Tadeo Isidoro Cruz: la historia detrás del cuento

Anotaciones de aproximación a la historia en que se basó Borges

 

Sobre Biografía de Tadeo Isidoro Cruz

 

Una historia, sobre la historia, que a su vez dio lugar al Martín Fierro -nuestro poema nacional-

La historia está presente en nuestra literatura, y no es para menos. Tenemos una historia breve, reciente, nos separan sólo seis o siete generaciones de los hechos de mayo de 1810. Borges encuentra en la supuesta historia de Tadeo Isidoro Cruz, nada menos que a dos de sus ancestros –militares ambos- y nos presenta una secuencia fáctica perfecta hasta el grito que une la vida de dos paisanos: Fierro y Cruz. Hemos reconstruido esa historia apoyándonos exclusivamente en los nombres que cita Borges. Éste es el resultado:

Tras el fracaso de Rivadavia, tanto en el Congreso como en la guerra con el Imperio esclavista de Brasil, y disuelto el gobierno nacional (instituído por la Constitución de 1826), se desencadenó la crisis que culminó con la elección de Dorrego –jefe del partido federal- como Gobernador de la entonces reestablecida Provincia de Buenos Aires. El caudillismo porteño de Dorrego, protector de los de más abajo y conocedor de las necesidades del país, motivó una nueva reacción del partido unitario, que con la gravitación de Bernardino Rivadavia, del ministro Agüero y sobre todo de los instigadores Juan Cruz Varela y Salvador María del Carril, invistió al recién llegado General Juan Galo Lavalle  -héroe del ejército de los Andes y jefe de caballería argentina en la Guerra con el Brasil- con poder suficiente para derrocar a Dorrego y hacerse nombrar Gobernador en su reemplazo. Tal, la revolución del 1° de diciembre de 1828, primer hecho de extrema gravedad en la secuencia de  ¨golpes militares¨ argentinos. El gobernador derrocado reunió fuerzas populares para intentar su reivindicación; en rigor intentó organizar a los miles de seguidores que salieron con él de Buenos Aires o bien se le fueron sumando en la campaña. Se trataba de fuerzas integradas por gauchos, paisanos de las afueras de la ciudad y negros libertos, con escasa preparación y escaso armamento. Este contingente chocó con el muy organizado y ejército profesional de Lavalle en Navarro y fue virtualmente destrozado. Poco después, en un episodio crítico de la historia nacional, Dorrego fue fusilado, y sus fuerzas trataron de reorganizarse dirigiéndose a Santa Fe para sumarse a las del Brigadier Estanislao López, General en Jefe de las fuerzas nacionales por delegación efectiva de Manuel Dorrego. En suma, aquéllas a las que Borges llama ¨montoneros¨ (que ¨venían del sur¨ punto cardinal que Borges identifica con la ¨barbarie¨) eran fuerzas populares que luchaban por defender la legalidad: reinvindicar a un gobernador depuesto por sediciosos. Y su referente (López) era algo así como el comandante en jefe del ejército nacional. El coronel Manuel Isidoro Suárez –ancestro de Borges-, el héroe de Junín, otro de los oficiales del ejército de los Andes, que estaba a cargo de la caballería de Lavalle, venció y dispersó a las fuerzas que se dirigían al norte, en cercanías de Pergamino, entonces frontera norte con los aborígenes asumidos como ¨salvajes¨. Esa batalla fue Las Palmitas; en ella un sable partió el cráneo del padre de Tadeo Isidoro Cruz y uno de los jefes de las fuerzas legales fue hecho prisionero: Manuel Mesa. Aparentemente el personaje del cuento de Borges se mantuvo en la zona, porque trabajó en el establecimiento de Francisco Xavier Acevedo, un patricio argentino, sobre cuyas heredades se fundó el pueblo de Acevedo, a pocos kilómetros de Pergamino, y cuya descendencia industrializó el acero nacional en Acindar. Como fortinero, Cruz contuvo a los indios bajo las órdenes de Eusebio Laprida –otro ancestro de Borges-, que demostró heroicidad en la batalla de Vuelta de Obligado, era sanpedrino y llevaba como segundo apellido por franca casualidad ¨Acevedo¨. Laprida acompañó al general José María Flores en su invasión a la provincia de Buenos Aires, asistiendo al combate de las Lagunas de Cardoso, el 23 de enero de 1856, contra las fuerzas porteñas al mando de los generales Wenceslao Paunero y Bartolomé Mitre, peleando Laprida con 30 hombres contra 200 indios, hasta quedar 22 heridos y entre ellos él mismo, no obstante lo cual los sacó e hizo formar, logrando salvarlos a todos. Con respecto al jefe militar de la frontera Sur, el coronel Benito Machado, en cuya jurisdicción un gaucho alzado y desertor había muerto a un moreno en un lupanar, se trató de un genocida recordado por las matanzas de indígenas que ordenó. Fundó Tres Arroyos y se recuerda que, en su doble condición de comandante militar y estanciero, utilizaba a los fortineros como peones gratuitos en sus campos. Recuérdense aquellos versos de Fierro, en que se queja de que los jefes los mandan a trabajar en sus campos. Finalmente, vuelve a mencionarse a Manuel Mesa, dado que el radio de acción de Cruz no ha variado demasiado desde su nacimiento. Mesa fue hecho cautivo en Las Palmitas, en cercanías de Pergamino, y enviado a Buenos Aires; allí se lo ejecutó en la plaza de La Victoria.

El resto de la historia creemos conocerlo: Fierro y Cruz fueron campo adentro, a las tolderías de los salineros probablemente, y allí Tadeo Isidoro murió víctima de una epidemia.

 

Ahora el cuento:

 

Jorge Luis Borges

(1899–1986)

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz

(1829-1874)

(El Aleph (1949)

I’m looking for the face I had
Before the world was made.

Yeats: The Winding Stair.

         El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.

Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desempeñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.

          En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:

          En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció… El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y ¡os suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.


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