Tierra Regada

Presentación de Tierra Regada

7ª Feria del Libro de Mar del Plata –Puerto de Lectura-

10 de noviembre de 2011

Este libro no innova ni cambia absolutamente nada. Sólo se propone sumar para la dignificación del ser nacional; tarea de muchos hoy y de  grandes hombres que nos precedieron.

La historia es madre, cauce y destino de todo relato. Es la certeza porque toda narración pretende alcanzar la verdad a partir de, al menos, una certeza. Distinguimos ahora curso histórico de los hechos (tal, la certeza), de historia escrita. Porque la historia escrita sudamericana se parece bastante a una venda que nos cubre los ojos,  o si se quiere a una capucha que nos separa del mundo, al instrumento que sirve para cubrir,  tapar, desviar, cegar, disimular hechos y conductas. Se habló largamente del revisionismo histórico y ahora se habla también del nuevo revisionismo, como si saludablemente debiera insistirse en la revisión. Y esto está bien. Aunque sin perder de vista la tarea ética que supone poner de manifiesto la verdad, el argumento histórico, las constantes que se reiteran mutando tiempo y lugar, cíclicas, porfiadas; esas líneas que revelan nuestro ser sudamericano. Las que permiten el análisis y la prospectiva, explican silencios y ofrecen espacio para el testimonio.

El reclamo es una de esas líneas. La lucha por la justicia, que lleva ya cinco siglos. Restañar la injusticia de discriminación, persecución, robo y pillaje del poder, del solapado intento por sacar del medio a todo individuo o grupo de personas que molesten o atenten contra las intenciones –casi siempre económicas- de los poderosos.

Cientos y miles de ejemplos hay en esa línea: el extrañamiento y reducción a la esclavitud del aborigen; la campaña de muerte y destrucción del Maestre de Campo Juan Ignacio de San Martín; la utilización del originario como fuerza de choque, o vanguardia suicida, dentro de la miserable definición del indio amigo; las levas de paisanos que ya no eran útiles en vaquerías y reclamaban su pedazo de tierra; el enfrentamiento sin opciones del gaucho con el indio a matar o morir, primera edición de lo que la dictadura militar llamó teoría de los dos demonios; el alarido del gaucho Martín Fierro; la crítica desde el propio seno del ejército, que seriamente insinuó Álvaro Barros; la expresión de agravios de Martín Aguirre, el defensor de los autores de matanzas pretendidamente xenófobas inspiradas en realidad por los terratenientes de la zona de Tandil; el descrédito de los defensores de la integración aborigen: Feliciano Chiclana, Pedro Agustín García y muy particularmente Francisco Ramos Mejía; la forzosa invisibilización de nuestros originarios, el mestizaje vergonzoso, la traumática absorción urbana del gaucho, el crimen como técnica y propósito. Los paralelos se presentan con perfecta simetría: la Torre del Oro y el Fondo Monetario; los resultados de la mal llamada Conquista del Desierto y el genocidio de los años setenta; civilización o barbarie como constante que determina nuestra división en legalidad y montoneras, fuerzas armadas y civilidad, peronismo y antiperonismo, campo y ciudad.

La segunda línea de estudio de nuestra historia tiene que ver con lo exterior, con los extranjeros –países o personas- operadores de nuestros destinos sudamericanos. Algo que podríamos llamar ¨la exterioridad de nuestra historia¨. Visible en el pasado y también en experiencias cercanas. Beresford derrotado en la invasión de Buenos Aires, preparando las fuerzas militares del imperio esclavista brasilero para bloquear el Río de la Plata y defender la irrupción en la Banda Oriental; Charles Darwin de visita sorprendido ante la visión lamentable de nuestros originarios del sur;  Ytamaratí respondiendo las celebraciones anuales de Ituzaingó con escandalosos insultos y finalmente interviniendo en el Ejército Grande para derrocar a Rosas; el Barón de Mauá facilitando el endeudamiento del aliado Urquiza a través de la banca inglesa; el redescubrimiento del arma de infantería por Garibaldi en 1846, que muerta en Maipú había sido reemplazada por la caballería; Gran Bretaña empujando a los integrantes de la Triple Alianza para conflagrar con Paraguay y resolver así sus problemas del mercado textil; dos tenientes aviadores de la Armada Argentina secuestrando un DC3 y huyendo con sus familias a la Banda Oriental en julio de 1955, porque conocían del merodeo de la costa atlántica por naves británicas y eran presionados por sus jefes; el discurso de Sir Winston Churchill en 1955 ante el Parlamento británico, señalando la trascendencia de la caída de Perón para los intereses del imperio; la competencia entre británicos y estadounidenses por la cuestión del petróleo argentino; la introducción ilegal de armas de guerra que antes de mayo de 1974 operó la delegación diplomática británica de Buenos Aires, con el afán de lograr la conflagración interna y consecuente segunda caída del gobierno peronista.

