. En la calle 25 de mayo, entre Luiggi y Pellegrini, vivió la familia Leiva (apellido escrito ahora conforme hábitos modernos), en cuyos fondos fueron famosos los granados y las tacuaras.

 

Y volvió el payador marzorquero

a cantar en el patio vacío

la doliente y postrer serenata

que llevábase el viento del río:

¿Dónde estás con tus ojos celestes

oh pulpera que no fuiste mía?

¡cómo lloran por tí las guitarras,

las guitarras de Santa Lucía! (17)

 

 

¿Doña Felipa tenía los ojos celestes? Creo que no…

Alto y además aindiado

 

Le decían “el alto”, porque medía algo menos de dos metros. Pero después, de tanto andar por las tolderías, se casó con una niña mezcla de voroga y pampa. Entonces, fue un aindiado más… Y su descendencia promedió estaturas.

 

En realidad era un mercachifle (18). José Nardini se llamaba; su progenie todavía tiene casa en Punta Alta. Imagínenselo, vendiendo cacharros, cuchillos, hilos, clavos, alfombras, agujas, lápices, espejos y pantalones. Más alto de lo que era,  sobre su tordillo; detrás el matungo con el carro. Y cerrando la marcha el socio Sardi, otro gringo desconfiado como hay pocos, que hacía las cuentas mientras Nardini bajaba las mercaderías.

 

Iban a la toldería de los Ancalao por lo que hubiera, por lanas a lo de los Antenao, diariamente y por lomos carneados a los Linares. ¡Cuando iba bien: un lujo el resultado! En su tienda de los fondos, en lo que ahora es el barrio del Castillo, Nardini y Sardi acumulaban códices de canje. No había plata allí. Todo valía por algo y nada por nada.

 

Además, Nardini tenía su pequeña majada de ovejas, algún equino y uno o dos vacunos. Para su abastecerse sin sobresaltos. Porque más de una vez le había costado en Bahía Blanca convertir a metálico sus mercancías. Aunque todo se ajustara a tarifas, sobre todo cuando del paisanaje se trataba. ¡Claro que con los milicos era diferente!

 

¿Y cómo habrá sido eso de los amores con la pequeñita de la toldería? No lo sabemos. No hay documentación ni memorias para consultar. Pero podemos imaginarlo para quienes se interesen, contando una historia que quizás no tenga demasiado que ver con la realidad del alto y después aindiado Nardini. Ni con la guainita enamorada del cristiano, a la que llamamos Alonkurá (19) porque quedamos impresionados con el brillo de sus ojos negros. No diremos a qué familia pertenecía la niña, mejor conocida como Rosita, porque lo desconocemos. Sí sabemos que flechados el uno del otro se encontraron varias veces en la desembocadura del arroyo Pareja (20), un sitio al que según parece concurrían habitualmente los enamorados de la época.

 

El padre de la joven era un capitanejo retirado de las faenas militares como casi todos los hombres de ese grupo de familias (21). Y le agradó la posibilidad de que su hija tuviera una casa más allá de los médanos y por donde vivían los mercachifles. Además supuso que ese hombre alto que lo visitaba mensualmente para trocar vellocinos y carnes por harina, yerba y licores, le ofrecería privilegios a partir de su ingreso a las familias.  Pero las tradiciones estaban allí para ser respetadas, y esquivarlas significaba que sobre su raza se cirniese un ocaso temprano. Por lo que Kensel –al que llamaban Jacinto- colocado en  papel de suegro exigente, puso precio elevado a su pequeña Alonkurá, la de los ojos iluminados.

 

Debe advertirse que para esta época las culturas se habían mestizado como las gentes y los caminos más primitivos y cortos para llegar al casamiento se encontraban abandonados (22). No se le podía ocurrir a Nardini consumar el rapto de Rosita y llevarla a su casa detrás de los médanos, porque ya contaba con el cariño de la joven y con la confianza del futuro suegro. El pedido de mano se había cumplido en un solo acto y sin emisarios, y la respuesta obtenida de Kensel o Jacinto había sido más un lamento por lo que perdería la familia de la joven que por la improcedencia de la pretensión. En síntesis, que todo quedó subordinado al precio y a la oportunidad en que éste se oblase.

 

Y que como no se concebía otra moneda de pago que no fuesen los caballos, el precio se pagaría con el mismísimo tordillo de Nardini enjaezado con plata y una caballada preferiblemente blanca, en la que deberían incluirse al menos cinco yeguas. Precio caro, es verdad, asintió Sardi luego de aceptar, visto el mal de amores del alto, que Alonkurá lo valía.

 

La unión fue celebrada con fiestas. En ellas se carnearon dos de las yeguas formadoras del precio, pero no se pusieron cueros que detuvieran las miradas entre yerno y suegro, ni se asaron corazones equinos. Eso no respondía ya a las necesidades comunes.

 

Dicen que lo pasaron muy bien, y que los festejos duraron dos días. En los toldos, junto a los novios y sus familias, bailaron incansables otros protagonistas del paisaje local: Ángel García, Felipe Zelaya, Marcelina Cruz, Manuel Díaz, Juan Lafalle, José Sardi, Pedro Hilario y doña Juana. Y un logro de la madre del alto: al día siguiente de concluidos los festejos, el cura venido del Fuerte bendijo la unión, después de iniciar a Rosita en la fe cristiana.

 

¡Dicen que era tan difícil encontrar un alto como Nardini por estos pagos! Los criollos traían incorporada en la sangre la baja estatura de sus padres peninsulares. Esos, que de tan cortos consideraron gigantes a los patagones, que eran en realidad  tehuelches meridionales.  Ahora llegaban otros peninsulares, los italianos que llevaban la heroicidad del líder Caronti por emblema, pero que levantaban realmente escasos palmos del piso. Y los mapuches, mezclados como se habían mezclado de puro entusiastas y numerosos, obligaban también a bajar la mirada.

 

Hay quienes dicen que fue definitoria la dieta proteica que caracterizó al hogar del matrimonio Nardini; otros sostienen que los genes sobreabundaban en la impronta del alto. Lo cierto es que aunque no fueran gigantes, los dos chicos del matrimonio estuvieron muy pronto en condiciones de sobresalir del médano, fueran o no montados a caballo.

 

En cuanto a los privilegios que soñó Jacinto, poco fue lo que vio de ellos en la realidad subsiguiente. Lo que se salvaba de los arreos llevaba un precio prácticamente idéntico al contrabando para Chile (23), fuera en dinero o en mercaderías. Y el cuadro tarifario regía con toda la tozudez de Nardini, que no dejaba de ser un simple intermediario.

 

2. Nuevas historias del Cantón

 

-¿Y otros paisanos de los que están aquí,

salen como tú y van a sus casas? – pregunta Mansilla sorprendido

a Miguelito-.

- El que quiere lo hace; usted sabe, mi Coronel,

que los campos no tienen puertas…

Lucio V Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles

 

 

Don Ángel aclaró el garguero con otro buen trago del Carlón recién embotellado. Y completó la introducción a sus nuevos relatos aclarando que los hombres llegaban aquí sin saber qué era lo que iba a pedírseles, más como una carga que como propia voluntad o promoción personal. Se refería, claro, a jefes como el mentado Morales, no a la tropa que llegaba al fuerte como un arreo de desventurados esclavos. De estos últimos también contaría después sin que hicieran falta preámbulos.

 

Dionisio Morales

 

Este fue un lenguaraz que prestó grandes servicios en la década de 1820, cuando medió entre el gobierno de Buenos Aires y los caciques ranqueles. Entonces andaba Carrera por aquí, complicándole la vida a más de uno, y por supuesto a Rodríguez siempre de fajina con Rivadavia a cargo.

 

- Pero fíjense, che –decía don Ángel- que nunca, nunca, el gobierno confió en Morales. – Andaban a la defensiva con él; lo necesitaban a cambio de un mal pior.

 

- ¿Quién podía conocer lo que hablaba con uno y con otro? ¿Si era veraz o si variaba discursos y mensajes?

 

- ¡Eso mismo! ¡Usté lo dijo! Pero en los toldos lo querían…
Dionisio Morales (24) y Juan Francisco Ulloa (25) movían a los caciques a favor de Buenos Aires, pero también a favor de ellos mismos. Puede ser que la cuestión estuviera exactamente allí (26). En 1820 se recibieron noticias según las que Morales se encontraba en las tolderías ranqueles negociando la entrega de cautivos, sin conocerse quién había impulsado la misión. Se dispuso entonces su captura y remisión a Buenos Aires, para indagar el motivo de su presencia en los toldos. Bajo sospecha, claro, de que el objetivo de Morales era captar a los malones para algún tipo de incursión sobre la frontera.

 

Sin embargo, la orden de arresto no fue acatada por Cornelio Saavedra, comandante de la frontera norte (27), quien desestimó todo temor y revalorizó el papel de lenguaraz de Morales, como así su condición de interlocutor válido en las negociaciones con los ranqueles.

 

Y poquito tiempo después lo necesitaron… Junto a Ulloa encabezó la misión de paz enviada a los mismos toldos, reconociéndose que Morales es sumamente amado de los dos caciques Leynan y Guaichu. Esta estrecha relación con los indios lo llevaría a realizar ciertas prácticas con indígenas no bien vistas por el gobierno. Por ellas, nuevamente el gobierno demandó y esta vez obtuvo en 1822 la detención y efectiva prisión de Morales, el que estuvo … en los toldos y (vendió) un cautivo cristiano por veinticinco cabezas de ganado y sesenta pesos… (28).

 

Aún con esta penalización a cuestas, Morales volvió a cumplir tareas esenciales para el contacto interétnico. Completando un derrotero sinuoso, a su muerte  el gobierno decidió entregar a la viuda una pensión por los invalorables servicios realizados por su marido en la campaña (29).

 

- Como a Iturra, que también se entendía con los indios, a don Dionisio no le creían…

 

- ¡Era miedo, creamé!, volvió a sentenciar don Ángel, mientras mostraba intencionadamente su vaso vacío al pulpero y una sonrisa casi ingenua le brotaba entre los labios.

 

- Cuando estuvo acá fue en el 30. ¿Sabía usted?

 

- Ahí vino de chasque del Independencia (30) con otros dos gendarmes y algunos indios. Traía algo para el comandante de la Fortaleza.

 

Muchos creen que Dionisio Morales, entonces teniente de la compañía de carabineros, estaba volviendo de su protagonismo central como lenguaraz. Que ya no le interesaba porque le había perdido el respeto más de uno. Lo curioso es que a los pocos días de estar de visita en la bahía el indio Juan José María, integrante de la partida, fue detenido por asesinar a un oficial de los Pincheira que estaba desde antes alojado en el fuerte.

 

- Siempre pensé que el asesinado era el indio Artile, dijo uno de los hombres que venía volcando el porrón a discreción sobre los vasos de los tres.

- Y puede ser. Todo puede ser. Lástima que no quede nadie al que se pueda preguntar, respondió como despertándose don Ángel. Y agregó como si reflexionara en voz alta: – Si querían hacerle justicia a un traidor…

 

Como Dios y Rosas mandaban se instruyó un sumario y se llamó a declarar a Dionisio, en calidad de testigo. ¡Qué sorpresa se llevaron! Porque entonces los jefes se enteraron de que en su trayecto desde el Independencia a la Fortaleza, la partida de correo había sido interceptada por una gran cantidad de indios con Chocorí (31) a la cabeza. Y que el mismo Dionisio, como cautivo que fue, había sido obligado a negociar para continuar camino. Y que por cumplir cierta promesa a Chocorí fue que Morales salvó su vida.

 

- Porque Dionisio y Chocorí se conocían. Bien y de largo se conocían. Fijesé que los dos habían llevado comisiones del otro. Pero como ésta, ninguna.

 

- ¿Pero qué fue lo que solicitó el Cacique?, inquirió el pulpero que parecía haber ido interesándose por la historia en apariencia nueva para él.

 

Según declaraciones del 24 de octubre de 1830, Chocorí le dijo a Juan José María, natural de la Puebla de los Ángeles, en Chile, cristiano lenguaraz mocetón de armas de su orda: – Andá con estos hombres hasta la Guardia (de la Fortaleza -…-) y no pierdas de vista a este oficial que los conduce, ni te separes de él en todo el tiempo que estés en ella, hasta regresar a estar en mi presencia, y oye todo lo que se hable y todo lo que te contesten y observa todos los movimientos de los cristianos de Bahía Blanca para que puedas darme razón a todo lo que yo te pregunte… (32).

 

Recomendación de silencio y abstención más que promesa de cosa concreta por cuenta de Dionisio. Eso parecía. Pero después, el relato del lenguaraz se completó con el resto del parlamento de Chocorí:

 

Me ha de traer todas las chinas. Y ha de asesinar usted a presencia de José María, un soldado de los Pincheyras que está en la casa del Alférez Iturra. Y si usted no lo ha de hacer hablame claro para determinar otra cosa… (33).

 

- O sea que además de espía, Dionisio tenía que matar para salvar el pellejo, concluyó gratuitamente la mujer del pulpero que justo en ese momento daba los toques finales a su puchero de oveja.

 

Claro. No solamente debía encubrir al verdadero espía, sino que además debía armar un arreo de chinas y liquidar al traidor, que ya a esta altura nadie dudaba que era el indio Artile, desde que Chocorí develara su domicilio. Calladito, Dionisio se las arregló para entregar a Juan José María, convirtiéndose en el testigo fundamental de la condena.

 

- ¡De espía a testigo!, exclamó el hombre que había dejado a un lado el porrón de vino y ahora empuñaba un facón chiquito y un pedazo de pan de campo al aguardo de que el plato blanco se llenase con su contenido aparentemente blanco también.

 

- Creo que primero pensó en salir, sin chinas claro, sin que se supiera lo ocurrido. Sin haber hablado con nadie del parlamento habido con Chocorí. Claro que antes de poder regresar al Independencia, el agua le mojó la barba.

 

- ¿Y quién mató al pincheirista? ¿Dionisio o el indio de los tres nombres?, preguntó don Ángel que desplumaba su cuenco apartando nada más que los huesos.

 

- Lo único que sabemos es que no lo penaron. Que volvió al Tandil como si nada, sólo unos días después. Que el único que pagó por la muerte fue el indio que Chocorí le acollaró a Dionisio.

 

Pero deberían haber recordado estos tres viandantes, también el pulpero y su mujer, que no solamente dejó Dionisio de pagar por la muerte de Artile, sino que tampoco compensó a nadie por su silencio. Menos que menos al pincheirista, o al propio Iturra que por entonces aparecía desconsolado por la muerte del amigo.

 

Dos años después estuvo Dionisio Morales en la Fortaleza Protectora, como si nunca nada hubiera pasado allí. Fue cuando actuó como testigo en la indagatoria de Pantaleón Ramírez, el desertor que agarraron después vendiendo ganado robado a los indios.

 

- Dicen que Dionisio había servido en el regimiento junto a ese pobre cristo, aclaró Don Ángel. – Pero eso es harina de otro costal, concluyó.

 

El miedo de Luciano, el mestizo

 

A su llegaba, Luciano Campos fue registrado en el diario del cantón como un capitanejo dependiente del cacique Quiñegual (34). Pinta de indio no le faltaba. Le sobraba, en realidad.

 

- Por esos personajes también pasaba la frontera, sostuvo el hombre que se apoyaba contra la pared de adobe.

 

- ¡Es que nunca se sabía de qué lado estaban!, aprobó entre risas don Ángel, ya más sobrio después de almorzar y cuando el sol apuntaba a derramarse sobre los médanos más altos.

 

Contaban los parroquianos con la ventaja de conocer qué era lo que había sucedido en realidad cuando los jefes fortineros investigaron con alguna prolijidad a Luciano, que había resultado ser mestizo y no pampa. ¡Y que vaya a saber por qué tenía tanto miedo! Porque sabían, se reían. Y el pulpero que había escuchado la historia varias veces ya aprobaba sonriente el final inminente.

 

¡Luciano Campos era un desertor de la misma Fortaleza Protectora, perteneciente a la división comandada hasta el año anterior por el Capitán Juan de Dios Montero! ¡Sí! ¡Pero si Luciano había llegado a las pampas de los bajos anegados en 1827 con Iturra y don Venancio!

