Aportes para el bicentenario (¡También de los ingleses!)

Segunda Invasión Inglesa a Buenos Aires

Veinticuatro horas

Que el amor lo desata a uno. Y que con veinticuatro horas le basta para atar nuevamente, esta vez de a dos. Ambas verdades irrefutables desde aquel junio de 1807 en Buenos Aires, por entonces aldea y colonia española reconquistada de la anterior aventura inglesa.

La historia que quiero relatar comenzó por la mañana; serían las diez más o menos, cuando cuatro ríos rojos de rifleros y artilleros se lanzaron por otras tantas calles de la ciudad. Eran los ingleses que volvían, los colorados, los mismos que habían derrotado a Santiago de Liniers el día antes. ¿Pero qué hacían por las calles, encerrados entre tanto rancho y tanta barraca, encajonados al punto de complicar la propia defensa, si lo suyo era la lid en campo abierto? Error estratégico que, por simple simetría mental después de haber derrotado al también equivocado Liniers, parecía obligado. U optimismo, vaya a saber, pensando que la oferta británica del libre comercio encendería más de un pecho rioplatense.

Tres de las columnas fueron dañadas severamente. Ahora los ríos rojos corrían por los desagües, tantas eran las bajas de los ingleses sorprendidos por la porteñísima guerrilla urbana. Sólo la cuarta columna llegó al destino prefijado –el Retiro-; las restantes fueron aniquiladas.

Y además, dicen, dicen y repiten, que los rubicundos efectivos armados avanzaron asaltando cuanta taberna, almacén o pulpería se presentase en el camino, y que aplacados por el licor ocuparon dócilmente las miras de fusileros y artilleros, despreocupándose por cumplir órdenes y respetar estrategias. ¡Un verdadero desastre militar ocasionado por esa gentuza de tez oscura, baja y mal hecha!

Por lo que las barricadas, pozos y trincheras dispuestos por Álzaga a lo largo de las posibles vías de ocupación parecieron inexpugnables a los esbirros de Jorge el tercero. Y en una calle en particular, una taberna detuvo a doce de ellos. ¡Y con características pintorescas!

Era la actual calle Humberto Primo al 300, donde tenía su taberna Martina Céspedes. Allí se detuvo el contingente británico que reclamaba seguir mamando licor porteño. La mujer, una criolla guapa hija de españoles que contaría con cuarenta y cinco años por entonces, contestó que accedería a gratificar con sus bebidas a los soldados si éstos pasaban de uno en uno. Así fue recibiendo Martina a los beodos dentro del comercio, y atándolos individualmente en otras tantas sillas.

Y no estaba sola; con ella vivían y trabajaban sus tres hijas adolescentes, muchachas hermosas que a los ojos del vecindario, eran luciérnagas con enaguas.  Las cuatro ataron con coraje, fuerza y alegría, dejando fuera de combate a lo que por entonces quedaba de una compañía invasora.

Cómo terminó el día es historia conocida, escolar y académica por igual. Las fuerzas inglesas que quedaron a medio camino se refugiaron en el templo de Santo Domingo, y allí fueron atacadas por la artillería defensora, la que no dudó en bombardear una Iglesia católica con tal de obtener la rendición incondicional de John Whitelocke.

Veinticuatro horas después, Martina Céspedes se entrevistó con Santiago de Liniers, un verdadero caballero francés que en realidad se llamaba  Jacques Antoine Marie de Liniers-Brémond, administrador colonial bajo la corona española y héroe de la reconquista y defensa de Buenos Aires. Y dicen que ella puso a su disposición a los prisioneros británicos, aunque veinticuatro horas después no fueran doce los atados con gruesas sogas, sino solamente once. También dicen que, como Monsieur Jacques era –a conciencia- un codiciable caballero francés, nada objetó a Martina cuando supo que Pepa, de diecisiete años, la segunda en edad de las hermanas, había retenido en prenda a uno de los oficiales invasores.

Las hijas del medio, ya se sabe, son competidoras y aguerridas, al punto de que siempre salen con la suya. Aunque este no parecía un antojo dijeron algunos, sino más bien un profundo amor de ambos por el otro, nacido al desatar las sogas en tan sólo veinticuatro horas.

Y conste que, además, Monsieur Jacques premió a Martina con el cargo de Sargento Mayor, con derecho a uso de uniforme y paga. Con el cargo puesto y merecido, la tabernera  casó a Pepa con el inglés en poco tiempo; entonces estaba mejor visto ya que de invasor secuestrado había pasado a ser aliado de España contra Napoleón. Martina ubicó después a la quejosa mayor con un acaudalado comerciante y a la inocente menor nada menos que con un abogado del Cabildo.

A la sargento tabernera se la vió por última vez en la Procesión de Corpus Cristi de 1826. Lucía su uniforme, patriota desde 1810, y reconocido por el primer Presidente constitucional argentino.  Pepa fue madre varias veces; algunos de sus hijos fueron rubios y pecosos.

El inglés desatado y algunos irlandeses desertores permanecieron en Buenos Aires y sólo mucho después el complejo Almirante Fitz Roy quiso devolverlos detenidos al rey británico. Claro que fue resistido al punto de que su intento terminara en fiasco. Los británicos siguieron manejando el comercio rioplatense y hasta el día de hoy no han cejado en su afán de quedarse con lo ajeno.

Anuncios

~ por diasporasur en 4 abril 2010.

Una respuesta to “Aportes para el bicentenario (¡También de los ingleses!)”

  1. Grande fuera mi emoción
    por encontrar a mi primo
    a través de sus palabras
    que fueron cantos y signos
    que traspasó tanta historia
    entre los brazos de Dios.
    ¡A mi hermano, amigo, Coki
    jamás debo decir adiós!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: