Un gaucho distinto…

¿Otro Martín Fierro?

En el texto siguiente, Luis Franco intenta explicar el por qué de las contradicciones contextuales y en la tradición literaria de nuestro principal ícono gauchesco. Resultará necesario volver la mirada sobre el autor, visto su obligatorio reflejo sobre el personaje. Ineludible será también reubicarse en el tiempo histórico, social y político de las primeras ediciones de ¨El gaucho…¨ y de ¨La vuelta…¨ para intentar comprender popularidad, impopularidad, rescate y condena del Martín Fierro. Hemos fragmentado en partes el texto y hemos incorporado algunas notas, para que el mensaje de Franco surgiese con total claridad. Para poner la cuestión en sus más puros términos, digamos por último que: los gauchos, primeros operadores de las vaquerías y manos de obra de la extracción del cuero, eran mestizos de blanco e india (jamás de indio y blanca, éstos quedaban confinados en la toldería como indios puros). Gauchos e indios se temieron y no por casualidad jamás se comprendieron; esta circunstancia es uno de los mayores daños inferidos a nuestra nacionalidad, porque significó la extinción de los primeros -véanse, al respecto la obra de Álvaro Yunque: Calfucurá, la conquista de las pampas, Ediciones Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2008 y el interesante ensayo de M I Cárdenas de Monner Sans: Martín Fierro y la conciencia nacional. Editorial La Pléyade, Buenos Aires, 1977)-. Lecturas éstas que sirven también para medir la xenofobia martinfierrista en su total extensión.

Desde que Leopoldo Lugones (1), hace más de medio siglo, se empeñó en demostrar que Martín Fierro era algo más que un simple buen poema gauchesco, los argentinos se han ido convenciendo cada vez más de que se trata no sólo de un monumento de la literatura que encarna la esencia de lo argentino y de su sabiduría, como pueblo, sino que involucra todo un mensaje de redención social y nacional.

La insinuación de que estas tesis puedan ser, cuando menos exageradas, es lo que no puede aceptar ningún argentino que se respete como tal.

No intentamos ni remotamente entrar en debate sobre la cuestión en sí; sólo queremos recordar sucintamente algunas observaciones hechas por otros antes de añadir sin pretensión la nuestra.

La escasa originalidad del tema y del poema está fuera de juicio dado que Hernández es el último de los poetas gauchescos, y que Tiscornia (2) y otros han demostrado las influencias e imitaciones que traicionan el poema, cuando no los plagios inútiles que lo rebajan o denigran:

Era el águila que a un árbol

desde las nubes bajó…

¿Obra maestra literaria? Tal vez. No puede ponerse en tela de juicio –eso nunca- que Hernández es entrañablemente un poeta, y lo primero que se admira son la grandeza y minuciosidad de sus aciertos, se trate de un personaje o de una escena. Docenas y centenas de estrofas están ahí para confirmarlo.

Todo ello no puede obligarnos a cerrar beatamente los ojos a la asiduidad de sus ripios cuando no a sus galas retóricas, momentos en que sus versos parecen una reiteración de los de Mitre (3) o una anticipación de los de Ricardo Rojas:

Yo alabo al Eterno Padre

no porque las hizo bellas

sino porque a todas ellas

les dio corazón de madre.

U ocurrencias de truculencia infantil, como aquella del indio maniatando a una mujer con las tripitas del hijo recién carneado…

¿La sabiduría campera de Hernández? Es mucha, pero no un texto infalible, es decir, no (careciente) de transparentes lagunas como las señaladas por R Ortelli (4) y otros pájaros mimosos que no cantan en árbol que no dan flor, vacas maulas que retrasan el parto al mudar de querencia, lechones que nacen con teta predestinada, mayorazgo concedido al décimo huevo en la nidada de la gallina, y otros atisbos no más certeros que el de Olegario Andrade (5) alojando al cóndor en un nido pendular o el de Guido Spano (6) obligando a nadar a los flamencos confundiéndolos con pingüinos…

Con todo, esos son pecados veniales. La cuestión de fondo es otra. ¿Ha de ser tomado el protagonista del poema obligatoriamente como la representación genuina del gaucho, con su indómita vocación de independencia y autonomía, tal como aparece desde fines del siglo XVIII a través de los mejores testimonios?