 

¿Cómo no fue reconocido al presentarse a la guardia? Porque llegó tapado con quillangos, el rostro matizado con pinturas, y tiritando no se sabe bien si de frío o del mismo miedo que siguió teniendo después de que fue identificado en toda la gravedad de su aventura.

 

- ¡Cuéntele, don Ángel, de lo que opinaba de Montero!, urgió el pulpero.

 

- Contó el mestizo ese que se había ido tierra adentro, que había llegado a los toldos y se había quedado a convivir ahí dentro, porque el Capitán Montero no le pagaba nada por sus servicios y para pior lo trataba muy mal de hecho y de palabra… Y agregó – Fijensé amigazos, que el mismito Capitán Montero, cuando era alférez, lo sacó del Arauco siendo gurí y lo trajo para acá casi engañado. ¡Ni leer ni escribir supo!

 

- ¡Y dijo que no le han leído las ordenanzas!, sentenció el tercero, el mismo que se apoyaba sobre el muro de adobe. – ¿Cómo iba a saber el pobre que era desertor…?

 

Ilustre vecino por lo esforzado y sufrido, el mestizo Luciano Campos. No se sabe ahora qué pasó con él: si fue reincorporado, si tuvo algún contento o satisfacción o fue a dar al calabozo,  si se volvió a los toldos.

 

Habrá muerto con el cuerpo acuchillado por la frontera…

 

Manuel Buralla, el nodriza

 

- También puedo contarles del nodriza, anunció don Ángel. – Otro desertor que volvió a la Fortaleza, aunque acompañado…

 

- ¡A ver, a ver! ¿Se volvió con una india?, quiso saber el pulpero picado por la tensión que prometía la historia de Ángel García.

 

- No, no… ¿Qué va a ser una india? ¡Lo llamaron el nodriza, porque se volvió con un chiquilín de los toldos, que ni siquiera era de él…!

 

Efectivamente, Manuel Buralla, se había identificado ante las autoridades militares como soldado de la segunda compañía del escuadrón, perteneciente al fuerte. No dijo por qué se había ido, si había desertado o si fue llevado cautivo a los toldos. Se refirió a Canilao, como su cacique, y dijo necesitar amparo porque había sido atacado por los indios con los que convivió.

 

- Lo que llamó la atención de los interrogadores -prosiguió el paisano García- fue que había traído prendida a su cintura un indio pequeño, de entre ocho y diez años, al que habiendo muerto su padre, se lo entregaron al tiempo de la fuga para que lo reservase…

 

- ¡Mire usté qué confianza le habían tenido los salvajes que le entregaron uno de los suyos!

 

- Y no se habían equivocado. Porque el nodriza se quedó a vivir aquí, tuvo rancho y mujer cristiana. El que conocieron como su hijo, muchachón morocho y trabajador, está ahora con maíces plantados y tropilla bastante por aquí nomás.

 

Pantaleón Ramírez: ¡desertor y traficante!

 

El tema del desertor al que según parece Dionisio Morales -para variar- había hundido aún más de lo dispuesto por su propia estrella, todavía flotaba en el ambiente. Ahora que el mate cimarrón campeaba la tarde, y que renegridos, jilgueros y piojitos se acercaban para picotear restos de galleta sobre el piso de ladrillo, ahora que no había lugar para apuros ni para el vino, ni para pucheros. Ahora mismo, el paisano Ángel volvió a convocarlos con un simple ademán de cabeza, como si la historia peligrara de tanta indiferencia que ocupaba a los hombres y fuera necesario resucitarla con palabras.

 

¿Qué era un desertor? Alguien que no merecía nada más que condena, discriminación, distancia. Y además, cuando escapó de la Fortaleza, Pantaleón se había ido a vivir en las tolderías. ¡Igualito que Fierro!, estará pensando más de un lector. Exacto. Igual que Fierro y Cruz. Es que era muy fácil hacerse desertor, porque la vida en el fortín resultaba insoportable, saturada de peligros y necesidades insatisfechas.

 

¡Parecida a la del indio!, dirá otro. Pero no. Porque fijesé, como diría el paisano Ángel García: al menos el pampa disponía en libertad. Y aunque dispusiera confrontar y perdiera todo en la pelea, nadie más que Dios lo había gobernado sobre el tablero de la pampa.

 

Pero además Pantaleón había traficado ganado robado; se lo había vendido a los indios. Eso decían; nadie lo comprobó. Lo concreto era que lo habían visto en determinados establecimientos de la campaña y que en una de sus estadías fue interesado por otro personaje para vender a los indios un ganado yeguarizo que resultó ser robado.

 

En las declaraciones de Ramírez y de los testigos citados para declarar en el juicio que se le formó, las versiones sobre motivos de su permanencia en los toldos y posteriores visitas a establecimientos de la campaña varían substancialmente. Dice Silvia Ratto que en rigor no interesa si los hechos referidos ocurrieron realmente tal como se los relata, sino que fueron elaborados dentro de un universo posible de situaciones (35). ¡Totalmente de acuerdo con la investigadora del Conicet! Por eso me sitúo en un género que delimita fronteras entre historia y ficción: un pie de cada lado de la línea.

 

Juan Tomás Villalba, sargento mayor de milicias de caballería del regimiento cinco de campaña, fue uno de los principales declarantes del sumario. Un mes antes de la fecha, y al tener noticias de la existencia de Ramírez en las tolderías del arroyo Napaleofú (36), fue a verlo y le preguntó si no quería abandonar las tolderías ya que lo necesitaba para que sirviera como lenguaraz del fuerte. Le ofreció solucionar el problema con el gobierno, para lo cual le pidió que le contara el delito por el cual se había refugiado entre los indios. A la interpelación Pantaleón  contestó que él no tenía delito alguno pues que  …era cautivo, que de Melincué lo habían traído los indios hacía muchos años y que a más le dijo al declarante que el finado coronel Molina se lo había cedido como lenguaraz al cacique Marinecul (37) y que en el día se hallaba casado con una hija de ese cacique… (38).

 

Toda una historia. O mejor dicho: ¡qué dos historias! Según Villalba, Ramírez no aceptó su propuesta. Y poco después abandonó las tolderías. Se lo veía alternativamente en diversos establecimientos de la zona en los que, seguramente, desempeñaría las faenas de campo habituales en estos paisanos. Fue en la estancia de Crámer que se encontró con el tuerto Concha, un personaje de reputación muy comentada, que disponía de una tropilla de veinte yeguas. Dicen que este paisano malacostumbrado le pidió a Pantaleón que lo ayudara a comercializar los caballos entre los indios, porque al no conocer él la lengua pampa se le dificultaba la comunicación con sus posibles compradores. El resto de la historia es fácilmente imaginable: dijeron que esta hacienda era robada y entre las yeguas había algunas con la marca de Anchorena. Un segundo individuo, don Andrés Burgos, vecino de Cramer, dio parte a Villalba del hecho. Entonces detuvieron a Pantaleón y al paisano Concha.

 

- ¿Hizo algo malo este pobre hombre? Apuesto que no…

- Mirá Nemesio, dijo don Ángel, como pidiendo permiso para retomar el hilo del relato. – Aquí la cuestión parece ser que a Pantaleón tenían que agarrarlo de una forma o de otra… Que Villalba lo necesitaba…

 

- Es que me parece claro que lo entregaron y quiero comprender por qué…

 

Puede ser nomás que lo hubieran entregado. Porque en su primera declaración, los dichos de Pantaleón Ramírez difirieron totalmente de lo afirmado por Villalba. Reconoció haber sido soldado baqueano del regimiento del Coronel José Luis Molina y que a la muerte del oficial corrió una versión de boca en boca, acerca de que no les darían la baja y que los obligarían a seguir sirviendo en el ejército. Dijo Pantaleón que entonces, el cacique Chanil (39) le aconsejó que se fuera a las tolderías de Marinecul, y a la vez le prometió que le conseguiría su baja.

 

Pantaleón pensó después que se había apresurado y que los pasos comprometidos habían sido errados. Por eso se presentó al mayor Villalba y también del jefe militar recibió promesas: que gestionaría su perdón ante las autoridades del Independencia, consiguiéndole allí mismo el cargo de lenguaraz. También le aconsejó que mientras tanto dejara las tolderías y se fuera a vivir con Andrés Burgos. De esta forma explicó Ramírez sus movimientos entre toldos y establecimientos agrarios.

