La consigna era ¨patria o muerte¨ y nadie quería morirse…

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Primer acercamiento a un cierto recuerdo

Por Alberto Costa

Alberto Costa nació en Quilmes, el 24 de diciembre de 1941. Escribió los libros de poemas: Lo que duele, Poemas con taquicardia y Poemas a la marchanta. También editó un ¨poema-afiche¨: Si llego a morir, días antes del golpe de Videla, del cual se vendieron 4500 ejemplares en una semana. Hoy se avergüenza parcialmente de él porque en un verso dice que la tristeza debería ser prohibida por decreto oficial. Hoy piensa que tanto autoritarismo sería cruel e insoportable. Y le da vergüenza no haberlo pensado en aquellos días. Fué codirector de la revista Barrilete y Secretario General de la Agrupación Gremial de Escritores. Sobrevive en Madrid desde el 10 de septiembre de 1977. Es Director del Equipo Editorial de Francachela, en España.

El texto siguiente, nacido como homenaje del autor –Alberto Costa- a su amigo, poeta cofrade, y compañero de lucha, Roberto Jorge Santoro, ¨el pelado¨, es a nuestro parecer un homenaje a nuestra generación. Todos caminamos por este texto, entretenidos por las mismas cosas, desplegando un graffiti plural y colectivo sobre los interminables muros que separaban por entonces la Avenida del Libertador y las vías del ferrocarril Mitre, o perseguidos, amedrentados casi por la milicada reiterativa, sacando pecho por no darles el gusto de cambiar un milímetro de verso. Sin embargo, al volver a un Buenos Aires inexistente, el poeta, reconociéndose ¨otro¨, nos pega en la cara con una autocrítica demoledora.


Mi Buenos Aires es sólo recuerdo. Además, parcial y subjetivo. En los últimos 23 años, 6 meses y 13 días estuve en Buenos Aires, de cuerpo presente, 45 días. No sé nada de aquella ciudad que me circulaba por las venas. Todo es recuerdo. Creo que fui conociendo la ciudad como una forma de alejarme de la casa de mis viejos. Se me fue la mano: a los 21 me casé y me fui a vivir a la casa de mis suegros. Por las razones que hayan sido, aquello duró poco; entonces sí, buscando mi propio horizonte encontré el centro de Buenos Aires. Empecé a trabajar en una agencia de publicidad en la que vi -no me atrevo a decir que conocí- a Enrique Wernicke. Era el primer escritor édito que conocía en vivo y en directo. Encima era un auténtico “maldito” nacional. Yo lo espiaba, sabía que tomaba su primera ginebra a las 10 de la mañana, “para estar lúcido”, llegó a decirme un día. Era algo generacional, supongo, porque Luis Lucchi decía cosas parecidas, como que estando sobrio era un imbécil, que bebiendo adquiría lucidez. Opiniones personales y parecidas.


Ya ni me acuerdo de cómo me enteré de que El Grillo de Papel, grupo literario y revista, se reunían en el Café Tortoni. Fui recibido medianamente bien, como el nuevo, como el aspirante a nuevo. En aquella época, con aquella remota edad, me interesaba más ver a los escritores que leer o escuchar lo que escribían. Me acuerdo de que Humberto Costantini aparecía por ahí. Era veterinario, y le gustaba decírselo a todo aquel que lo escuchara. Pero el liderazgo lo tenía Abelardo Castillo y era indiscutible. Nunca nos caímos bien. A mí me costó empezar a hablar en aquel grupo, bastante numeroso. Con el tiempo leí algún relato y un par de poemas, pero lo que más recuerdo fue la primera reunión después del nacimiento de mi hijo Pablo. Yo no entendía muy bien eso de ser padre. Castillo me preguntó: “y qué tal el pibe”, y yo le dije “muy bien, pesó 3 kilos 750 gramos”, y ahí me dijo: “y con eso no me decís nada”. ¿Cómo nada? El más flaco de todos nosotros pesaba más de 50 kilos, una persona de menos de 4 kilos era rara, no “nada”. No sé, a mí desde pendejo me preocupaba la calidad humana de los intelectuales y, de verdad, lo que estaba empezando a ver no me gustaba nada.


Después El Grillo se convirtió en El Escarabajo de Oro y hubo movida entre los directores, no quedó la misma gente. Para esa época el negro Patiño me invitó a una reunión de El Barrilete.


Aquello ya fue otra cosa. El pelado Santoro encandilaba. Nunca había visto, ni leído, a alguien que se tomara el oficio de poeta tan en serio. Trabajaba las palabras, los versos, los ritmos, el sentido, en fin, era un trabajador a conciencia, lo curioso es que su poesía siempre se leía con poco esfuerzo, ese era el testimonio de su gran trabajo. También estaban, Martín Campos (un heredero de los malditos), Horacio Salas, y el increíble Felipe Reisin, el que señaló definitivamente que el bandoneón sonaba triste porque hizo un viaje demasiado rápido entre Westfalia y Balvanera. Rafael Vásquez (con ese) y Alicia Dellepiane Rawson. Había muchos más, pero mi recuerdo es guiado por mis afectos de aquella época. Ahora los afectos son distintos, claro, pero es que todos somos distintos, algunos están tan distintos que hasta se murieron y a veces sin aviso.


El espacio es reducido, pero sirve como contención ya que éste no es más que el embrión de lo que yo vi, en el mundo literario de Buenos Aires, hasta que no vi más nada porque me encarcelaron y me obligaron al exilio que continúa todavía hoy, porque el exilio es un tajo, no hay forma de recuperarse.

Salimos a remontarnos


Fútbol de Barrilete. Esa era la consigna del grupo Barrilete. Estaba escrito en la cola del barrilete que hacía de logotipo. Ahora, a más de 35 años de distancia, pienso que no nos dimos cuenta de que el piolín no era elástico, pero en aquellos años los límites eran el desafío, eran como la soga, estaban para saltárselos. Santoro trabajaba en el Sindicato de Músicos, tal vez por eso empezamos a pensar en la SADE (Sociedad Argentina De Escritores) como en nuestro sitio natural, tenía que ser nuestro sindicato. Éramos todos escritores, “rantes” por vocación, “muchachos de barrio” que escribían poesía, y no teníamos por qué hacernos a un lado y dejar nuestra casa sólo para los ¨Aristócratas de la Literatura¨. El principio era asociarnos y para eso había que tener, como mínimo, un libro publicado. Nos hicimos Editorial. En realidad eran ediciones de autor, pero con el sello de Editorial Barrilete.


Por este motivo, en 1965 publiqué mi primer libro: “Lo que duele“. Hice la presentación en la librería Falbo, en una Galería de la calle Florida. Aquello fue muy curioso. Falbo sabía organizar esas presentaciones, había mucha gente, recuerdo la presencia de Bernardo Verbitsky porque después me escribió una carta comentando poemas de mi libro y dándome mucho ánimo, y la del político Juan Carlos Coral que editaba un periódico: “Los de abajo“, en el que publiqué un artículo, típico de aquella época, titulado, ni más ni menos que: El acto cultural más importante es la revolución. También cantó, acompañada a la guitarra por Oscar Matus, su marido y editor, en esa época, su primera época, Mercedes Sosa.


Algún tiempo más tarde Matus nos editó un disco con poemas de Santoro, Patiño, Margarita Belgrano y míos. Los músicos eran, como nosotros, pibes que empezaban: Núñez Palacio a la guitarra y Oscar Mederos al bandoneón. Se llamó Buenos Aires vuelta y vuelta. No tengo ni uno. Y por no tener, no tengo recuerdo del nombre del genial diagramador e ilustrador de las tapas. Le pido disculpas. Cuando me secuestraron quemaron todos mis archivos, como para que no quede de mí ni la memoria.


Desde acá, 2001, parece que todos éramos “pibes que empezaban”, porque en la presentación de un libro con Faja de Honor de la SADE -cuando estaba en la calle Méjico, en una casa colonial, con aljibe y todo- también cantó una muchacha que estaba empezando: Susana Rinaldi.

Lo difícil es describir el entusiasmo y la pasión con que vivíamos cada hecho, y eran muchos, tantos que se entremezclan. En lo que cuento hay algunas alteraciones cronológicas -no más de algunos meses o algún año- debidas a la falta de ficheros y a la intensidad de cada etapa. Una fue la anterior a Onganía, la siguiente llegó hasta el 73 y la última, la que parecía la del triunfo, culminó con el secuestro, el asesinato, la desaparición, o el exilio de casi todos los integrantes de nuestro grupo y de nuestra generación.


Pero no lo sabíamos, y cuando lo supimos ya no podíamos parar. Salimos a remontarnos y en eso estábamos.

Vuelvo atrás. Onganía todavía estaba en algún cuartel. Nosotros queríamos desarrollarnos como escritores entendidos, como trabajadores de la cultura. Y como trabajadores queríamos nuestro sindicato y ahí estaba: la SADE. Estábamos en plena campaña de afiliación y no era fácil. Los escritores jóvenes se mostraban reacios y los no tan jóvenes desconfiaban de nosotros. Éramos raros. Distintos.

En nuestra revista publicábamos a los poetas del tango, a Discépolo, Homero Manzi, Evaristo Carriego, y otros. No era muy usual verlos en revistas literarias.


También visitamos en su casa a Leopoldo Marechal, que nos recibió con su mono de obrero puesto y nos dijo que lo hacía siempre que se ponía a escribir, para él la escritura era un trabajo, y se ponía el mono para trabajar. Como cualquiera.


Después sí vino el golpe de Onganía, y empezaron los resquemores. Algunos eran más cuidadosos que otros. En Barrilete publicamos nuestro repudio y algunos de los integrantes se fueron. Nada que reprocharles. Ahora. En aquel momento nos puteamos. Los que nos quedamos nos fuimos haciendo más radicales.


En algún momento alguien trajo unos poemas que habían escrito en Salta algunos integrantes de la guerrilla de Massetti. La discusión fue muy dura. De pronto entró en cuestión el tema de la calidad de los escritos publicables en Barrilete. Nos dábamos manija entre nosotros y la mayoría decidió que había que publicarlos por su valor testimonial, no por su valor poético. Eran cosas de aquella época. El pelado Santoro, fundador de Barrilete, se fue, junto con otros cuantos. Nos quedamos Patiño, yo, y algún otro. Y comenzó otra etapa, la anteúltima.


Como de refilón


Los guajiros del ejército rebelde hacen su entrada en la Habana“. No quiero macanear a nadie. Todo mi compromiso político hasta ir a la cárcel y posteriormente al exilio en Madrid, donde permanezco ya por voluntad propia, fue así, de refilón.


Entre el 74 y el 75, una serie de medidas oficiales y extra oficiales hicieron que la revista Crisis estuviera con el cierre sobre la cabeza, como aquella espada. Eduardo Galeano, que era su director, convocó a una recolección de firmas para pedir por la continuidad de la revista. Yo fui junto con unos cuantos amigos, hicimos sociales, y cuando me tocó firmar se acercó Eduardo Galeano, a quién no conocía más que de nombre, a pedirme que por favor no firmara porque lo comprometía (sic).


Aquello, al margen de lo que yo sintiera en lo personal, en aquel momento y ahora mismo, me dejó la necesidad de reflexionar sobre mi funcionamiento cotidiano. Necesidad que fui postergando hasta estar en la cárcel. Lo que sonaba más o menos obvio era que en las venas abiertas de América Latina no había suficiente espacio como para que estuviera yo, y eso que Crisis no era precisamente de derechas.

Parece ser que en esa doble o triple vida que me reprochaba mi amigo Patiño -muchísimo más de una vez me dijo que tenía que optar entre literatura y política- con quien en ese momento co-dirigíamos la revista Barrilete, nos sucedían cosas muy curiosas. Como por ejemplo que al sacar el número de Superman/Esso, el imprentero nos llamara muy preocupado y pidiendo disculpas porque sin querer habían impreso toda la tirada en papel ilustración; nos dijo que si no le rechazábamos el trabajo nos lo dejaba al mismo precio que habíamos convenido. Así salió ese número de la revista. Y al día siguiente la gente se preguntaba de dónde habíamos sacado la guita para esa empresa. Ya no se usaba aquello del oro de Moscú, pero claro, quedaba Cuba o el PRT. Un tal Brocato y su amigo, que me suena Ardiles, pero no, era algo parecido -a quien le preocupaba muchísimo que yo me pudiera cambiar de camisa todos los días- me las contaba. Los dos escribían en el órgano político del PST la sección cultural y se preguntaban, en el titular, ¿De dónde saca el dinero Alberto Costa?. Como para no ir en cana. Lo curioso es que Brocato y su afín compartían con nosotros la AGE (Agrupación Gremial de Escritores), pero así eran las cosas en aquella época.


El día aquél que Galeano decidió que yo lo comprometía debí haber parado la mano, pero no había tiempo para nada, mucho menos para pensar en cuidarse o en irse, la consigna era Patria o Muerte y nadie quería morirse. Aunque algunos, más prudentes, se tomaban el avión.

Lo que a mí me parecía difícil de entender era mi grado de compromiso, porque de verdad yo leí por primera vez un libro sobre socialismo en un colegio privado de Ramos Mejía, el Colegio Ward. Totalmente yanqui, hasta animadoras teníamos, y orquesta y campus y uniformes y biblioteca, tan completa que hasta tenía un libro sobre socialismo. Uno de Alfredo Palacios que no recuerdo cómo se llama. Esto era en 1958, en la prehistoria. Pero yo ya tenía 16 años y estaba enamorado (va por ti Marta Giacosa), y ella estaba adoctrinada por un tal Klein que para mí que era comunista. Decidí salvarla de tal peligro, así que me puse a estudiar socialismo para poder demostrarle que aquello estaba mal y no le convenía. Dieciséis años.

Al final me hice amigo de Klein, me pasó más material de lectura y terminamos organizando una gran movida a favor de la enseñanza laica en un colegio protestante privado y privativo.


En 1959 entraron en La Habana Fidel, el Che, Camilo y… nuestra ilusión.

Yo seguí durante algún tiempo en el PS, nos hicimos amigos con Juan Carlos Coral y llegué a frecuentar al mismísimo Palacios quien un día, muy enfermo, con el peluquín torcido, señalando a una vieja que limpiaba la casa me dijo: “ve Costa, si me hubiera casado tendría que compartir la cama con alguien semejante“. Palacios tenía cuarentonas que iban a visitarlo, cambiarlo y acicalarlo. Inentendible para mí, en aquella época. A mi amor de entonces, de los inicios, amor que no llegó ni a ser platónico, no volví a verla, pero la recuerdo. Ya ven.


Algo habrán hecho

Son tantas y tan desalentadoras las noticias que nos llegan todos los días desde Buenos Aires que uno no tiene más remedio que pensar, y eso que pensar, si es por cuenta propia, está casi prohibido.
Pero igual hay que pensar y si es posible en el origen, en la época en que Buenos Aires también era una fiesta. En la década de los 60, en los primeros 70, hasta el 73 que puede haber sido una especie de clímax, y después en el fatídico 74, el comienzo de aquella época en que uno recibía la noticia de la muerte o desaparición de algún amigo o conocido con dolor, pero con cierta naturalidad, y escuchaba, hasta dentro de su propia familia, que “esos”, algo habrían hecho.


Era cierto. Ahora a 27 años del comienzo del terror, de la persecución, del exterminio o del destierro interior y exterior, tengo ganas de gritar que sí, que todos, los subversivos, sus colaboradores, los simpatizantes, los indiferentes y los tímidos, todos habían hecho algo, habían pensado. Habían visto que al hundirse Chile nos hundiríamos todos. Que lo del Palacio de la Moneda no era un hecho aislado, que si no se intentaba algo distinto, aunque sonara imposible, como toda utopía, el país terminaría, más o menos, como está ahora.


En 1976, entre otros, desaparecieron los escritores Haroldo Conti, Roberto Santoro, Oscar Barros, Lucina Alvarez, Enrique Coureau y Juan Carlos Higa.


No es que estos nombres agoten la lista de los escritores desaparecidos. Es que con estos trabajamos codo a codo, casi día a día, para formar la Agrupación Gremial de Escritores.


La de los escritores era sólo una parcela, pero era la nuestra. Empezamos el trabajo solos Santoro y yo. Sábados y Domingos nos dedicábamos a visitar a escritores consagrados por sus obras y respetados por su posición democrática. Nuestro argumento era mínimo: escribir es un oficio y uno tiene derecho a vivir dignamente de su oficio. Para eso era importante formar la AGE, presentarse a elecciones en la SADE y ganarlas. Porque sí, porque juntos siempre seríamos más. Nos escuchaban y nosotros, ávidos, los escuchábamos. A Elías Castelnuovo que después fue nuestro candidato a Presidente de la SADE, que había sido de los primeros anarquistas del Río de la Plata, que todavía usaba un corbatín negro anudado al cuello. Decía que él, desde siempre, había preferido estar equivocado junto al pueblo, que tener la razón y estar enfrentado al pueblo. Tenía 90 años cuando fuimos a su casa en Liniers y nos lo encontramos sobre una escalera apoyada contra la pared porque estaba poniendo unos rieles para unas cortinas.


También escuchábamos a David Viñas, que fue nuestro candidato a Secretario. Viñas enseñaba con pequeños detalles, por ejemplo, en una reunión con empanadas y vino, que nos organizaron en Junín o en Chacabuco, primero contó las bandejas y después nos dijo que calculáramos cuánta gente había, no vaya a ser que nos comiéramos alguna de más.


Me acuerdo que cuando lo visitamos a Bernardo Kordon nos recibió junto con su compañera de entonces que era chilena y, como nosotros éramos unos pibes, nos querían impresionar -y lo conseguían- porque ella le tocaba la bragueta cada vez que podía y él, coqueto, se reía y le decía, pero qué hacés, portate bien, luego veremos…

Hacíamos giras por la provincia de Buenos Aires, al estilo de las compañías de Radioteatro, en un fin de semana podíamos ir a dos o tres ciudades del interior y leíamos nuestros textos. Era increíble. Hasta un autobús llegamos a fletar, íbamos un montón: Luis Lucchi, David Viñas, Haroldo Conti, Santoro, Patiño y varios más.


Llegamos a crecer mucho; aunque no ganamos las elecciones en la SADE, metíamos miedo, éramos de los que, seguro, algo habríamos hecho, aunque claramente, a la vista de lo que leemos en los diarios y lo que nos cuentan los amigos, no fue suficiente. Y lo sabíamos, sabíamos casi desde el principio que perderíamos como en la guerra, pero ¿qué podíamos hacer? ¿Envaselinárselas?


Y en eso llegaron los “responsables”.

En 1967 tuve la curiosa y, tal vez, dudosa suerte de ser invitado a un Congreso Cultural que se realizó en La Habana, Cuba, dentro del contexto de la Tricontinental (los nombres oficiales de ambos eventos eran más completos, pero no los recuerdo). Sí recuerdo que todo aquello estaba marcado por una carta de despedida de El Che Guevara, por su ausencia y por una consigna que se repetía con convicción: hagamos 2, 3, 100 Vietnams más. En el Congreso Cultural había dos ejes principales, uno encabezado por Lisandro Otero, que dirigía la revista Cuba, y sostenía que había que soltar pinceles, lápices, instrumentos musicales, zapatillas de baile, máquinas de escribir, y cualquier otra cosa que no fuera un arma de combate. Lo único que hay que hacer es la revolución, lo demás vendrá por añadidura. En el otro eje estaba Mario Benedetti quien insistía en que un poema o un cuadro no harían la revolución, pero contribuirían a ella (en algunos folletos vietnamitas de aquella época, en papel arroz, se leía: nuestros arquitectos arquitectan, nuestros músicos musican, nuestros poetas hacen poesía…). Yo quería hablar con Mario Benedetti, hablamos por teléfono y quedamos en reunirnos en su hotel al día siguiente, a la noche. A los dos nos esperaba una Jornada voluntaria de Trabajo Agrario. Él estuvo todo el día trabajando con tomates, yo planté no sé cuántas matas de café. A pleno sol. Tropical. Nos encontramos en su hotel pero los dos volábamos de fiebre y teníamos la piel reventada. Decidimos postergar la charla. La vida es así, te hace pequeñas zancadillas, tan pequeñas que ni siquiera te das cuenta de que son zancadillas.


Otero nos dio casi todo el material gráfica que publicamos en aquél número de Barrilete/Superman.


El mundo iba muy de prisa, nosotros teníamos mucha prisa y los que nos tenían en su punto de mira también. Al volver de La Habana, vía Praga, París, me encontré con los primeros escarceos de lo que sería el Mayo del 68. Mi “guía” era Jean Michel Fossey, del Grupo Tel Quel, nos habíamos conocido en el congreso de La Habana.


Paseando por un Boulevard por el que se haría una de las grandes marchas de protesta vi tantos policías apostados que le dije, ¿Supongo que anularán la marcha, no? Y me dijo, ¿Por qué? Están acá porque vamos a hacer la marcha. Esa fue la lógica que marcó a nuestra generación, a nuestro quehacer. El enemigo nos vigila, sí, pero porque nos estamos moviendo, así que sigamos, porque por lo menos los inquietamos. Fue así en todo el tercer mundo, pero también en Europa y en pleno corazón de los EE UU. Era bastante lógico que Kissinger y sus jefes y sus subordinados y lacayos empezaran a pensar que tendrían que matar a dos o tres generaciones para poder parar aquello.

En Buenos Aires el triunfalismo era imparable. Los triunfalismos son terribles, te impiden ver y por eso mismo te impiden crear pensamiento. Sin proponértelo empezás a repetir consignas, a cantar estribillos, a sentirte inmortal. Patria o muerte, dos conceptos ajenos y casi etéreos.


Dentro de este marco nos volvimos a encontrar trabajando codo a codo con Santoro. Estaba desconocido. Era el más ultra de todos nosotros. Sus poemas te ponían la piel de gallina. Canto General.

Empezamos a charlar sobre que nuestro compromiso con y por la Revolución Socialista tenía que ser mayor. Recordé mi charla frustrada con Benedetti, aunque ni él ni Onetti se salvaron de la persecución y del exilio.


El caso es que Santoro, Haroldo Conti, Oscar Barros, Marta Conti, Lucinda Álvarez y yo, nos propusimos buscar un contacto “orgánico” con el PRT. Hubieron dos o tres amigos más en estas charlas, pero opinaban que nuestro compromiso no debía salir de nuestro ámbito cultural. Yo estaba de acuerdo pero después de haber escrito que “El acto cultural más importante es hacer la Revolución“, me lo había puesto difícil a mí mismo. Además, de verdad, teníamos mucha prisa.

El primer movimiento que hicimos nos debió hacer pensar; Santoro buscaba una cita formal con algún “responsable” del PRT y no había forma de conseguirla. Se me ocurrió una “porteñada”. Tenía un amigo del que no debía saber, pero sabía que estaba muy metido en ese partido, le conté la postergación que estábamos aguantando y en una semana nos arregló la primera cita. Amiguismo. Igual que en cualquier otro partido.


En esa primera reunión contamos nuestra actividad y señalamos que queríamos enmarcarla dentro de la lucha general por la Revolución. Desde ahí tuvimos reuniones semanales con distintos “responsables” que, en vez de interesarse por nuestra actividad se interesaban por saber qué otras cosas podríamos hacer; nos ofrecieron tareas de prensa y propaganda, solidaridad, panfleteo, y más y más. Recuerdo que yo renuncié a ese contacto orgánico cuando quisieron hacerme jurar una banderita en un mástil de 20 cms. Y recuerdo la cara desesperada de Oscar diciéndome 3-9. Acabo de cumplir 39 años, Lucinda está a punto de parir, y yo estoy metido en un baile en el que ya ni siquiera creo.


Ya no estábamos tan alegres. Estaban cayendo muchos compañeros y se nos empezaban a hacer espacios en blanco en los cuales podíamos pensar y aquello era terrible. Íbamos como kamikazes. Seguíamos consignas elaboradas por gente que no conocíamos. Nos bajaban órdenes, nos habíamos metido en un cambalache, o no habíamos salido nunca. ¿Qué hacer? Lo hecho, seguir adelante.

Semejanzas

En el 73 había de todo, como siempre, pero se destacaba una enorme furia y un extraordinario deseo de ganar. Por ambos bandos, aunque eran más de dos, los que estaban a la vista. Habían, como siempre, canallas y canallitas. En ambos bandos. Hablo de los bandos “revolucionarios”, porque el otro siempre está. Vigilante, amenazante, ejecutante, inamovible. Todavía hoy están. Y crecerán.


La Plaza de Mayo se llenaba un día sí y otro también con una inmensa cantidad de gente que gritaban por la patria socialista o por la patria peronista. Y corría sangre de un grito a otro. Y los de la patria socialista, antes de ir a la Plaza, daban instrucciones de cómo neutralizar a los otros que también gritaban por la patria socialista, pero tenían matices, no eran puros. Los que gritaban por la patria peronista eran los que pegaban, tiros, golpes o insultos, pero ellos estaban calculados, formaban parte de lo planificado. En cambio los no-puros, los marxistas o los marxistoides, eran colados, no estaban en el gran juego, en el general. Había que combatirlos.


Con el general también hubo bronca y se siguió gritando por la patria socialista, a pesar de que aquel primer 11 de septiembre el imperio señaló contundentemente que en su patio trasero, de socialismo, nada. Es más, se empezó a hablar, entonces, hace casi treinta años, de la Doctrina de la Seguridad Interna, la Operación Cóndor fue su instrumento, los 30 mil desaparecidos argentinos, más los miles de desaparecidos chilenos, uruguayos, paraguayos y cono sureños en general, sólo fue su consecuencia.


El Grupo Barrilete participaba de la movida eufórica, aparecía en cada acto masivo para volantear… con poemas, firmados por cada autor. La gente no se lo podía creer, miraba los poemas, nos miraba a nosotros y buscaba adivinar nuestras aviesas intenciones.


Los (i) Responsables de siempre no dieron demasiadas explicaciones de por qué nosotros debíamos seguir “exigiendo” la patria socialista después de la muerte de Allende, del estadio, de la brutalidad, del beneplácito de Kissinger y de algunos otros signos menos evidentes, como la invención del Eurocomunismo por aquellos que, en Europa, vieron clara la advertencia y la dirección del Imperio.


Poquísimos años después las (i) responsables direcciones revolucionarias pasarían a la clandestinidad y a la preparación de su traslado a Europa mientras la gente común seguía gritando por la patria socialista, y el gobierno peronista primero, con López Rega como ideólogo y ejecutor, y la dictadura militar luego, perseguían y masacraban a los militantes, a los simpatizantes y hasta a los tímidos. En esas circunstancias, algunos, seguíamos escribiendo poemas, denunciando desapariciones de escritores, haciendo actos públicos, colectas para pagar abogados, y, sobre todo, comenzábamos a despedirnos entre nosotros con la convicción de lo definitivo, de lo incierto, de lo irremediable.


Ahora, algunos, vivimos el cansancio. A 30 años de aquella época se vuelve a dar un 11 de septiembre trágico y siniestro. Otra vez nos cambian el mundo, en el mismo sentido, como otra vuelta de tuerca, a partir de los hechos de un 11 de septiembre.


Un montón de muertos inocentes asesinados mientras los veíamos en vivo y en directo por la televisión. Aparentemente un solo y único responsable principal, un tal Bin Laden. De este hombre sabemos muy pocas cosas; era un millonario saudí que fue reclutado y adiestrado por la CIA para luchar contra los soviéticos en Afganistán, parece ser que fue un alumno ejemplar, ni siquiera se sabe si está vivo o muerto.


Lo que sí sabemos es la consecuencia de lo sucedido este 11 de septiembre, el mundo entero entra en alerta máxima, está en peligro la Seguridad Interna del Imperio que declara la guerra total al terrorismo en todas sus formas, incluso en las aparentes.


Hoy, escribir esto es peligroso, pero también es peligroso escribir un poema, o ser distinto, o llamar la atención por cualquier cosa. Ni decir lo que significa ser árabe, o sólo moreno de tez, o ser extranjero, o silencioso, o ruidoso.


El Estado Policial ya es un hecho, no hay intimidad de ningún tipo, en poco tiempo los Derechos Humanos, tal como los conocíamos, dejarán de existir, ya dejaron de existir para muchísimas personas. La guerra contra el terrorismo internacional es tan amplia como la enunció Saint Jean hace 30 años en la Argentina: “Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores, después a los simpatizantes, después a los indiferentes, y, por último, a los tímidos.”


Nosotros, los del patio trasero, fuimos conejillos de india. Hoy el mundo entero se postrará ante el Imperio que, además, se fortalece con esta economía de guerra y se enfrenta incluso con sus supuestos aliados, como en el caso del acero.


Todo esto es muy triste. Da mucha pena. Quita las ganas hasta de escribir.

Quiero asumir mi vergüenza

A 27 años y 13 mil kilómetros de distancia de Buenos Aires me siento casi invalidado para opinar. Sin embargo leo la columna de mi amigo Patiño y me doy cuenta de que estoy incluido en ella, entiendo entonces que algo podré decir. Por mi propia cuenta y a mi cargo, por supuesto. Me doy cuenta de que Patiño se pelea con alguien que niega la existencia de la generación del 60. No sé quién puede negar su existencia, yo también formé parte de ella. Como tantos otros a los que nunca conocí. Quizás en este punto es donde no me siento identificado con la posición de Patiño. Y es el punto que me sirve para pelearme, pero no con Patiño que siempre tuvo muchísima más calma que yo, sino conmigo. Porque tanto repetir aquello de “describe tu aldea y describirás el mundo“, me llevó a confundir mi aldea con el mundo.


La parte de mi vida que le puede interesar a alguien más que a mí es la que tiene que ver con la poesía y con el mundillo de los escritores. Es una época que va de 1962 a 1974. Buenos Aires en ese período y en ese ámbito era mi aldea. Y, evidentemente, no era el mundo. Pertenecí a la generación del 60 porque empecé a publicar y a militar en aquellos años. Y aquello, mirado desde 27 años y 13 mil kilómetros de distancia no fue una maravilla, ni mucho menos. Se nota hasta en la manera que digo mi aldea, no sé cuántos éramos, pero sé que éramos muchos los que considerábamos que era sólo nuestra aldea. En realidad éramos algo así como una bolsa de gatos. En la que, como en Cambalache, estábamos todos mezclados, pero ignorándonos. Cada grupo tenía su propio kiosco que, por supuesto, era el único y más válido representante de todo lo que pudiera definir la coherencia y la autenticidad. Por eso no me siento bien encuadrado por Patiño en la totalidad de la generación del 60. Con una aparente voluntariedad constitutiva. Dentro de ésta hay una subdivisión: Barrilete. Ahí sí que estuve yo, esa subdivisión me define mejor, aunque no me quite la vergüenza.


Porque en aquella época discutíamos mucho sobre la poesía y el compromiso y tal vez sea cierto que lo más importante para un poeta sea la búsqueda, y el encuentro de su propia palabra. Nosotros, los de Barrilete, lo hicimos. Según las posibilidades de cada uno. En mi caso demoré unos 10 o 15 años en darme cuenta y reconocer públicamente que un verso de mi poema “Si llego a morir” era insoportablemente autoritario. En aquella época parece ser que yo de verdad pensaba que la tristeza debía ser prohibida por decreto oficial. Y eso que alguna muchacha me habló tiernamente de mis ojos tristes.

Lo que me pregunto es si además de la búsqueda de la palabra propia no debimos haber tenido más cuidado con el proceso que generan las palabras. Me pregunto si las palabras pueden surgir sin que se haya organizado un determinado sistema de ideas. El compromiso, para nosotros, era de militancia activa, en “la izquierda“, en la que queríamos hacer parir a la historia, adelantar los acontecimientos naturales, como quien dice. Desde ahí, si de verdad pensábamos en la necesidad de un régimen político autoritario, la malsonante dictadura del proletariado, entonces se entiende la posibilidad de un decreto oficial que prohíba la tristeza. En tal caso ¿cuál es la palabra propia cuando uno está inmerso en un grupo endogámico con lenguaje “conveniente”?


¿Podemos hablar de las maravillas de nuestros hallazgos estéticos, llanos, directos, comprometidos, sin sentirnos involucrados en los disparates que propuso y llevó a cabo nuestra generación? ¿Qué es eso de evitar la teoría de los dos demonios? ¿Es que va a ser menos genocida la brutal dictadura que torturó, asesinó e hizo desaparecer a 30 mil contemporáneos, si nosotros nos hacemos cargo de nuestro “descuido”, al compartir, o consentir, que se considerara justa la práctica de la violencia “revolucionaria”?


Personalmente pienso que mantener viva la memoria histórica es imprescindible para que en algún momento podamos emprender el futuro, pero mantenerla viva implica el análisis de nuestro funcionamiento también, casi diría que es el que más nos importa, porque con el resultado de nuestro análisis podremos ser útiles en algún momento. Por ejemplo ahora, cuando se está votando al menos malo de todos, ¿dónde está la izquierda? ¿Qué pasó? ¿Por qué no hay votantes para una patria socialista?


Casi no me atrevo, pero es importante decirlo, el poeta debe buscar la belleza y nada más bello que la verdad. Nosotros sabíamos que muchas cosas no estaban bien, no eran verdaderas, y callábamos. Y lo que es más terrible seguimos, en aquella época y ahora, defendiendo ideas “convenientes”. Y se paga un precio. La “hermosa rosa roja del Caribe“, que fue nuestro faro, hoy encarcela a los disidentes y fusila a “los cabecillas”. Y no es de ahora. Ya lo sabíamos y callamos. Siguiendo esa línea, ¿quién nos va a escuchar? ¿A quién podemos interesar? ¿Quién puede creer que el hombre nuevo nacerá de callar, mentir y otorgar?


Vuelvo a esta columna después de algún tiempo; y para fin de año volveré a Buenos Aires, de visita, después de casi 6 años. Faltar, hace 27 años que falto. En mi mundo interno ya no es ni “mi Buenos Aires querido“. Voy a viajar a una ciudad en la que viví mis primeros 36 años y que, ahora, es como una gran desconocida que además me da miedo.


No sé si ese miedo es un eco del que pasé entre 1974 y 1977, o del que pasé en la U-9 de La Plata, donde estuve encarcelado durante 13 meses. Nada grave, una simple y sencilla averiguación de antecedentes. No lo sé. Puede ser por el pasado o por mi viaje, casi inminente.

Hay pensamientos y sensaciones inevitables, que comienzan con la recomendación de proteger con plástico las valijas para intentar evitar que te afanen en la aduana, a la que un pensamiento anacrónico, muy porteño de mi época, contesta: “¿Pero qué decís? ¿Cómo me van a afanar a mí, si soy de la casa?”.


Y lo cierto es que ya no soy “de la casa“. En el viaje anterior un taxista me dijo que se notaba que mi compañera y yo éramos extranjeros, ¿porque íbamos a La Recoleta? No. Por la forma de vestir y ¡por la forma de hablar¡ Acá en Madrid es inevitable escuchar que es imposible no darse cuenta de que somos porteños, por nuestra forma de hablar. O sea que no hablamos como se habla acá ni hablamos como se habla allá. Hablamos un porteño antiguo. Una nueva versión modificada del cocoliche.


Somos antiguos y vamos a una ciudad antigua, que seguramente ya no existe más. Por lo menos el Buenos Aires en el que yo pienso no existe más. Son jueguitos entre la memoria y los afectos, chocando con el tiempo y las largas ausencias. Voy a ir a una ciudad que no conozco y eso, siempre da un poco de miedo.


Llegar de turistas a una ciudad en la que vive la mayoría de nuestra familia y los pocos amigos que quedaron vivos, y participar de la angustia cotidiana por la falta de medios, de estabilidad laboral y emocional, sin poder hacer nada y, seguramente, sin entender nada, se hace muy difícil.


Lo de aquel bolero que decía: “…no soy de acá ni soy de allá…” tiene una vigencia inesperada en mi percepción de este hecho. Me resulta evidente que hay una correspondencia directa con nuestro hablar, porque hablar es como pensar en voz alta y lo que entonces no se entiende –ni acá ni allá– es la forma de pensar, que deviene de los referentes que uno tiene en la cabeza y los hechos de la realidad que condicionan a algunos de esos referentes. La educación escolar, la sanidad pública, los transportes, las expectativas de trabajo, los proyectos, el futuro, ¿hablamos de lo mismo? Estoy seguro que no. Y la incomunicación también da miedo.


En la preocupación de muchos, entre los que estoy incluido, se hace imprescindible mantener viva la memoria histórica. En mi caso, este tema me hace pensar en aquello de los círculos concéntricos, o “en el otro Borges“, que decía el maestro. A veces no sé a quien espera mi familia y mis amigos de Buenos Aires, porque yo no soy el mismo que salió de allá hace 27 años. Ni siquiera en la manera de pensar. Y seguramente a ellos les sucede algo similar. Con lo cual me encuentro en otro círculo en el que seguramente voy a escuchar referencias a mí, que yo no voy a reconocer como correspondientes a lo que yo creo que soy, o, mejor dicho, estoy, ahora, y yo diré cosas o manifestaré pensamientos o sentimientos que los demás, mis seres queridos, no reconocerán como correspondientes al Alberto que ellos recuerdan.

Con lo cual tendré que recurrir a uno de mis cambios, a mi reverencia por Jorge Luis Borges y todo su saber, y plagiarlo. Porque no sería una paráfrasis sino un plagio. Pero muy pequeño, tolerable. Me imagino que al llegar a Buenos Aires y mientras esté ahí, tendré que preguntarme si ese que habla o escucha soy yo o es el otro, “el flaco Costa”, el que ya no es.


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Fuentes que autorizaron su difusión:

www.isla_negra.zoomblog.com (Gabriel Impaglione, Buenos Aires)

www.lexia.com.ar (Francisco Alberto Chiroleu, Rosario –Santa Fe-)

Al autor le avisamos minutos después de subir el texto a Diáspora Sur … Al ratito, el e-mail nos vino de vuelta. Francisco dice que en los últimos años Costa no ha contestado un solo e-mail procedente de Argentina.

La ilustración es –¡oh, casualidad!- de ¨otro Santoro¨, Daniel en este caso. Plástico peronista y peronista plástico… El título de este trabajo admirable es ¨Civilización y barbarie¨.


4 comentarios to “La consigna era ¨patria o muerte¨ y nadie quería morirse…”

  1. Hola soy Alberto Costa, gracias por publicar estos textos.
    A Francisco no lo conozco y no es cierto que no conteste a los email de Argentina, sólo sucede que he cambiado de mail varias veces, por razones de economía doméstica. Ahora tengo uno fijo, que no cambio, es alcostames@gmail.com y con gusto contestaré a quienes me saluden. Un abrazo, Alberto.

    • Estimado Alberto: ¡Muchas gracias por hacerte presente! ¨Francisco¨ es Francisco Alberto Chiroleu, de Rosario (Sta Fe). Yo soy Carlos Cartolano, editor de este blog… Encantados de estar en comunicación con vos, y perdoná si acompañamos un prejuicio. ¡Un fuerte abrazo desde Argentina!

  2. Estaba buscando datos biopgraficos de Lucinda Alavarez y dí con este blog. Soy una sobreviente de la generación del 70. Soy escritora, necesitaría ponerme en contacto con vos, Carlos, te dejo mi blog, y luego te eenviare mi mail personal.
    Milité y estudie en La Plata. En la actulaidad vivo en Mar del Plata. Espero tu respuesta. Es verdad que todos queríamos vivir y ver completa la utopía. Un abrazo,

    Silvia Loustau
    http://www.silvialoustau.blogspot.com

  3. […] https://diasporasur.wordpress.com/la-consigna-era-%C2%A8patria-o-muerte%C2%A8-y-nadie-queria-morirse/ […]

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