Eso es discutible cuando menos. Por lo pronto lo que Martín Fierro añora a la entrada del poema no es la libertad cimarrona inherente al gaucherío o al gaucho típico sino la dependencia segura del peón de estancia (estrofas 23 a 42):

Pa darle un trago de caña

solía llamarlo al patrón.

Por otra parte su reiterativa jactancia bravucona, lo aleja de la reserva callada, propia del hombre de campo en general, y lo acerca no poco al compadre orillero, para no aludir a la dualidad del hombre que después de declararse aguerridamente ducho en toda faena de campo (estrofa 24, II parte) se muestra en otras como un profesional de las noches en blanco.

¿Y es que de algún modo –lo pregunto con ansia- puede ser la justa representación de un tipo social señaladamente cortés y hospitalario, según los testimonios ya vistos, el sujeto que inicia la serie de sus rebeldías contra la injusticia de los ricos y el gobierno burlándose soezmente de una pobre negra, provocando y obligando a pelear a su compañero, y todavía conteniéndose a duras penas al deseo de castigar a la viuda y retirándose al tranco? ¿Puede bastar a aliviar su culpa –ya no a exculparlo- el estado de semiembriaguez en que obró? (7) ¿Puede ofrecerse el cuadro como muestra de auténtica poesía nuestra según se usa?

Se nos hablará de la justiciera y libertaria pasión que respira, pese a todo, la primera parte del poema, de la certera y masculina gracia con que pone al desnudo la prócer infamia de patrones y gobiernos, pormenorizando las trapacerías sin fin de jueces, pagadores, comandantes y pulperos: la condición  de perro sin amo asignada al criollo pobre en la república democrática. Bueno, esa es la médula de león del poema, y sin ella todo quedaría en pintarrajeo folklórico, y es ella la que lo salva por encima de sus menguas.

Aún así y todo ¿podemos aplaudir, o callar siquiera cuando nos damos en la segunda época con que el héroe que regresa del desierto, en la cima de sus años y experiencias, ya no es el mismo y ha frenado tanto su pasión y sus ímpetus subversivos, que su sabiduría última, destilada en los consejos a sus hijos, es la de un hombre vencido y resignado (…)? (8) Si los caballos y las vacas –y también los avestruces y las mulitas- han sido dados por Dios a los estancieros, el gaucho debe morirse de hambre, pero no tocarlos,

Pues no es vergüenza ser pobre

y es vergüenza ser ladrón…

¿No hay remedio entonces contra la injusticia y la miseria? Sí: la resignación y la obediencia, pues todo desacato no hace más que empeorar las cosas:

El que obedeciendo vive

nunca tiene suerte blanca,

más, con su soberbia, agranda

el rigor en que padece:

obedezca el que obedece

y será bueno el que manda.

Podemos explicarnos ahora el entusiasmo martinfierrista sin retranca de los literatos estabulizados (9), que no hay otros, de los pequeños demagogos (…) y hasta de los regoldantes (10) miembros del Jockey Club…

José Hernández, real creador poético en un momento único de inspiración, era a la vez un pequeño intelectual que pagaba tributo a todos los mitos del medio y la época: la moral impartida (en la época), el (ideal) de la propiedad privada salpicando aún a los pobres, la redención política a cargo de Urquiza y López Jordán, el cultivo y culto de la vaca como nuestro destino manifiesto: un país cuya riqueza tenga por base la ganadería puede no obstante ser tan respetable como el que es rico por la perfección de sus fábricas… Lo que Hernández no sospechó –aunque otros sí- es que en nuestra época un país sin autonomía agrícola e industrial es un país con destino de satélite o de sacristán.

Hernández llegó a creer angelicalmente que la falsía y felonía del (paisano) era inferior a la del indio, y ponderó los extremos de la crueldad araucana, olvidando adrede que Calfucurá podría haber recibido lecciones del blondo vampiro de Palermo (11), o del cirujano del poncho (12) –jefe suyo- que mandó despedazar a Urquiza en medio de su mujer y sus hijos.

Nuestra intelectualidad del siglo pasado (nota de quien transcribe: siglo XIX) –salvo dos o tres cornejas de campanario- fue resueltamente anticolonial en su aspecto más típico: su voluntad de librar de la cortina de humo (…) la conciencia masculina, no menos que la femenina. Nuestro buen Hernández ni siquiera parece haber llegado a eso:

Con Mitre ha tenido la República que andar con el sable en la cintura. Sarmiento va hacer de ella una escuela. Pero ¿consentirá el Congreso, consentirán los hombres influyentes (…) que un loco que ya ha fulminado sus anatemas contra el clero y contra la religión, que ha dicho que va a nombrar a una mujer para Ministro de Culto, que es un furioso desatado, venga a sentarse en la silla presidencial? (José Hernández en La Capital, de Rosario, 21-VII-1868).