 

- Sigo creyendo que lo entregaron. Tanto el Burgos éste, como Villalba. Que el pobre estaba harto del trato que le daban en la milicia. Y que de todas formas no estuvo en falta viviendo con Marinecul.

 

- ¡Acá está el nudo del problema! Fijate –dijo don Ángel- que los jefes del Independencia y Marinecul eran la misma cosa. Que los dos estaban igualados ante Rosas… ¿Cómo iba a saber el pobre paisano a quién beneficiar primero con su obediencia?

 

- Que por ahí no hubo ni venta de tropilla de yeguas a los indios, ni robo a los Anchorena. ¿Eso querés decir?

 

Eso y algo más quería expresar el paisano García en su fraseado trabajoso y cansado por lo pronunciado del ángulo que dibujaba la tarde sobre el patio de ladrillos. Que cuando Pantaleón se decidió a salir del cuartel, lo hizo creyendo en las promesas de Chanil.

 

Porque Ramírez sabía que … el dicho cacique lo que pedía al gobernador lo conseguía (…) y que se haga presente que él no se ha pasado a los enemigos, que en las tribus que ha estado son amigos y viven entre nosotros…(40).

 

Uno de los hombres se había quedado dormido y le correteaban los piojitos entre las patas de la silla. Buscaban migas, pero por poco tiempo más ya que para un pájaro de las casas era hora de recogerse. Don Ángel García se dio cuenta entonces de que no conocía el final de la historia de Pantaleón Ramírez.

 

- ¡Pucha! ¡Qué lástima tener que inventarle una salida al mocetón este, que tantas ganas tuvo de vivir dignamente! Siempre es mejor que las cosas buenas salgan solas, sin que deba buscarlas …

 

No dijo nada más y dejó que el destino de Pantaleón Ramírez se cumpliera otra vez en la bahía de los bajos anegados. Que la comisión militar volviera al Fuerte Independencia y que el paisano liberado hasta del mismísimo miserable ejército, plantara rancho y formara hogar en la Villa del Napostá. Con veintinueve años cumplidos y cuidando yeguarizos.

 

Después don Ángel dejó que los últimos rayos del sol de ese día de noviembre se le subieran a la cara. Era un ángulo chato, de registro escaso el que trazaban los haces de luz. Las sombras ya iban levantándose desde los pastos. Entonces, este paisano del testimonio también se quedó dormido.

 

3. Aguas adentro

 

… sagaces sabios de la prole numerosa

que Dios sembró por el mundo

como Ulises la sal en los surcos:

os he vuelto a encontrar por todas partes,

tantos como la arena del mar,

vosotros, pueblos de cerviz altiva,

pobre y tenaz simiente humana.

 

Primo Levi, Ostjuden. De Ad ora incerta

Traducción de Ana María Cartolano

 

 

La primera generación de hijos del estuario vivió en la zozobra. Sus limitaciones se confundieron con el servicio a un gobierno lejano que no comprendía a los paisanos. Después llegaron los colonos. Fue cuando los nacidos entre 1830 y 1840 alcanzaron edad para ser padres. Ingleses, españoles y vascos (no debe confundirse a los dos últimos), italianos, suizos, franceses, alemanes, galeses, irlandeses… La legión italiana llegó para refuerzo de la seguridad, pero civilizó. Ellos y los españoles colocaron veletas en los techos; fueron los primeros en dialogar con el viento, protagonista de las pampas de sal y rastrojos. Por esos artefactos aéreos desde muy lejos se los reconocía. Gallos, caballos, carabelas, carretas, recortados contra el cielo en cien veletas. Pero Caronti (41) dispuso también contener al otro personaje protagónico del escenario sureño: los médanos. Y para hacerlo, introdujo el tamarisco.

 

La segunda generación de criollos del estuario fue la que inició migraciones. Buscaban justicia que sus padres no tuvieron, educación, belleza al alcance de los sentidos, y hasta paz mística. Y no era posible hallar ninguna de estas cosas en Bahía Blanca. Junto con ellos se volvieron parte de los colonos, sobre todo los que no eran ni españoles ni italianos. Los hijos de esas nacionalidades (tanos y gallegos) poblaron la pampa seca ocupando espacios que los criollos dejaban vacantes.

 

Muchos de los colonos se lanzaron mar adentro en la segunda mitad del siglo XIX. Y ello, aunque después decidieran volver a sus fuentes. La pampa era, en verdad, un océano desconocido, un mar verde y amarillo, fuente de riquezas que los europeos no tardaron en percibir como inagotables. La cuestión, como siempre, resultó explotarlas. O, como los que se fueron pensaron al irse, gerenciar a distancia su explotación.

 

Entre todos estos colonos, rescatamos ahora que está de moda el género de relatos de viajeros, a Georges Claraz, cuyos aportes momentáneos a la historia natural, etnología y arqueología de nuestro país fueron notables. Y decimos momentáneos, porque volvió a Europa donde vivió testimoniando sus conocimientos ¡casi hasta los cien años! Lo que dejó escrito, un verdadero tesoro sepulto, dio vueltas por oficinas, despachos de funcionarios y escritorios de investigadores e historiadores, hasta que finalmente vio la luz con forma de libro hacia finales del último siglo.

 

Mirador del Napostá

 

Claraz había nacido en Suiza y estudió ciencias naturales. En apariencia, por razones económicas, emigró de su país arribando a Brasil. Luego pasó a Argentina, y se radicó en las proximidades de Bahía Blanca. Concretamente se benefició con explotaciones agrícolas y ganaderas en lo que entonces se denominó Colonia Napostá, en inmediaciones del sitio donde bastante antes plantara su toldería don Venancio Coñuepán.

 

No hace mucho que se recordó al precursor Claraz, que había quedado olvidado durante casi todo el siglo XX. Contribuyeron a su rescate el Padre Meinrado Hux (42), así como también el investigador dorreguense Carlos Funes Derieul. El suizo había llegado a nuestra costa atlántica en 1859; ese mismo año exploró las sierras del Tandil permaneciendo en el lugar varios meses alojado en una estancia de avanzada en el desierto. Dice Casamiquela que allí aparentemente se le despertó interés por la geología particular de esta isla de rocas en la inmensidad de la planicie pampeana (43). Más tarde describió el complejo de Tandilia, con la colaboración de su socio Heusser (44). Y hubiera hecho lo propio con Ventania, si no hubiera sido por la belicosidad de los indígenas que ocupaban el Casuatí.

 

Entre 1865 y 1866, George Claraz viajó por la Patagonia norte. Según reconoce Casamiquela, sus observaciones son más las de un investigador, que las de un simple cronista o viajero explorador. Partió desde el río Negro y se internó en Chubut, con la intención de encontrarse con los colonos galeses que entonces arribaban a las costas argentinas. Su intención era realizar tareas de agrimensura que pensaba obviamente cobrar para mejorar su posición económica, por entonces aparentemente precaria (45). Bajó desde Carmen de Patagones hasta casi llegar a la colonia galesa de Chubut en el verano de 1865-66. Hizo la ruta de Valcheta, que era la que practicaban los indígenas. Claraz consignó, tanto en el texto como en los vocabularios de su diario, análisis geológicos,  listas de palabras tehuelches (46), topónimos que se han mantenido hasta hoy, animales característicos a los que compara con similares de Europa y Asia, y plantas con detalle de sus propiedades industriales, medicinales y hasta alimenticias.

 

Hizo también mención de los antiguos paraderos y sitios propios de los indígenas, tales como Comicó, Los Menucos, La Subida, y el mismo Bajo del Gualicho (47). Brindó además los datos necesarios para que sólo recientemente se ubicara en la meseta de Somuncurá (48) la famosa roca gualicho, yahmauk en tehuelche pampa, o yahmoc en escritura de Claraz. La piedra estaba entonces cubierta de leña, tal la ofrenda que los aborígenes colocaban sobre ella permanentemente. El suizo había descripto el paraje como el paraíso terrenal de los indios pampas. 141 años después del paso de Claraz, se la ubicó. El descubridor, funcionario del gobierno rionegrino y baqueano por excelencia del lugar, porta un apellido que lo convierte en vecino ilustre: Atilio Namuncurá.

 

Esta piedra, diosa de los tehuelches, es dueña de los guanacos; la primavera la visitan y obsequian (…) pidiéndole licencia para matar guanacos, si cuyo requisito no se atreverían a cazarlosLa  vieja, como le decían, constituía la carne de ulugássum, la deidad tehuelche auto-petrificada. A la que debía pedirse: Favoréceme cacica (con) tus guanacos, tus avestruces, tus animales… Hay quienes sostienen que también se consultaba como oráculo a la roca del gualicho (49).

 

En la orilla occidental (o suroccidental) de la pequeña laguna (Yamnago) se ve un montón de madera seca. Los indios dicen que debajo de él yace una piedra, que esa piedra es una vieja (Yahmoc) y que esa vieja es, sin duda, una diosa.  Ella es la dueña de estos campos y de los animales que viven en ellos. Antes de llegar a dicho punto, cada uno arranca una rama seca, la lleva consigo y la coloca en el montón, como ofrenda. Dicen que como es una vieja que ya no puede juntar leña (entre los indios, el juntar leña es tarea de las mujeres; sólo cuando son viejas no salen más a juntarla), éste es el regalo que más aprecia. Se acercan al montón con respeto, no cabalgan delante de él, sino que lo rodean en un semicírculo, dirigiendo una oración a La Vieja. Le ruegan que los proteja cuando están a caballo y que les dé carne gorda de sus campos (50).

 

Un viaje a la cultura de los antiguos

 

El navegar aguas adentro de Claraz fue fundador de nuestra independencia, aunque lo advirtiéramos tarde. Gracias al maestro Casamiquela, para variar… Claraz se hizo acompañar de baquianos que eran indígenas (Manzana), de mestizos de india y blanco (Hernández), de zambos (Vera), y al mismo tiempo fue exponiendo a la vista de sus lectores de dos siglos a los tradicionales tehuelches, a los pampas resultantes de la cruza de patagones con mapuches, a los propios aucas venidos del occidente empinado.

 

Describió a los indígenas como nadie antes. Como nadie por mucho tiempo después. Que quiere decir: reveló y pintó fielmente nuestras raíces. Claro que este hallazgo quedó oculto por mucho tiempo, tal como quedase dicho antes, y si alguien con poder intuía la verdad de Claraz  en el curso de los últimos cien años, seguro que hacía lo posible por deformarla.

 

Testimonió, por ejemplo, la corrupción que imponía a la raza más débil el conquistador y el gobernante. Táctica de dominación y de más sencillo exterminio. Chingoleo, uno de los primeros caciques que impulsó a Claraz por el camino correcto, estaba borracho, y así también la mayoría de sus indios (51). Los boroganos, que se afeitan la cabeza como los monjes (vimos algunos en Patagones) comercian en Arauco (52). Es decir, que el suizo veía a los indígenas abroquelados en sus tradiciones, resistiendo en todo momento el embate europeo y la incomprensión del criollo.

 

Y a continuación interpreta nuestra música, el clamor de nuestra raza. Dice, por ejemplo que (los indios) siempre se acuestan con la cabeza hacia oriente y los pies hacia el este. No saben el por qué; sólo dicen que si no se hace así es muy malo. Pero cuando emprenden un viaje, duermen con la cabeza puesta en dirección al punto final de su jornada. Al rezar, lo hacen con la cabeza vuelta hacia oriente. Mas cuando imploran al viento o al huracán, vuelven la cabeza hacia donde viene el viento o el huracán.

 

¿Y qué decir de la relación de los indios con sus caballos? ¿O de los aborígenes a partir de sus caballos? Porque si los caballos se pierden durante la noche y vuelven de nuevo a la querencia, el indio regresa, porque (aquello) es un mal augurio. Si los caballos van en dirección al viaje, (ese hecho) se considera un buen augurio.

 

Nunca se debe pasar por encima de un indio que está acostado, es decir, saltar sobre él; dicen que trae mala suerte. La peor maldición le caerá al que pasa por encima de una mujer con menstruos. Cuando ordeñan, ofrendan primero leche para su dios (53). Era constante, en efecto, el respeto a lo sobrenatural. Pactaban tanto con las fuerzas de la luz como con las de la oscuridad, previendo hechos de magia que otros pudieran cometer para perjudicarlos.

 

Los indios echan cuidadosamente al fuego, para que no haga daño a otro, el pus de un abceso. Vera tuvo también un “nacido” y creyó que Hernández no había quemado con bastante esmero su pus (…) (Los indios) al partir, gritaron e hicieron gritar a los otros. Los chilenos gritaban “yahoho”. Dicen (sobre esto los pampas y los tehuelches tienen la misma idea) que al ponerse en marcha es necesario proferir durante cuatro días seguidos después de la partida estos gritos de alegría, con lo que el hombre demuestra no solamente que tiene el corazón puro y contento y que nada podría malograr su viaje ni le aflige, sino también que no abriga pensamientos tristes…” (54).

 

Por eso ofrendan crines, para que los caballos no se fatiguen y trapos y jirones que arrancan de sus ponchos o trajes, para que no les suceda nada malo. Introducen todo esto con el cuchillo en las blancas capas de yeso. Imploran al dueño del bajo para que les sea propicio (55) (…) En el camino vimos un amontonamiento de piedras en la cumbre de una loma y un segundo amontonamiento junto a la colina del paradero en Baltéscha o Valcheta de los cristianos. Llegamos bastante temprano al paradero. Subí a la loma para examinar el amontonamiento de piedras. No pude cavar, pero hasta el suelo no había señales de fosas. Darwin observó  montones parecidos en la Banda Oriental. Los indios dicen que existen muchos aquí y que el diablo los nace de noche. Los cristianos creen que los hacen los tehuelches para pasar el tiempo. Tienen un diámetro de siete u ocho metros (56) (…) Cuando viajan (los indios) por el camino sin hacer Camaricu (57), a veces ofrecen a la madrugada el corazón de una oveja o yegua al Sol, es decir a su dios, como sacrificio o plegaria, para que les sea propicio (58). Hernández me pidió mi cuchillo para “desvasarse”. Esta operación la hacen con todo cuidado, para que el viento no se lleve ningún pedacito de auña. Las juntan todas y las ocultan en la tierra. Lo mismo hacen con el cabello, o si no, lo queman. Vera quemó la crin de su yegua. Todo esto tiene que ejecutarse con tanto cuidado, porque los tehuelches, en su mayoría brujos, pasan por aquí todos los años (59).

 

El carácter del indio se distingue menos por la inconstancia que por el hecho de que es un hombre del momento. Con cuánta frecuencia se ve a una mujer levantarse de improviso de su trabajo para ocuparse de cualquier bagatela. Así, los de Bahía Blanca venden sus galletas para comprar otras al día siguiente (…) El chileno, por ejemplo, ya se viste en forma parecida al gaucho, mientras que el pampa conserva su quillango. Más rutinario aún es el tehuelche. Y peor todavía son los fueguinos (60).

 

Gran capacidad de expresión y síntesis la de este itinerante para nada extraviado, y ya en madura posesión de los códigos culturales de las pampas al sur. Creemos interpretar que Claraz ha notado que a mayor esperanza de sobrevida, menor abandono de las pautas culturales. Queremos decir entonces que los tehuelches meridionales, y que los más australes, siempre retraídos, y sin invasiones comprometedoras de los blancos, han podido rescatar y proteger su cultura. Los mapuches y los tehuelches septentrionales, en cambio, por su mayor exposición al avance cristiano y a la propia necesidad de migrar, han ido mutando sus pautas culturales. Y a propósito de la evolución cultural:

 

Los indios tienen razón al decir que aquí los guanacos y avestruces son muy mansos. A menudo bolean los avestruces de a pie. Los tehuelches, se dice, son más seguros a pie que a caballo. Cuentan que los antiguos poseían cuchillos de cuarzo y carecían de caballos, salvo los cargueros. Sin embargo, cazaban guanacos y avestruces ¡y nada menos que con las manos! Parece que sus recuerdos no van más lejos (…) Los indios duermen bastante. Primero se levantan las mujeres,, que van al río para lavarse y gargarizar; luego encienden fuego y preparan algo para comer. Los hombres se levantan más tarde y también van a lavarse y a gargarizar (61).

 

Dicen que a los antiguos les gustaba descansar junto al agua, pero hoy no. Si un indio muere durante el viaje, se quema todo y los deudos desparraman cuentas en el lugar donde tenía su cama. Estas no quedan mucho tiempo allí, pues otros, que no son deudos, las buscan y las recogen poco tiempo después. Luego entierran al muerto en un lugar apartado y escondido; lo dejan al pie de alguna barranca sobresaliente, cosido dentro de pieles, hasta que se seca, y lo entierran más tarde en un cementerio (62). Vimos allí perlas de vidrio y muchos palos de yerba. Era una tumba. ¡Cómo me hubiera gustado abrirla! Pero casualmente habíamos hablado ese día sobre los muertos y los indios me habían preguntado si era cierto que entre nosotros se abrían los cadáveres. Decían que debía matarse a quienes profanaban un cadáver. En vano traté de hacerles entender que las autopsias se hacían para progreso de la medicina. Sostenían que también sin ellas los indios curaban bastante bien. Les dije que también los indios, algunas veces, abren los cadáveres. Contestaron que sólo pocos lo hacían, sobre todo los boroganos, y que lo hacían practicando sólo una pequeña abertura para sacar la vesícula biliar y ver si estaba llena y si tenía, por lo tanto, fuñapué (63). Decían que, por ejemplo, los cristianos no pueden curar una picadura de araña, en cambio ellos sí y de una manera fácil. Hacen un agujero en la tierra, en el cual se sienta el enfermo, y lo tapan con tierra hasta el cuello; así lo dejan un rato; luego, sacan la tierra, y el enfermo queda sano (64).

 

Fuimos a dormir; el cielo se aclaró y se vio muy bien la Cruz del Sur y “Las Dos Boleadoras”. El frío era tan intenso que no nos pudimos dormir en seguida. Los indios me contaron que las Boleadoras junto al Avestruz tenían un gran significado. Al principio del mundo, un indio intentó cazar un avestruz y tiró las boleadoras, pero erró. Por eso, los indios todavía yerran a veces hoy en día. Si hubiese alcanzado al avestruz, los indios no errarían nunca. Eso fue anotado en el cielo, para que los indios lo recuerden siempre (…) Con este motivo, los indios me contaron que entre ellos existía una leyenda según la cual, cuando Dios creó al hombre, el carancho se alegró, porque vio que iba a conseguir gran parte de los desperdicios de su caza, como las vísceras; pero cuando vino al mundo la primera mujer, se quedó triste, porque la mujer es muy poco diestra y no sabe cazar. Es una leyenda que conviene bastante bien a un pueblo de cazadores (65).

 

Las leyendas, en efecto, revelan los orígenes de cada necesidad y cómo la han satisfecho los primeros padres. Yo estaba acostado, cuando oímos un grito como el de una lechuza, y pequeñas aves, que no pude distinguir en la oscuridad, pasaron volando. Todos los indios se asustaron y los dos chilenos creyeron que era la pequeña lechuza y gritaron: “¡Oh, Huecuvu merke!” (mensajero del diablo). Manzana y Hernández le gritaron al pájaro en su lengua que se alejara y que no les hiciera daño. Dicen que no es una lechuza. Llaman a este pájaro “atzischia gepenn” y dicen que el diablo lo envía para pelar el cutis a la gente. Los indios dicen que son aves nocturnas; por el grito y el modo de volar, me parece que es el caburé. También su tamaño concuerda (chotacabras) (66) (…) Hay otra cueva en Poyo, más o menos una jornada al sur del Limay (al norte de Makintschau), que no es la de Elemgassen. Los indios cuentan sobre ella una larga historia. Los antiguos, dicen, abandonaron en esta cueva a una vieja que no podía caminar más. Vivía allí de las raíces que llaman peya, y de ahí el nombre.  Un día encontró una raíz grande y profunda; no tenía suficiente fuerza para arrancarla. Entonces, orinó sobre la tierra para ablandarla, y ¡oh, milagro! La raíz se había transformado en un niño,  un muchacho que al día siguiente ya era grande y quiso salir al campo. La vieja le dijo que se fijara en las huellas que tienen esta forma (…) Unas pertenecen a un pájaro de largo cuello (avestruz) y las otras a un animal cuadrúpedo con cuello largo (guanaco), que eran buenas para comer. Le fabricó también flechas y un arco. El muchacho trajo el primer día un avestruz, el segundo  un guanaco y cuidó de la vieja hasta su muerte. Dicen que toda esta historia está pintada en la cueva (67).

 

Este viaje a la cultura de los más antiguos pobladores de nuestras pampas al sur, fue revelado –y esto es lo providencial y sorprendente- a partir de cien años después de ocurrido. Algo que posibilita descubrimientos espirituales, el rastreo de las constantes y de líneas directrices en la historia social argentina. Que no es poco, por supuesto. Claraz parece ser entonces, el último viajero que intentó integrarse a la cultura aborigen, un postrero emisario de la cultura europea que lejos de discriminar, abrumar o intentar borrar la diversidad, hizo pie en ella para intentar explicarnos cuál es nuestro origen común.

 

Manzana, Vera, Hernández y el propio Claraz, fueron hitos históricos, pliegues de un lienzo azul que cubrió nuestra tierra durante la segunda mitad del siglo XIX copiando alboradas y crepúsculos. La verdadera historia, en todo su esplendor, rusticidad e inmensa humildad. Viendo días pasados y una vez más La Dignidad de los Nadies (68), de Fernando Pino Solanas (69), me detuve en la expresión de un cartonero de Virrey del Pino (70), al que se le preguntó por un futuro de esperanza y nuevas oportunidades. Algo que –dijo el marginado- no es posible, porque nosotros ya fuimos imaginados.

 

Se los imaginó, por cierto, como perdedores, como personajes de una frontera incierta y condenada al olvido a fuerza de violación y saqueo. Igual sucedió con aquellas gentes del sur, al regresar Georges Claraz del Chupat y después, al volverse a Europa.

 

Habrá que volver por los cementerios…

 

¡Volver por las necrópolis para descubrir y saludar a tantos vecinos ilustres!

 

En el Cementerio de Punta Alta se sepultó a algunos de los jefes de origen tehuelche y vorogano, amigos de la Fortaleza o descendientes de los indios amigos. Aunque no se conozcan con exactitud los sitios en donde descansan. Ni se sepa tampoco dónde estuvieron antes los chenques, o cementerios indios que utilizaron las tres tolderías de indios amigos.

 

El recorrido por el cementerio de Bahía Blanca arroja algunas certidumbres más, y hasta ha sido utilizado periodísticamente para revelar una historia secreta de los primeros años de la ciudad (71).

 

El caso de Carolina Beltri, por ejemplo, una muy joven actriz de teatro, que se quitó la vida en 1919, encontrándose de gira en Bahía Blanca con la compañía familiar, en apariencia a raíz del incurable mal de amores contagiado por un médico bahiense casado (72). En su tumba de mármol  Carrara siempre hay flores. Increíblemente aparecen flores frescas todos los días. Y es una tradición que todos los artistas que llegan a la ciudad le rindan homenaje. Actores y de otras disciplinas. Dicen que uno de los últimos llegados al tan bien conservado mármol blanco níveo fue el cubano Silvio Rodríguez.

 

Carolina tenía 21 años cuando su compañía recaló en Bahía Blanca para actuar en el antiguo Teatro Colón –hoy Don Bosco-, y se dice que compartiendo aquel clásico adagio que expresa la obra debe continuar, los mayores de la hispánico-cubana familia Beltri continuaron con la función del día aún con el cadáver de Carolina desparramado sobre un sillón de los camerinos.

 

¡Que era un suicidio, muerte que condenaba al propío muerto, al asesino de sí mismo! Y que inhabilitaba al cadáver para la cristiana sepultura, decían quienes eran intérpretes mayoritarios de las tradiciones. ¡Que la memoria iría por un lado y las cenizas por el otro, a lo sumo! Y que además, en este caso la familia había hecho formal abandono de la muerta pecaminosa.

 

Se cuenta que el empresario teatral que había llevado la obra a la ciudad se hizo cargo durante muchos años del pago de los derechos del nicho. Y que después la historia adquirió tal popularidad que resultó difícil que un artista arribado a Bahía Blanca no concurriese a rendir culto emocionado a Carolina Beltri.

 

Hay emocionado recuerdo de Víctor Hernando y Hermenegido Hernández, dos aviadores integrantes como Antoine de Saint-Exupéry de la antigua aeroposta. En el cementerio bahiense hay sendas tumbas de piedra que representan sus muertes conforme el criterio impresionado del cincel. El primero en morir fue Hernando, que se estrelló en Sierra de la Ventana; durante su entierro, Hernández pasó con su avión, arrojando flores desde el aire. El mismo que después lo siguió en trágica muerte al estrellarse en Cabildo contra un tren (73).

 

Es posible encontrarse con la memoria de Felipe Caronti, ese italiano avezado tanto en  lides guerreras como en obras de ingeniería, reconocido como precursor bahiense.

 

Pero en tradición y recia memoria difícilmente aventajen otras tumbas a las de Sixto Laspiur –el primer médico bahiense- y su mujer, Ciriaca Palau –la primera maestra de la ciudad-, a su vez hija del capitan Eustaquio Palau, que llegó con Estomba. Este jefe fortinero había enviudado de Catalina, muerta en un malón, y se hubiera mantenido viudo si no hubiese sido por la disposición rosista por la que todos los soldados u oficiales solteros o viudos estaban obligados a casarse con las cautivas rescatadas que no quisieran regresar a sus lugares de origen. Así casó Palau y así nació Ciriaca.

 

El recorrido por el cementerio incluirá seguramente la tumba de Ezequiel Martínez Estrada, quien se encuentra sepultado junto a su bellísima esposa italiana (74), y a sus gorriones, a los que amaba como a hijos que nunca tuvo. Allí nos quedamos, arrobados por tanta paz, y del silencio rescatamos sus voces:

 

Tejes. Callamos. Yo leo,
que es mi modo de tejer.
La casa empieza a tener
frialdad de mausoleo.

¿Hace frío?
Sí; hace frío.
Pon otro poco de leña.
En el cuadro un árbol sueña
y frente a él corre un río.

¿Rafael no viene más?
¿Ya no viene más Irene?
¿Y Dora?
¿Y Pedro?
¿Y Tomás?
Ya ninguno de ellos viene.

Además, ¡cuántos se han ido
por éste o aquel sendero!
Otros nacieron, pero
también los hemos perdido.

Transcurren unos minutos
en una quietud tan pura
que el tejido y la lectura
son perfectos y absolutos.

¿Oyes? Salen de la escuela
los chicos.
Pues, ¿qué hora es?
Hablan y cantan. Después
sólo queda una estela.

¿Han llamado?
Sí, han llamado.
Nadie ha llamado a la puerta.
Está la calle desierta
como un camino olvidado.

El reloj marca una hora
cualquiera en la eternidad.
Esta sí es la soledad.
Nunca la sentí hasta ahora.

¿Es tarde?
Es tarde.
Cerramos
la llave de luz.

Salimos ¡Hasta luego!
Y nos dormimos.
Y después despertamos
(75).

 

 

(1) Vecino, documentado en castellano a finales del siglo X, viene del latín vicinus –vecino-, derivado del sustativo latino vicus –barrio, lugar, pueblo, aldea, villorrio, urbanización, asentamiento, colonia-. Afluentes son vecinal –siglo XIX-, vecindad –del latín vicinitas-, vecindario y avecinar –del italiano avicinare (acercar), derivado de vicino (cerca)- fuente: Hispanoteca, lengua y cultura.

(2) Entre nosotros, a un tiempo el connacional, el nacido en el campo y el individuo de la raza judía. La palabra paisano procede de pays (campo), origen a su vez de país y paisaje. Cuando un francés iba a visitar otras tierras y miraba el paisaje, relacionaba el campo con la gente que estaba trabajando en él. Por eso algunos dicen que el paisano es el compañero de paisaje. A su vez, pays procede del latín pagus (campo), lo cual permite derivar pagano, pero antes y sobre todo entre nosotros pago. Fuente: Etimologías de Chile (www.etimologíasdechile.net).

(3) Isla Cantarelli, así llamada porque los primeros que la edificaron fueron los miembros de la familia de origen italiano que llevaban tal apellido. Se trata del actual Puerto Rosales. No es una isla, sino de un istmo inundable en las altas mareas.

(4) Empresa con accionistas y capitales de origen holandés, fue contratada para las tareas de construcción del puerto naval militar. El llamado ferrocarril estratégico fue el que se tendió apresuradamente previendo el conflicto armado con el vecino país de Chile.

(5) Fuente: Revista El Archivo. Archivo Histórico Municipal de Coronel Rosales (Punta Alta).

(6) Puede consultarse al respecto: www.islaariadna.com.ar.

(7) Varela, José Pedro: Un girón de historia local, por el primer habitante de Puerto Belgrano. En Álbum revista Punta Alta ayer y hoy, editado con motivo del 33 aniversario de la fundación de Punta Alta 1898-2 de julio- 1933.

(8) Respetamos la escritura de la época; así se encuentra incluído el apellido en la memoria de antiguos pobladores.

(9) Probablemente muy próximo a lo que es hoy el casco histórico de Punta Alta.

(10) La palabra jaguel deriva de quichua jaguei o jaguey. Se trataba de una de las formas de surtir de agua a los animales en las épocas de sequía.

(11) Se ha pretendido explicar el origen de la palabra a través de dos corrientes. Los americanistas, hacen derivar el nombre de la voz mejicana pulque o de la mapuche pulcu. Por su parte, los hispanistas se apoyan en el latinismo pulpa. En caso de la voz mapuche, parece difícil que se haya establecido tan rápidamente contacto con los indígenas como para incorporar vocablos, ya que referimos las primeras pulperías del Río de la Plata hacia el 1600. En cuanto a la denominación española pulpear era comer bien, por llamar pulpa a la carne. Finalmente, parece respetable el origen en la voz mejicana pulque, ya que pulquear significaba tomar aguardiente de maíz, que se elaboraba por la fermentación de la pasta machacada del maíz, que llamaban pulpa. Fuente: Jorge A Bossio: Historia de las pulperías. Ed Plus Ultra, Buenos Aires 1972.

(12) Las primera ediciones que se vendían por escasa monedas llegaron a la campaña impresas en papel de diario, con tapas verdes o grises. Hoy son inhallables.

(13) La Gazeta (www.lagazeta.com.ar/pulperia), verdadero folletín virtual del corazón federal argentino…

(14) Es decir que, llegada la hora, muy posiblemente no se atreviera a pelear.

(15) Sin antecedentes de estafas o traiciones cómplices, como en el caso del pulpero del Martín Fierro.

(16) Enumeración aún más amplia en La Gazeta (fuente que antes mencionamos). Aquello de no poder fabricar pan ni aún venderlo es resabio de las leyes de Indias, según las que ¨… el que tuviera trato de amasijo no puede ser pulpero…”.

(17) Tradicional valsecito criollo, estrenado en 1929, con música de Enrique Maciel y letra nada menos que de Héctor Pedro Blomberg. La versión más difundida es la Ignacio Corsini, con guitarras del mismísimo Negro Maciel, Pagés y Pesoa.

(18) El término define a un comerciante de escasa monta. Es el que comercia chifles, denominación con que apela el castellano a las cosas inútiles, excesivamente comunes u obvias.

(19) Ese nombre, que es mapuche –era la lengua habitual en esa época, independientemente de la etnia a la que perteneciera cada familia-, significa piedra luminosa.

(20) Sitio emblemático como pocos, ya que a comienzos del siglo XX fue el elegido para el emplazamiento de un muelle comercial en Puerto Militar.

(21) La historia se desarrolla en 1885, etapa final de la mal llamada Conquista del Desierto. Los malones habían cesado en 1872; los guardias nacionales sobrevivientes regresaban lentamente a la vida civil.

(22) Fernández Garay, Ana: El nguillatún o pedido de mano entre los ranqueles de La Pampa. Universidad Nacional de La Pampa. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. La autora dedica parte del trabajo a comparar las costumbres de los antiguos ranqueles con los vestigios de ceremonias similares entre tehuelches y mapuches; asimismo, refiere el encuentro de estas tradiciones con las costumbres de los españoles y criollos.

(23) Circa 1860, el diario Meteoro de Los Angeles, Arauco, Chile, publicó una de estas listas de precios: Bueyes gordos $ 50; idem de arreo $ 35 a $ 40; vacas gordas $ 30; idem de arreo de $ 22 a $ 25; novillos de matanza $ 38; idem de dos para tres años de $ 22 a $ 26; terneros de arreo de $ 14 a $ 15. Conforme Jorge Luis Rojas Lagarde: El malón de Tres Arroyos en 1870 y Malones y comercio de ganado con Chile en el siglo XIX, Faro Editorial, Buenos Aires, 1995 –pág 106-.

(24) Hasta hay quienes ubican a Dionisio Morales encontrándose con el contingente de Venancio Coñuepán, meses antes de la fundación de la Fortaleza Protectora Argentina.

(25) Uno de los primeros lenguaraces; natural de Chile.

(26) Conforme Silvia Ratto: Rompecabezas para armar: el estudio de la vida cotidiana en un ámbito fronterizo. Memoria Americana, UNQ/ UBA/ CONICET. Enero-diciembre 2005.

(27) A cargo del fuerte de Arrecifes.

(28) Cena, Juan Carlos: El ferrocarril y el campo: vínculos y apegos. Buenos Aires, Argenpress.info.

(29) Cena, Juan Carlos: op cit.

(30) Fuerte Independencia, ubicado en territorio de la actual ciudad de Tandil. Fue fundado en 1823 por el Brigadier Martín Rodríguez.

(31) Chocorí, gran jefe, cacique y toki de los tehuelches septentrionales, como principal responsable que era del movimiento de arreos a la isla de Choele Choel.

(32) Versión textual de las actuaciones judiciales, recogida en Ratto, Silvia: Caciques, autoridades fronterizas y lenguaraces: intermediarios culturales e interlocutores válidos en Buenos Aires (primera mitad del siglo XIX). Mundo Agrario, Revista de estudios rurales, vol 5, n° 10, primer semestre de 2005.

(33) Idem anterior.

(34) O Quiñehual, apellido de origen mapuche, herencia del cual queda tanto en Río Negro como en todo el Arauco y Chile. Se supone que este cacique plantaba sus toldos en Sierra de la Ventana.

(35) Ratto, Silvia: op. cit.

(36) Sudeste de la Provincia de Buenos Aires. Localidad en las márgenes de los arroyos Grande y Chico, lindante tanto con el Partido de Tandil como con el de Lobería.

(37) Cacique procedente de Chile, justamente establecido en las márgenes del Arroyo Grande.

(38) Ratto, Silvia: op. cit.

(39) Cacique presente, junto a Catriel y Cachul, en la firma del tratado de paz con Rosas, del 1 de enero de 1834.

(40) Ratto, Silvia: op. cit.

(41) El Capitán Caronti, junto con otros militares integrantes de la Legión Agrícola italiana, como Susini y Cerri, fueron protagonistas de la primera industria bahiense.

(42) Autor de Georges Claraz (1832-1930) Un investigador y explorador suizo en Sudamérica. Buenos Aires, Editorial Pucará, 2004. El padre Meinrado Hux es de la Orden Benedictina, y vive en el Monasterio que dicha orden ocupa en Los Toldos.

(43) Claraz, Georges: Viaje al río Chubut –Aspectos naturalísticos y etnológicos- (1865-1866). Ediciones Continente. Buenos Aires, 2008. Estudio preliminar y notas de Rodolfo M Casamiquela.

(44) Christian Heusser había sido profesor de Claraz. Fue su amigo íntimo y compartieron intereses en el negocio agroganadero. Claraz y su fiel amigo Heusser consiguieron vastos campos en la zona de Bahía Blanca; aquél se ubicó con un campo mediano y modestas instalaciones, sobre el río Napostá grande, a 10 km del actual casco urbano de Bahía Blanca. Ambos adquirieron después otros terrenos en las cercanías, alrededores de Nuestra Señora del Carmen de Patagones, en Paso Falso y en China Muerta.

(45) No sólo no obtuvo este trabajo, sino que en 1870, el gran malón de los huilliches sobre Bahía Blanca, lo dejó a Claraz sin animales y en franca bancarrota.

(46) O pampas. En rigor, entonces en plena crisis, palabras de la lengua que hablaron los tehuelches septentrionales.

(47) De este sitio nos ocupamos largamente en el primer trabajo del libro.

(48) Voz mapuche que alude a que las piedras hablan por efecto del viento. Allí está el paraje llamado Yamnagoo, que en lengua tehuelche quiere decir abrevadero, lugar en donde van a beber los animales.

(49) Claraz, Georges, op cit. Se reprodujeron párrafos correspondientes al apéndice redactado por Atilio Namuncurá, del Codema, Viedma. Págs 277/ 280.

(50) Claraz, Georges, op. cit. Pág 84.

(51) Hermano de Yanquetruz, padre de Los Linares.

(52) Señala también que Aucatsch se llamaba a los valdivianos, a los de Chile y Arauco en general. Y en nota aclara Casamiquela que boroganos o voroganos son los araucanos propiamente dichos, de los región que se extiende de Temuco al suroeste. Aukache significaba gente alzada, indómita, malonera, como efectivamente revelaba el comportamiento de los valdivianos.

(53) Claraz, Georges, op. cit. Pág 57.

(54) Claraz, Georges, op. cit. Pág 58.

(56) Claraz, Georges, op. cit. Pág 65.

(57) Camaricu:

(58) Claraz, Georges, op. cit. Pág 72.

(59) Claraz, Georges, op. cit. Pág 88.

(60) Claraz, Georges, op. cit. Pág 87.

(61) Claraz, Georges, op. cit. Pág 93.

(62) Claraz, Georges, op. cit. Pág 170

(63) Voz araucana que significa veneno.

(64) Claraz, Georges, op. cit. Pág 107.

(65) Claraz, Georges, op. cit. Pág 108/ 109.

(66) Claraz, Georges, op. cit. Pág 126/ 127.

(67) Claraz, Georges, op. cit. Pág 159.

(68) La Dignidad de los Nadies (Historias y relatos de esperanza), film multipremiado en Venecia 2005, Valladolid, Montreal y La Habana. Declarada de interés educativo por el Ministerio de Educación de La Nación. Cinesur SA. cinesur@fibertel.com.ar. www.pinosolanas.com. Historias y testimonios conmovedores de la resistencia social en la Argentina frente al desempleo y el hambre producidos por el modelo de la globalización.  Son relatos de solidaridad, pequeñas historias contadas por sus protagonistas, héroes anónimos con propuestas grupales que vencieron el desamparo y reconstruyeron la esperanza.

(69) Véase en anexo: Solanas, Fernando Ezequiel (Pino).

(70) Virrey del Pino, una de las más miserables localidades del gran partido suburbano de La Matanza. Los pobladores, casi todos llegados del interior y con sangre aborigen en sus venas, viven al margen de los más básicos derechos humanos, olvidados, molestos para el poder, condenados a la desaparición.

(71) Véase al respecto www.ecodias.com.ar en su edición del 25.01.2009, o bien http://revista.blog.pangea.org.

(72) Historia tomada por María Rosa Lojo en su volumen de cuentos históricos “Amores insólitos de nuestra historia”. Buenos Aires, Alfaguara, 2001.

(73) www.ecodías.com.ar y http://revista.blog.pangea.org.

(74) Fue ésta otra fulgurante historia de amor. Véase en anexo: Morriconi, Agustina.

(75) Ezequiel Martínez Estrada: Tejes.


3 comentarios to “Separando la paja del trigo:”

  1. Hola:
    Te quiero hacer una pregunta, estos relatos que cuentan han pasado en realidad o es fantasia? y si es realidad de donde sacaron los datos? Gracias Jose Nardini

  2. Separando la paja del trigo.. I like it :)

  3. La isla cantarelli era el paraiso de los pibes !!, teniamos 9 ó10 años y lo pasabamos pescando y bañandonos , era un lujo !, puerto rosales igual, despues los militares arrasaron con todo, como de costumbre. Soy Puntaltense del año 1945.

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