¡Bicentenario!

En la semana embanderada y de escarapelas llevar

En estos días todo el mundo saca a relucir las banderas y se pincha una escarapela en el pecho. Me pregunto si alguien sabe de qué estamos hablando cuando decimos bicentenario. Referimos doscientos años de historia con todo lo que en la inmensa bolsa de tanto tiempo puede caber. De lo bueno. Y de lo malo también. De lo rescatable y de lo que nos avergüenza. En esa bolsa hay suficiente texto para leer en alta voz, casi a los gritos y subidos a una tribuna. Pero hay muchísimo escrito en letra muy chiquita, o borroneado, o perdido porque el papel se amarillea y se lo comen los bichos… ¡Créame, paisano! Hay muchísimo de lo que nadie (o casi nadie, le concedo) quiere hacer memoria. Como el tema de la masacre de la Plaza de Mayo, esa del 16 de junio de 1955. Esté seguro de que forma parte del bicentenario y del festejo. Aunque si es por ella, las banderas deberían estar a media asta y las escarapelas deberían ser negras…

¿Cuánto tiene que ver Punta Alta, mi pago, en este triste episodio de nuestra historia?  Es que la ciudad del sudoeste bonaerense es también bicentenario. Y los pueblos originarios que hoy marchan reclamando lo que les escamoteamos, también son bicentenario.

Permítaseme la ficción, con la que me siento más cómodo para decir ciertas cosas. Escuche el relato, paisano. Después podemos comentarlo.

¡Junio!

por Carlos Enrique Cartolano

La masacre de Plaza de Mayo es una mentira,

no existió (…) ¿Usted alguna vez encontró una lista

de muertos, una placa, un monumento? Nada existió.

Si hubiera existido Perón ponía a las viudas

en la Plaza de Mayo …

Declaraciones de un marino complotado,

no identificado por el autor. De Alberto Carbone,

El día que bombardearon Plaza de Mayo.

Buenos Aires, Vinciguerra, 1994

I.

El río de este lado es diferente. No se sabe bien si es porque las costas son más altas, hay menos junco, o es más puro el aire. Lo cierto es que el agua brilla y la distancia invita; muy diferente a Buenos Aires, donde la mirada es corta, el conjunto plano y brumoso. Aunque de junio se trate. Mes frío, con el invierno poniéndonos al hombro, mayor caudal del río, niebla frecuente con su peste de naufragios. Es agradable contemplar la corriente aquí, aunque el invierno esté por comenzar, se imponga evocar el único terremoto rioplatense, y se ignore por cuánto tiempo habrá que vegetar.

En la librería de 18 de julio y Plaza de Cagancha, nada menos que junto a la Columna de la Paz, a Alberto no le alcanzan gestos y palabras para despertar de su apatía al marino argentino asilado.

– No se la haga más difícil, mi amigo… Si nadie coarta su libertad. Que no hable en medios políticos, en instituciones, vaya y pase. Pero aquí, y conmigo, desembuche hombre. Cuénteme. ¿Cómo fue aquéllo? ¿Cómo llegó…?

Era difícil que Néstor hablara. Lo sucedido en los días previos estaba a medio digerir. Diríase mejor, en etapa de masticación. ¡Y dolorosa! ¿Qué podía decirle a ese profesor de historia, amigable y servicial, que se le había acercado en la librería? Era uruguayo claro. Pero estaban en terreno argentino, porque ese era un refugio de asilados. Y entre ellos… ¿No tenía que comportarse él como un héroe en esos días posteriores a la traición? La traición…

Había pretextado con algo impreciso, eludiendo el compromiso de revelar cualquier detalle. Por la avenida corría un viento helado. El estuario era como un largo zaguán por el que se filtraba el chiflete invernal. Aunque las sudestadas no fueran previsibles en junio. Néstor recordó las famosas corrientes de su infancia, cuando todos en la casa bregaban porque se cerraran puertas y ventanas. Entonces era el sur de la provincia de Buenos Aires, donde difícilmente nevara, pero escarchar… escarchaba todas las madrugadas. ¡Cerrá nene, que hay corriente!