¿Alcanzó a sospechar Hernández que la conquista del desierto no era una empresa de civilización y de justicia humana sino un negocio progresista de la casta (de los estancieros), y que vencido el indio por agencia del gaucho, ambos quedarían vencidos por la misma coyunda? No. Hernández fue sin duda tan ciego como cualquiera de sus coetáneos para columbrar el fondo del problema, esto es, que en la campaña de tolderías arrasadas, el gaucho sería obligado a hacer de zopenco útil (la última precaución de los usurpadores era usar de cuña a un sector de los usurpados para despojar al otro) y que, logrado el éxito, el destino del gaucho comportaría una tragedia sin ruido, pero peor que las crujías del fortín o la diáspora de las tolderías: la desposesión y servidumbre irredimibles.

Luis Franco: La pampa habla. Editorial La Verde Rama, Buenos Aires, 1982. El texto reproducido es parte del capítulo II: Los gauchos y los negros, páginas 45-50.

Notas:

(1)            Leopoldo Lugones nació el 13 de junio de 1874 en la provincia de Córdoba, primer hijo de Santiago Lugones y Custodia Argüello. Su madre le enseñó las primeras letras y fue responsable de una formación católica muy estricta. En su niñez la familia se trasladó a Santiago del Estero y más tarde a Ojo de Agua, una pequeña villa situada en el sur de la provincia del mismo nombre. Más tarde sus padres lo enviaron a cursar el bachillerato en el Colegio Nacional de Monserrat, en Córdoba, donde vivió con su abuela materna. En 1892 la familia completa se mudó a esa ciudad, época en que comenzaron las primeras experiencias de Leopoldo en el campo del periodismo y la literatura. En el año 1896 se trasladó a Buenos Aires y contrajo matrimonio con Juana Agudelo. En 1906 y 1911 realizó sendos viajes a Europa, travesías entonces consideradas imprescindibles para la elite intelectual porteña. En 1897 nació su único hijo, Polo Lugones, quien sería jefe de policía durante la dictadura de José Félix Uriburu y de triste fama por considerárselo el introductor de la picana eléctrica como método de tortura. Mientras tanto, en Buenos Aires generó constante polémica, no tanto por su obra literaria sino por su protagonismo político que sufrió fuertes virajes ideológicos a lo largo de su vida, pasando por el socialismo, el liberalismo, el conservadurismo y el fascismo. Decepcionado, precisamente por las circunstancias políticas de la década de 1930 y quizás por su propia militancia, se suicidó el 18 de febrero de 1938 en un hotel de Tigre, Buenos Aires (llamado “El Tropezón”), al ingerir una mezcla de cianuro y whisky. En 1913 Lugones pronunció en el Teatro Odeón una serie de conferencias, en conjunto conocidas como El Payador, ante la presencia, entre otros personajes ilustres, del entonces presidente Roque Sáenz Peña. El tema principal de las conferencias (recopiladas y publicadas en 1916) era el poema gauchesco Martín Fierro y la exaltación de la figura del gaucho como paradigma de nacionalidad. En la obra de Domingo Faustino Sarmiento y de José Hernández, Lugones encuentra lo que él llama “la formación del espíritu nacional”. Facundo y Recuerdos de provincia son nuestra Ilíada y nuestra Odisea. Martín Fierro nuestro Romancero (…)” (Historia de Sarmiento, Leopoldo Lugones, 1911). La consideración del Martín Fierro como emblema de la literatura argentina se debe, en gran medida, a la interpretación de Lugones sobre la influencia de esta obra en la formación de una identidad cultural. En 1926 recibió el Premio Nacional de Literatura y en 1928 presidió la Sociedad Argentina de Escritores. Ya en esa época era un ferviente impulsor de las tendencias fascistas que caracterizaban a parte de los militares argentinos. Lugones fue un importante propagandista del golpe militar protagonizado por José Félix Uriburu el 6 de septiembre de 1930, que derrocó al caudillo radical Hipólito Yrigoyen. Su estrecha relación con el régimen instaurado ese año le valió el rechazo de los círculos intelectuales porteños. A pesar de su adhesión al nacionalismo autoritario desde la década de 1920, Lugones se opuso al antisemitismo mientras muchos intelectuales destacados lo profesaban abiertamente. Los descendientes de Lugones no escaparon al sino trágico del escritor. Su único hijo, Leopoldo Lugones (hijo), llamado Polo, se suicidó en 1971; su nieta Susana, a quien llamaban Pirí, fue detenida desaparecida en diciembre de 1978 durante la los años de plomo. Su otra nieta, Carmen, a quien llamaba Babú sigue con vida. Uno de los hijos de Pirí, Alejandro, se suicidó al igual que su bisabuelo en Tigre. Esto conforma un destino familiar trágico, curiosamente muy parecido al de la estirpe de Horacio Quiroga, su amigo y admirador.