Por cierto que contamos ya cerca de veinte invasiones inglesas y unas cuantas más de los estadounidenses… Y en muchas de ellas, nuestros connacionales fueron socios del poder extranjero: Rivadavia y Julio Roca hijo, por caso, comprometiendo varias generaciones por venir. Galtieri con Malvinas, que intentando dilatar el poder militar, se llevó a tanto muchachito. En el libro La colonia perdida de Adrew Graham Yoll es posible señalar uno por uno falsedades, relatos a medias, hipocresías de gobernantes, personeros y difusores de la corona inglesa.

Las historias de Tierra Regada transcurren en Punta Alta, que es mi ciudad natal. Como en Mar del Plata, una Base Naval Militar –mar e infantería- sella el carácter de los pobladores. Silencio e hipocresía. Persecución y tortura mucho antes de 1976. De Punta Alta son los lamentablemente conocidos Cavallo y El Tigre Acosta. Hago referencia a dos casos en el libro. Primero el de Laura Martinelli, secuestrada en Mar del Plata, confinada en la séptima batería de Infantería de Marina de Puerto Belgrano y asesinada en un enfrentamiento simulado en Bahía Blanca. Ella recibió el apelativo de Evita, de boca de los mismos marinos criminales, porque sólo la muerte física fue capaz de someterla. Y también refiero el caso de La masacre de Catriel 321, comparándolo con La hoguera del escarmiento que siguió a un de los más virulentos malones sobre Bahía Blanca.

Me referí al propósito; hablo ahora de la forma. Inicialmente estos relatos ocuparon los moldes de la crónica. Sin embargo, alternativamente apuntó la intención ideológica derivando el texto en ensayo, o bien apareció la ficción, el narrador testigo, intentando cubrir los baches del conocimiento histórico. La narración ha dicho Walter Benjamín es la épica de la verdad, y aunque la crónica ocupa para ese autor el punto más alto, muchas veces no se ha logrado contener el entusiasmo y la misma esperanza.  Quizás también haya aparecido en algunos pasajes la poesía, la otra vertiente, que puede comportarse como endemia.

Para terminar reproduzco ahora parte del capítulo I del libro, en el pasaje que siguiendo a Miguel Hernández fue subtitulado Con tres heridas llego:

Supuse entonces que no hay independencia sin nación. Y que como todavía estamos luchando por alcanzar y consagrar el alma nacional, vivimos aún sumergidos en las luchas de independencia. Pensé en Chile dividida en dos naciones: la pinochetista y la antipinochetista. Pensé en España, también escindida en franquista y antifranquista. Pienso en Argentina. Pienso también y con fuerza creciente en los hijos de la tierra: los aborígenes. Y en los nuevos pobres.

 

Y si alguien disiente con mi razonamiento y piensa que nos respalda un espíritu nacional más o menos formal, que analice la realidad de todos los días. Vicki Bell y Kate Nash, profesoras de sociología del Goldsmiths College  de la Universidad de Londres, han analizado la experiencia argentina. Y han concluído afirmando que el fracaso de las tentativas por abolir lo ocurrido bajo el terrorismo estatal mediante indultos y leyes de impunidad, revela que no podemos controlar el pasado, porque la sociedad tiene la necesidad de permitir su retorno. Y advierten que el horror de la desaparición de personas instituido por el Estado dictatorial funda un perverso sucedáneo en democracia: la invisibilización de sectores sociales marginados.

 

Confío en que apostaremos por la vida. Que resucitaremos la unidad nacional. Que nos levantaremos de todas las muertes sudamericanas. Confío en que no habrá cadáver a la vista… Porque donde esté el cadáver –dice el Evangelio- se juntarán los buitres.

 

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