Se levantó el cuello del saco para proteger la nuca y caminó algunas cuadras más. Necesitaba hilvanar los hechos del miércoles y del jueves, incluso los del viernes después de su llegada a Montevideo. Ese día domingo, con un sol mansito y huidizo se prestaba para echar cartas. Pero debería ser la mesa de un bar algo más cálido.

Se internó en la ciudad vieja y después de un par de preguntas, recaló en el Fun-Fun, un bar tradicional donde se imponía probar una medida de Uvita mientras escuchaba tangos tradicionales –y esto es lo alentador-, tan uruguayos como argentinos. Se presentó a Amadeo en la barra; por él le habían recomendado que preguntara. El yoruga le alcanzó después, junto con la Uvita verde transparente, un platito con aceitunas negras y los diarios de Montevideo y Buenos Aires de ese día y tres anteriores. El hombre parecía entusiasta y solidario, aunque no tanto como para comprometerse sentándose con Néstor en la mesa.

II.

Héroe o asesino, Néstor se hundió en las crónicas y comentarios periodísticos relativos a los acontecimientos del 16 de junio. Ya sabía algunas cosas, ya había leído otras, muchísimo le habían comentado al llegar a Montevideo, pero ahora se conmovía profundamente al contemplarse a sí y a sus subordinados, y a los aliados de la Fuerza Aérea, en boca de cronistas de las dos orillas.

Continuó firme en sus convicciones, claro. ¿Qué otra cosa podía desearse que acabar con Perón y sus principales secuaces? Que la cosa volviese a quedar al derecho, con la gente en el lugar que le correspondía según clase y origen. ¿Cómo podía cambiar de opinión ante el aluvión zoológico, esa misma infección que soportaba la Armada en los niveles intermedios e inferiores? Santiagueños, salteños, correntinos, catamarqueños, tucumanos. De la provincia del norte que fueran… Tapes, a los que ahora llamaban coreanos, porque nuestros chinos del norte calcaban en su fetidez y desubicación a los asiáticos revulsivos.  Y Néstor, como tantos otros, estaba obligado a cruzarse frente a los bárbaros, como los ingleses, como los norteamericanos, héroes de la Segunda Guerra.

Era cierto que habían estado listos en Punta Indio a las seis de la mañana, y que se había retrasado el bombardeo porque era un jueves brumoso y se hacía difícil la navegación aérea. Que aquí mismo habían ganado tiempo sobrevolando. Entre Colonia y Carmelo, y que los hermanos de esta banda bien lo sabían y comprobaron. Que la primera bomba había sido la suya, la de su avión Beechcraft, que después llegaron los North American y recién a la tarde los Gloster Meteor. Y que a Perón no le dieron porque ya no estaba en la  Casa de Gobierno; eso ya lo sabía.

Que el ejército no se sumó como había prometido. Que hubo una cadena de traiciones. ¿Traidores traicionados? Y que la infantería fracasó por la impericia de sus comandantes, pese a contar con las armas belgas que el propio Almirante Rojas había hecho contrabandear en el Bahía Tetis. ¿Eso lo sabrán algún día?

De lo que Néstor recién se enteraba ahora era de la contundencia del ataque en su conjunto. De la cantidad de gente que podía haber muerto, aunque las crónicas no mencionaran cifras. Del estallido de dos trolebuses. Y sobre todo se enteró tarde, muy tarde, del vuelo rasante del último avión, del Gloster Meteor que arrojó sobre la multitud reunida en Plaza de Mayo, uno de sus tanques auxiliares de combustible. Aunque fueran trabajadores, aunque fueran cabezas negras, eso le pareció brutal a Néstor, demasiado directo…

Amadeo lo saludó cuando salía. – Me imagino que usted es radical, le dijo. – No, hombre, yo soy oficial de Marina. De política no sé nada.

Y era cierto. Era oficial de la Armada Argentina y enemigo de Perón. Nada más.