(2)            Martín Fierro, con notas de gramática y sintaxis de Eleuterio F Tisconia. Editorial Losada, Buenos Aires, 1945.

(3)            El autor se refiere probablemente a A Santos Vega, payador Argentino, de Bartolomé Mitre. Aún cuando hay otros poemas gauchescos del mismo autor, ya escasamente difundidos.

(4)            Cita a Roberto A Ortelli, integrante de las vanguardias literarias martinfierristas, coautor de manifiestos y crítico literario con asidua temática vinculada con la obra que nos ocupa. Entre otros trabajos, recordamos La batalla de Martín Fierro, texto hoy prácticamente inhallable en la bibliografía argentina.

(5)            Olegario Víctor Andrade. El autor que reproducimos se refiere a El nido de cóndores, en el que textualmente se dijo: Es un nido de cóndores, colgado/ de su cuello gigante,/ que el viento de las cumbres balancea/ como un pendón flotante, cuando en realidad esta ave hace sus nidos sobre  superficies o hendiduras rocosas protegidas. Datos biográficos: (n. Alegrete, Rio Grande do Sul, Brasil, 6 de marzo de 1839 – † Buenos Aires, Argentina, 30 de octubre de 1882) fue un poeta, periodista y político argentino. Hijo de Mariano Andrade (santafesino), quien ejercía como Juez de Paz y Marta Burgos (entrerriana). A causa de diferencias políticas entre su padre y el gobierno, la familia abandonó Argentina rumbo a Brasil.  Allí nació Olegario, el mayor de tres hermanos. Poco después de haber nacido, regresaron a Argentina, afincándose en Gualeguaychú, ciudad donde transcurriría toda su infancia y juventud. Quedó huérfano de padre y madre a muy temprana edad (1847) y se hizo cargo de sus dos hermanos menores, Wenceslao y Úrsula. Estudió en el Colegio del Uruguay, de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, y se mostró dotado para la literatura y la polémica. En 1848, a los 9 años de edad, Olegario despertó en la escuela la atención del delegado de Urquiza, el coronel Rosendo María Fraga, por la habilidad que poseía para la literatura. La impresión lo lleva a recomendarlo vivamente ante el gobernador, quien dispuso velar por la continuación de sus estudios. Fue compañero en el Colegio del Uruguay, de grandes figuras que llegarían a destacarse en la vida política nacional, Onésimo Leguizamón, Julio Argentino Roca, Victorino de la Plaza, Benjamín Basualdo, Eduardo Wilde, Salvador María del Carril, Miguel Cané, entre otros. Al terminar los estudios oficiales, se casó con la uruguaya María Eloísa González Quiñones (1857) y tuvieron cinco hijos: Agustina, Eloísa, Mariano, Olegario y Lelia. Agustina ha sido considerada la principal poetisa entrerriana del siglo XIX. Justo José de Urquiza, entonces gobernador de la provincia, le ofreció viajar a Europa para completar su formación, junto a Juan Bautista Alberdi, que era entonces ministro de la Confederación Argentina. Andrade rechazó la oferta y se dedicó al periodismo en Entre Ríos. Desde 1859 se destacó por su pluma y a los 21 años fue nombrado su secretario personal por Santiago Derqui, presidente de la Nación. Por esa misma época comenzó a redactar para El Pueblo Entrerriano de Gualeguaychú, columnas apoyando la causa federal. En 1864 fundó su propio medio, El Porvenir, criticando vehemente la política porteña y sobre todo la Guerra del Paraguay. En 1866 publicó un inteligente folleto, titulado Las dos políticas: consideraciones de actualidad, explicando la divergencia entre los intereses porteños y los del interior del país. Bartolomé Mitre ordenó al año siguiente la clausura de El Porvenir, lo que motivó a Andrade a mudarse a Buenos Aires para publicar en El Pueblo Argentino. Colaboró con Carlos Guido y Spano y Agustín de Vedia en la redacción de La América, apoyando la candidatura presidencial de Urquiza. Dirigió luego La Tribuna Nacional, además de enseñar historia clásica en el Colegio Nacional Buenos Aires. En 1878 fue electo diputado y reelecto tres años más tarde. Fue poeta de cariz lírico y épico, aunque dio poco a la publicación. Las obras épicas abordaron los mismos temas de la historia nacional que había tratado como periodista. Posiblemente sus mejores versos podamos hallarlos en su obra El nido de cóndores. Sus restos se encuentran en el Cementerio de la Recoleta, y un busto suyo se encuentra en el Jardín de los Poetas de El Rosedal de Buenos Aires.

(6)            Carlos Guido y Spano. Se hace referencia al poema Amira, donde el poeta dice textualmente: El flamenco nadando en la laguna/ Entre el verde juncal, no es más gallardo:/ Espira un vago resplandor de luna,/ Tiene la fresca palidez del nardo. Datos biográficos: (19 de enero de 182725 de julio de 1918), poeta argentino cultor del romanticismo. Nació en Buenos Aires con el nombre de Carlos Guido. Más tarde se agregó el apellido de su madre (algo inusual en Argentina ya en esa época), con el agregado de una aristocrática conjunción «y». Era hijo del general Tomás Guido (militar de las guerras de la independencia y amigo de José de San Martín) y de María del Pilar Spano (fallecida en Buenos Aires el 25 de enero de 1868). Tuvo tres hermanos. Su padre había hecho expresa su voluntad de ser enterrado bajo las piedras de su querida Cordillera de los Andes, por lo que —para poder enterrarlo en Buenos Aires— Guido hizo traer piedras 1200 km desde la cordillera para construir con sus propias manos el sepulcro de su padre.  Guido plasmó su obra poética en dos obras: Hojas al viento (1871) donde recopiló sus poemas desde 1854 y Ecos lejanos (1895). Es conocido su poema Trova:

He nacido en Buenos Aires.

¡Qué me importan los desaires

con que me trate la suerte!

Argentino hasta la muerte,

he nacido en Buenos Aires.

En 1864, Guido reclamó que su padre había sido el verdadero autor (y no San Martín) del plan de cruzar la Cordillera de los Andes, tomar Chile a los españoles y atacar desde el mar la base militar española en Lima (Perú). La pretensión fue rechazada con ira. Incursionó en la prosa en 1879, con la edición de Ráfagas, obra que contiene críticas literarias y de la sociedad y personajes de su época, así como referencias autobiográficas. Durante su vida ocupó varios cargos oficiales: director del Archivo General de la Nación y vocal del Consejo Nacional de Educación. Fue cofundador de la Sociedad Protectora de Animales (26 de noviembre de 1879). Se opuso a la Guerra contra Paraguay (1865-1870). Falleció en Buenos Aires el 25 de julio de 1918.

(7)            A esta contracara del personaje parece haberse referido Jorge Luis Borges cuando dijo que no se sentía representado por un gaucho pendenciero…

(8)            Excelente texto disponible en la red es: Verdades y mentiras del señor Martín Fierro, de Fernando Sorrentino (www.ucm.es/info/especulo/numero35 /vmfierro. html).

(9)            Curioso verbo utilizado por Franco, que significa poner en corral, aunque no acorralar.

(10)       Regoldar es arcaísmo de eructar. Recuérdense los famosos diálogos de  Don Quijote y Sancho Panza…

(11)       Se refiere, presumiblemente, a Juan Manuel de Rosas.