Cuando llegó al hotel se encontró con tres o cuatro de sus guardiamarinas celebrando alguna cosa. No sabía muy bien qué. Pero lo que fuera le resultó extemporáneo.

– ¡Buenas tardes, señor!, saludaron al unísono. – ¿Estamos autorizados a concurrir a una fiesta, accediendo a la invitación de nuestros anfitriones uruguayos?

– Están licenciados, señores. No necesitan autorización. Lo que sí les recuerdo es nuestro compromiso de guardar silencio sobre los acontecimientos de Buenos Aires.

– ¡Si, señor! ¡Gracias, señor!, volvieron a corear los jóvenes pilotos.

Mientras subía las escaleras, Néstor escuchó que sus subordinados cuchicheaban algo de Yo les dije…, Ellas me dijeron, por lo que dedujo que detrás del respetuoso pedido de autorización se escondía una cuestión de polleras. No estaba mal.

Pidió el teléfono para llamar a Amelia, su mujer. También hablaría nuevamente con Silvita, su hija. A ambas debía tranquilizar.

Continuó sin comer. Estaba asqueado.

Esa noche sufrió pesadillas. Soñó que de vuelta en Buenos Aires, sus subordinados eran oficiales de alta graduación. Los asistentes del Almirante Olivieri, Massera, Mayorga y Montes eran ahora los Comandantes. Y el Capitán que los había recibido en el aeropuerto militar de Montevideo, Suárez Mason, era el nuevo Perón argentino. Y en una y otra orilla del Plata, los militares se dedicaban a secuestrar, torturar y exterminar izquierdistas y obreros retobados. Se despertó sobresaltado cuando eran las ocho del lunes. Se dio cuenta de que ni él ni el mismísimo Perón aparecían en el sueño.

Se decidió a desayunar con jugo de naranjas y café negro para despejarse y mirar hacia adelante. Para limpiar el aire de telarañas.

III.

Como marino asilado de mayor graduación, Néstor sería recibido el siguiente martes por el Presidente uruguayo. Por eso, dedicó el lunes a pensar de qué manera agradecería al mandatario el buen trato recibido de los orientales.

Luis Battle Berres era conocido como el mandón y saludaba al pueblo uruguayo alzando los brazos en forma de U, tal como lo hacía el líder justicialista. Sin embargo, era acérrimo enemigo del Presidente argentino.

Battle recibió a Néstor de pie en su despacho. Al ingresar el marino argentino, se adelantó y lo abrazó. Tenía lágrimas en sus ojos.

– Señor Presidente, en nombre de las fuerzas armadas de mi país, yo quiero agradecerle…, comenzó Néstor. Pero no pudo continuar. Battle, visiblemente lloroso, exclamó:

– Vea… No se imagina lo que he rogado para que lo de ustedes saliera bien y mataran al atorrante ese que nos tiene al Uruguay bajo el zapato.

Y disparó al sorprendido Néstor algo más:

– Los uruguayos íbamos a vender carne a Holanda a un dólar y medio el kilo… Entonces, Perón agarraba y decía: A Holanda le despachamos a  un dólar veinticinco

Los asilados volvieron a Buenos Aires tras el triunfo final de los rebeldes, el 16 de setiembre siguiente. Ninguno de ellos esperaba que la estadía en Montevideo fuera tan breve, y menos los guardiamarinas que intentaban oficializar sus noviazgos.

Néstor formó parte de la comitiva que recibió las libertades de los jefes Olivieri y Toranzo Calderón. En el viaje de regreso, con la primavera a punto de estallar, los aviones dieron algunos tumbos en medio de una sudestada. Era el precio que debía pagarse al río, el dueño de ambas orillas.

Néstor aún debía enterarse de que los muertos habían sido cuatrocientos. Que los heridos eran cerca de tres mil y que unos ochenta eran lisiados permanentes. Que el 16 de junio habían caído en Buenos Aires más bombas que en Guernica.  Y que llegaría el día en que su sueño sería realidad.  Por eso debía continuar con el pacto de silencio.

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