(12)       Cita con tal apelativo a Ricardo Ramón López Jordán (h). Datos biográficos: (n. Paysandú, Rep. O. del Uruguay, 1822 – m. Buenos Aires, 1889) Fue un militar y político argentino, uno de los últimos caudillos influyentes en la política de su país. Se rebeló en tres ocasiones contra el gobierno de Buenos Aires, siendo derrotado en todos sus intentos. Nació en Paysandú, en el actual Uruguay, en agosto de 1822, hijo del general Ricardo López Jordán, ex gobernador de Entre Ríos, que se encontraba allí exiliado. Era sobrino del caudillo Francisco Ramírez. Regresó a Entre Ríos con su padre en 1824 hasta 1827, año en que éste tuvo que salir de nuevo hacia el Uruguay. Cuando, en 1830, su padre intentó recuperar el poder en la provincia (con apoyo de Juan Lavalle), envió a Ricardo a estudiar al Colegio San Ignacio de Buenos Aires. A fines de 1841 se incorporó al ejército del gobernador Justo José de Urquiza en la defensa de su provincia frente a la invasión desde Corrientes. El 6 de diciembre de 1842 peleó en la Batalla de Arroyo Grande bajo las órdenes del general uruguayo Manuel Oribe contra las fuerzas de Fructuoso Rivera y fue enviado a Buenos Aires a llevar la noticia de la victoria. Dedicó los siguientes meses a convencer a Juan Manuel de Rosas de liberar a su padre, lo que finalmente consiguió. Éste cumplió la promesa de su hijo a Rosas de que no volvería a meterse en política. Acompañó a Urquiza en su campaña en el Uruguay luchando en la batalla de India Muerta y en la campaña a la provincia de Corrientes, luchando en Laguna Limpia (contra José María Paz, el 14 de febrero de 1846) y Vences. En 1849 fue nombrado comandante militar de Concepción del Uruguay, ciudad originaria de los López Jordán, de Ramírez y de Urquiza. Después del Pronunciamiento de Urquiza del 1 de mayo de 1851 y de la invasión al Uruguay, con el grado de capitán, fue el emisario de éste para obtener la rendición de Manuel Oribe, que ya llevaba ocho años sitiando a Montevideo. Fue en esa ciudad en donde el pintor Amadeo Gras lo retrató al óleo. Como parte del Ejército Grande, hizo la campaña que terminó con el derrocamiento de Juan Manuel de Rosas en la Batalla de Caseros, donde luchó como uno de los jefes de caballería. Regregó luego a recuperar su cargo de comandante de Concepción del Uruguay. El 21 de noviembre de 1852, después de la revolución del 11 de septiembre, Buenos Aires envió una invasión doble a Entre Ríos. Una de las columnas, al mando del general Manuel Hornos, desembarcó en Gualeguaychú y consiguió derrotar al coronel Galarza. Llegó hasta las afueras de Concepción del Uruguay, pero fue derrotado por López Jordán con una fuerza compuesta principalmente de estudiantes del Colegio de esa ciudad. En 1858 realizó una breve incursión en el Uruguay, para proteger al gobierno de ese país de una invasión apoyada desde Buenos Aires. Ese mismo año fue elegido diputado nacional y se radicó en Paraná. Reasumió el cargo de comandante de Concepción del Uruguay a fines de 1859 y no luchó en Cepeda, ya que quedó a cargo de la defensa de la costa del río Uruguay. Después de esta batalla, Urquiza avanzó hasta Buenos Aires, y firmó el Pacto de San José de Flores, en el que Buenos Aires condicionaba fuertemente su incorporación a la Nación. En ese momento López Jordán comenzó a dudar de la firmeza de su jefe; la situación llevaría inevitablemente hacia un nuevo enfrentamiento. Cuando Urquiza dejó la presidencia y recuperó la gobernación de Entre Ríos, llevó a López Jordán como uno de sus ministros el 1 de mayo de 1860. Por esa época compró la estancia Arroyo Grande, cerca de la costa del Uruguay. En 1861 fue nombrado por el presidente Santiago Derqui jefe de una de las dos columnas de caballería con que se pelearía el 17 de septiembre en la Batalla de Pavón. En esa batalla, López Jordán, Juan Saá y Benjamín Virasoro derrotaron a la caballería porteña por completo, mientras la infantería federal fue rechazada. Pero Urquiza, sin poner en juego todo su ejército, se retiró con toda la infantería, la artillería y las fuerzas de reserva. Todos los federales pensaron que Urquiza se había pasado al bando porteño, lo que es relativamente cierto: acordó tácitamente con el futuro presidente Bartolomé Mitre que se le permitiría mantener el poder en su provincia, sin intromisiones; pero a cambio abandonaba a la Confederación a su suerte. Derqui nombró generales a sus dos jefes vencedores, Saá y López Jordán ,el 20 de septiembre; pero éstos no podían defenderlo. Éste último regresó a Entre Ríos, por orden de Urquiza y renunció a sus cargos públicos. Poco después, Derqui renunciaba y la Confederación Argentina se disolvía. Al año siguiente, después de haber cambiado casi todos los gobiernos provinciales, Mitre fue electo presidente. López Jordán jamás perdonó a Urquiza haberse retirado de Pavón y lo culpó de que la organización nacional estuviese en manos del centralismo porteño. Pero por el momento, no se decidió a la acción, aún creía en Urquiza, aunque cada vez menos. Durante los años siguientes, López Jordán presenció desde su provincia cómo los federales del oeste de la Argentina y de Corrientes eran destrozados sin que el jefe del partido federal (Urquiza) interviniera. Vio también cómo una invasión apoyada por Buenos Aires y el Brasil derrocaba al presidente legal del Uruguay y la flota brasileña destruía su ciudad natal de Paysandú. Urquiza no intervino. En 1864 López Jordán se presentó como candidato a suceder a Urquiza como gobernador de Entre Ríos, pero éste se pronunció por la candidatura de su sobrino José María Domínguez, una persona totalmente sometida a su jefe político, que resultó electa. La guerra en el Uruguay provocó la reacción paraguaya, que llevó a la Guerra de la Triple Alianza. Urquiza llamó al pueblo entrerriano a la guerra contra el Paraguay, López Jordán lo acompañó, pero luego le respondió: “Usted nos llama para combatir al Paraguay. Nunca, general, ese pueblo es nuestro amigo. Llámenos para pelear a porteños y brasileños. Estamos prontos. Éstos son nuestros enemigos.” Urquiza ordenó la movilización de las fuerzas de Entre Ríos en el campamento de Basualdo en el norte de la provincia. Se presentaron 8.000 hombres, pero casi todos creían que iban a unirse a los paraguayos contra los brasileños. Pero cuando descubrieron de que lado iban a pelear, simplemente se fueron a sus casas. López Jordán apoyó y celebró la deserción y fue acusado de instigarla. Cuando Urquiza logró reunir nevamente su ejército en el campamento de Toledo, volvieron a desertar. Sólo 800 entrerrianos fueron a la guerra y muy pocos volvieron. En 1867 estalló en Mendoza y La Rioja la revolución dirigida por Juan Saá, Juan de Dios Videla y Felipe Varela, que invocaron el nombre de Urquiza y le pidieron apoyo. Urquiza no se movió y la revuelta fue rápidamente derrotada. Una poderosa oposición censuraba a Urquiza, pero el poder del caudillo era mayor y hubo muchos arrestos. En 1868 Urquiza perdió las elecciones a presidente pero volvió a ser gobernador de Entre Ríos en el mes de abril elegido por la Legislatura, pese al respaldo popular que tenía la candidatura de López Jordán. Ese mismo año, una invasión de fuerzas nacionales que apoyaba una revolución en Corrientes fue derrotada por López Jordán y Justo Carmelo Urquiza, hijo del caudillo, el 31 de junio en Arroyo Garay, mientras circulaban rumores de una posible rebelión jordanista. Al año siguiente terminaba la Guerra del Paraguay; el costo para la Argentina fue de más de 10 mil muertos. Pocos meses más tarde, Urquiza recibía en su palacio San José al presidente Domingo Faustino Sarmiento, el más encarnizado enemigo de los federales. López Jordán se preparó para la revolución. El 11 de abril de 1870 estalló la revolución: como primer paso, una partida de 50 hombres al mando de Simón Luengo penetró en el palacio San José, con el objeto de apresar a Urquiza, pero éste se defendió a tiros y terminó muerto. Ese mismo día eran asesinados en Concordia también sus hijos Justo Carmelo y Waldino Urquiza, ambos amigos íntimos de López Jordán. Tres días más tarde, López Jordán era elegido gobernador provisorio por la Legislatura, para completar el período de gobierno de Urquiza. En su discurso de asunción apoyó la revolución y apenas mencionó de paso que “he deplorado que… no hubiesen hallado otro camino que la víctima ilustre que se inmoló.” Más tarde fue querer encabezar una rebelión contra el gobierno nacional. No lo hizo y en realidad tampoco tuvo tiempo. Sarmiento tomó la revolución y el asesinato como una provocación en su contra y envió a Entre Ríos el 19 de abril de 1870 un Ejército de Observación con veteranos de la Guerra del Paraguay que se situó en Gualeguaychú. Nunca declaró a su gobierno intervenido (el Congreso Nacional se oponía a esto), directamente dictó un decreto el 25 de abril que le declaró la guerra como a un país enemigo y declaró a López Jordán y a quienes lo acompañaren reo de rebelión. Tres generales atacaron al mismo tiempo: Emilio Mitre desembarcó en Gualeguaychú, Emilio Conesa en Paraná y Juan Andrés Gelly y Obes entró desde Corrientes. e sucedieron una serie de combates pero López Jordán fue finalmente derrotado en la Batalla de Ñaembé en Corrientes, por lo que huyó al Brasil con 1.500 hombres. os primeros números del diario La Patria de Goya, fueron hechos con tipos que se encontraron en los cajones de las carretas tomadas al Gral. López Jordán después de la derrota que sufriera en Ñaembé, dado que los jordanistas utilizaban letras de imprenta ante la carencia de balas. En  ausencia, hubo elecciones en Entre Ríos, pero sin candidatos federales, que estaban prohibidos y con muy pocos votantes. El gobernador Emilio Duportal hizo desplazar a todos los federales de todos los puestos públicos, incluso a los curas y los maestros. Las tierras públicas fueron vendidas en subastas “públicas”, reservadas a los amigos del gobierno; muchos colonos fueron expulsados de sus tierras, y la policía, formada por forasteros, cometió toda clase de atropellos y crímenes. Avergonzado, Duportal renunció y la provincia quedó en manos de Leonidas Echagüe, hijo del ex gobernador Pascual Echagüe, que no tuvo los problemas morales del anterior. egresó a Entre Ríos el 1 de mayo de 1873. El 28 de mayo Sarmiento envió a la Cámara de Diputados un proyecto de ley ofreciendo 100.000 pesos por la cabeza de López Jordán y 10.000 pesos por la de Mariano Querencio, además de 1.000 pesos por las cabezas de los “autores de excesos cometidos por la revolución¨. El 9 de diciembre los generales Gainza y Vedia lo derrotaron en la Batalla de Don Gonzalo, en donde fueron estrenados los fusiles Remington haciendo estragos entre los jordanistas. El 25 de diciembre López Jordán cruzó el río Uruguay por el paso de Cupalén, asilándose en la República Oriental del Uruguay. La provincia volvió a ser sometida por la fuerza y el partido federal quedó muy debilitado por centenares de arrestos. López Jordán hizo nuevos planes, que incluían una revolución en todo el país con el apoyo del Brasil. Regresó a su provincia el 25 de noviembre de 1876, pero esta vez no tuvo apoyo. El 7 de diciembre uno de sus destacamentos fue aniquilado por el general Juan Ayala en el Combate de Alcaracito (departamento La Paz), donde muchos prisioneros (entre ellos un coronel, hijo del ex gobernador correntino Genaro Berón de Astrada) fueron fusilados. Era el final de la última aventura federal. El 16 de diciembre López Jordán huye hacia Corrientes, pero traicionado por un amigo fue puesto a disposición de la justicia federal en Goya. Estuvo preso en Curuzú Cuatiá, Goya, Paraná y Rosario; su juicio fue pospuesto durante tres años, hasta que escapó de la prisión con la ayuda de su esposa Dolores Puig, disfrazado de mujer el 12 de agosto de 1879. El 3 de septiembre pidió asilo en Fray Bentos (Uruguay). Se exilió en Montevideo hasta fines de 1888, en que gracias a una ley de amnistía decretada por el presidente Miguel Juárez Celman en agosto de ese año, regresó al país radicándose en Buenos Aires, en donde solicitó ser reincorporado al Ejército Argentino. Pero el 22 de junio de 1889 fue asesinado en la calle por el joven Aurelio Casas, a quien le habían dicho que López Jordán había ordenado asesinar a su padre, el capitán Zenón Casas, que en realidad había sido muerto por orden del comandante uruguayo Cornelio Oviedo en mayo de 1873. La familia de Urquiza obsequió luego 35.000 pesos a la esposa de Aurelio Casas. En 1989 los restos de Ricardo López Jordán fueron repatriados a Entre Ríos y depositados provisoriamente en el panteón de la familia Pérez Colman en Paraná hasta que el 29 de noviembre de 1995 fueron trasladados hasta un mausoleo erigido en la plaza Carbó de Paraná.

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~ por diasporasur en 11 agosto 2010.

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